martes, octubre 31, 2017

Postpentecostalismo: El desencanto religioso de los pentecostales, Parte II

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Introducción editorial: En la primera entrega de esta serie, el Dr. Miguel Ángel Mansilla se refirió al sentido de comunidad del pentecostalismo en el pasado, y la severa crisis que hoy enfrenta de cara a las nuevas generaciones. Ahora prosigue el análisis, estudiando la dimensión individualista presente en el mundo pentecostal, particularmente en la teología de la prosperidad y la teología de la pobreza.

"Evangelicos alabando".
Fuente: www.redevangelica.cl.
Miguel Ángel Mansilla

Evangélico “a mi manera”

Era algo propio del catolicismo el decir: “soy católico a mi manera”. Sin embargo hoy se ha extendido al mundo evangélico, especialmente al pentecostal. Uno de los aspectos más interesantes del pentecostalismo de ayer, era que todo era una responsabilidad individual. El enfriamiento de la fe o la tibieza, no se debía al pastor o la iglesia, sino al mismo creyente. Quienes no estaban de acuerdo se separaban y fundaban una nueva iglesia. Algo así como “Iglesia Pentecostal de los salvados de los últimos días redimidos con su preciosa sangre”, junto al número de personalidad jurídica: era concebido como un nuevo proyecto, que al final era más de lo mismo. Pero finalmente, y más allá del incontable número de congregaciones que surgieron, lo importante y lo destacable era el valor de iniciar algo nuevo y distinto. Algo que no ocurre hoy.

La tendencia es que los creyentes se han cansado o decepcionado de su espiritualidad y suceden acontecimientos nuevos. Las iglesias se constituyen en pasillos de creyentes que buscan nuevas experiencias religiosas, una tendencia mundial, que los sociólogos han etiquetado con diversas metáforas como “creyentes primavera”, “creyentes golondrinas”, “turistas religiosos”. Pero también hay etiquetas para las iglesias: “supermercado espiritual”, “mall religioso”, “pasillos religiosos”, “religiones a la carta”, etc. Las iglesias pentecostales han dejado de ser parroquias, al estilo clásico, un templo de herencias en donde nacen los padres: los hijos siguen todas las creencias y ritualidades y después los continúan los nietos. Todo esto es identificado como los problemas de la postmodernidad y globalización religiosa.

La globalización y la postmodernidad religiosa han generado un tecnocreyente individualista que utiliza las redes para “alimentarse espiritualmente”. Los valores postmodernos influyen en un creyente individualista desencantado. Todas sus frustraciones, malestares y fracasos, ya no los atribuye al diablo y los demonios, sino que los ve como una responsabilidad individual. Los creyentes pentecostales desencantados no se congregan, se constituyen en “creyentes sin religiones”. Su bienestar personal y familiar los siguen atribuyendo a Dios, piensan que, como, les ha ido bien materialmente: todo es una bendición de Dios. A modo de un neocalvinismo (aquel descrito por Weber): la presencia y la bendición de Dios se mide por la prosperidad y la bendición material. Antes se medía por la cantidad de horas asistidas a la iglesia y las almas ganadas. O bien se medía por las ofrendas y diezmos entregados. Lo que los hacía creyentes en plena comunión. Sin embargo, hoy se confunde la bendición de Dios con la bendición material. Pero esto es también una falacia, ya que a toda la sociedad chilena “le ha ido bien”. En el entendido que la pobreza ha disminuido al 14%. Nos sitúa como el segundo país después de Uruguay con menos pobreza en América Latina.

Somos un país con un índice percápita de unos US 16000 dólares al año aprox. Obviamente todo esto también es una falacia metodológica. Lo que significaría que cada chileno gana (inclusive los ancianos) unos 840000 pesos chilenos al mes. No obstante tampoco hay que desconocer en Chile, que, lo que antes eran sueños como “la casa propia” o una “profesión universitaria”, hoy ya no son sueños, sino una realidad, buena o mala, pero las personas las han conseguido con sus propio esfuerzos. Sin ayuda del Estado, e incluso, para algunos sin ayuda de Dios. Todo está al alcance de todos, dadas las facilidades de créditos y los usos masivos de las tarjetas. La contradicción de esa bendición material es que los creyentes al congregarse dejan de ofrendar y por supuesto, de diezmar. Antes había una iglesia más pobre, pero más comunitaria y más generosa con sus creyentes. Hoy hay creyentes “más bendecidos” pero la iglesia se torna cada vez más pobre, por lo tanto más centrada en la construcción de templos que de proyectos solidarios y generosos. Por ello, muchos pastores han tenido que recurrir a la teología de la prosperidad para atraer estos creyentes individualistas desencantados. Pese a todo, estos creyentes sienten nostalgia por las iglesias comunitarias de ayer, que ellos mismos han socavado.

No obstante, en lo personal sigo pensando y creyendo que el pentecostalismo de hoy es mejor que el de ayer: porque hoy está en crisis y por lo tanto –quizá– más cercano a las más grandes oportunidades. Pero esto no tiene que ver con el crecimiento o con las almas ganadas, sino con el impacto social, político, económico y cultural que logren los pentecostales. Ayer existían pastores autoritarios y “caciquistas”, hoy los pastores son más maestros y quizás el día de mañana tengamos pastores más “emprendedores y tecnológicos” que en vez de reunirnos face to face, hayan cultos vía tele-chat. Quizás hayan pastores profesionales con doctorados en teología u otros postgrados afines, cuya lectura bíblica sea reflexión y contextualización cultural y social. En un futuro cercano las predicaciones serán por vídeoconferencia, por Facebook, Skype u otra técnica mediática. No obstante, cada vez habrá más evangélicos a su manera. Incluso los hijos de estos creyentes se convertirán a otras religiones, buscando nuevas experiencias religiosas, “porque la comezón de oír está en aumento”, “el amor de muchos se está acabando”, y “la fe ha disminuido” y seguirá disminuyendo hasta su máxima expresión.

Al menos se darán dos extremos: muchos serán “bendecidos materialmente” y se constituirán en más individualistas y materialistas que hoy, liderados por apóstoles, spiritual coachings y conferencistas internacionales. Pero también está la posibilidad que aparezca una generación de políticos creyentes, honestos, que logren leyes que favorezcan al pueblo y no a su partido o a los poderosos; empresarios generosos que inviertan sus recursos en empresas que favorezcan a los desfavorecidos; intelectuales brillantes; novelistas originales que sus libros sean traducidos a distintos idiomas; médicos que atiendan a los enfermos gratis o que sean financiados por empresarios generosos que creen policlínicos y hospitales para los enfermos pobres; músicos que nos traigan “los coros angelicales” con sus talentos desarrollados. Es decir una generación de pentecostales que aprendan del Creador a ser creativos, compasivos y originales. Que dejen un legado a la sociedad y que sean fuente de inspiración social, política, económica y cultural.

Teologías de la prosperidad y de la pobreza como manifestación del desencanto

La teología de la prosperidad nace en Estados Unidos en los años de 1950, pero se expande en la década de 1980, especialmente en América Latina: Brasil, Argentina, Colombia y Guatemala han sido los países donde más ha tenido éxito. Si la teología de la pobreza defiende que un pastor es aquel que vive entre la pobreza y la miseria, la teología de la prosperidad defiende que los pastores y predicadores deben vivir en la riqueza. Ya no hay “servidores de Dios” sino “empresarios de Dios”, centrados en la idea de que Dios llamó a los creyentes para “ser reyes y sacerdote”, aunque en realidad a los predicadores de la prosperidad no les interesa ser sacerdotes, sino reyes. Así, la teología de la prosperidad es una teología del poder y del dominio. Por ello esta teología no es parte de denominaciones, sino de los llamados ministerios, es decir líderes religiosos independientes. Si la teología de la pobreza es característica de los pentecostales, la teología de la prosperidad es del neopentecostalismo. La teología de la prosperidad es una teología materialista, que concibe a Dios como banquero y empresario. Desaparecen las predicaciones y sólo hay charlas motivacionales, centradas en el dinero. Como destaca Edir Macedo, símbolo de la teología de la prosperidad, “la ofrenda es la sangre de la Iglesia”.

Desaparece la importancia del diezmo, eso es muy poco para tal concepción: ahora lo importante es la ofrenda. Pero la ofrenda tiene un interés material. Hay que ofrendar para recibir. La iglesia es concebida como un banco, donde la ofrenda es una inversión. El creyente es un inversionista y el pastor es concebido como un “corredor de propiedades” o un “corredor de bolsa”. La vida del creyente no se preocupa tanto del Ser, sino del Tener. Es una especie de neo-calvinismo donde lo que se debe perseguir es la bendición de Dios, entendida ésta como bendición material. Los escogidos de Dios se conocen porque son bendecidos materialmente. Toda la Biblia es reducida a lo material. El sufrimiento, el sacrificio y el precio a pagar, todo se reduce a perseguir un fin económico y material. Otro de los problemas de la teología de la prosperidad es que demoniza la pobreza, la considera como falta de fe, ya que los hijos de Dios deben ser bendecidos materialmente. De igual forma el “no dar”, desde esta perspectiva, es considerada como falta de fe. Tampoco hay un estudio de la Biblia, pese a los títulos rimbombantes que aparecen: apóstoles, conferencistas o Dr. en Visión Ministerial en la Universal University (universidad ficticia). La Biblia es solo un pretexto, un libro de negocios para potenciar y reducir la bendición de Dios a lo material. Esta es una religiosidad materialista y epicuriana, donde el sentido de la vida cristiana es la felicidad y el placer (eudemonismo y hedonismo). Entonces el dolor, la enfermedad, la angustia, la soledad, el divorcio, etc. Todo resulta ser obra del diablo y /o la falta de fe.

La teología de la pobreza y la teología de la prosperidad: ambas son de los extremos. Una es espiritualista y la otra materialista. La primera se centra en el cielo y la otra en el materialismo terrenal. Ambas tienen sus apóstoles, predicadores y conferencistas. Los creyentes de ambas teologías se acusan mutuamente. Ninguno se escucha, sino que se acusan de ser doctrinas del diablo, mensajeros del diablo y sacan a relucir un sinnúmero de textos bíblicos descontextualizados para defender su posición y acusar a la otra de herejía. Ambas teologías usan al Espíritu Santo como instrumento: la primera como recurso de la espiritualización y la segunda como recurso del materialismo. En la primera Jesús es sólo salvador del alma y en la otra Jesús es sólo salvador de la pobreza.

Ambas son teologías conservadoras: en lo social, lo político y lo cultural. En lo social ninguna considera que ayudar al prójimo sea una bendición. La primera piensa que sólo hay que preocuparse por el alma de la persona. Hay que ayudarle en la medida que se convierta: “mi prójimo es mi próximo”. Toda ayuda social es innecesaria. La segunda considera que lo importante no es tanto su alma, sino su ofrenda: “mi prójimo, el que ofrenda”. A la persona hay que ayudarla a llegar a la iglesia como sea para que ofrende. Ambas consideran que toda ayuda social es socialista, comunista y que el fin de la iglesia no es la ayuda social, sino sólo la evangelización y la construcción de templos. La predicación no está llamada a cambiar la sociedad, sino sólo el individuo. Ambas teologías son individualistas. En lo político son teologías conservadoras, muchas veces confundidas con grupos religiosos derechistas. No porque sean políticas, sino porque se autodefinen desde la falacia del apoliticismo. Pero nadie es apolítico, como nadie es asocial. Ser apolítico es comulgar con las posturas políticas derechistas, en el sentido de que ambas culpan al individuo de su situación económica, y no responsabilizan. Piensan que si alguien no tiene trabajo o es pobre, es porque es flojo. Algunos culpan al Estado por la ayuda social, porque propicia la flojera. Pero la gran mayoría culpa al diablo, como el gran artífice de los males políticos. Ambas teologías critican la política pero no a los políticos. Critican a los trabajadores pero no a los empresarios. Critican las libertades sexuales y morales pero no critican la inmoralidad política, empresarial o policiaca.

En lo cultural, al ser teologías individualistas y al estar preocupadas sólo de una dimensión del ser humano (sea espiritual o materialista) no generan ningún cambio de mentalidad social o cultural. Porque no hay interés en transformar la cultura, sino sólo al individuo. Ejemplo claro en Chile son las ciudades de Lota y Coronel donde el 60% de la población es evangélica, pero además son las comunas más pobres de Chile, porque a los pobres se les enseña a buscar a Cristo, pero no la forma de salir de su pobreza o ayudar a otros a salir de ella. Porque cada uno se preocupa de su alma y su salvación individual. El segundo ejemplo es Guatemala, el país con mayor proporción de evangélicos en América Latina, se dice que un 40% de los guatemaltecos son evangélicos. No obstante, es uno de los países más pobres. Pero lo más terrible, es que es uno de los países más violentos e inseguros de América Latina y además en el momento que hubo un Presidente de la República, autodeclarado evangélico, fue el gobierno más genocida de América Latina. Sin embargo, el otro extremo es Uruguay, el país con menos evangélicos en América Latina, algunos le llaman “el cementerio de los misioneros”, pero es el país con mayor igualdad social, con menor pobreza, menor violencia, etc.

Ambas teologías resultan impotentes para cambiar una sociedad o una ciudad. No son teologías de la influencia (sal, luz o levadura), sino del individualismo. Brasil, por ejemplo tiene una bancada de evangélicos. Varios diputados evangélicos han sido acusados de corrupción. La política los ha cambiado, pero ellos no han cambiado la política. Entran al mundo de la política pretendiendo ser el José o el Daniel del Antiguo Testamento, pero terminan siendo los corruptos. Y lo que es peor dejan a los evangélicos más deshonrados de los que ya están. ¿Será que la política es del Diablo? ¿Será que Dios no está interesado en cambiar una sociedad o una nación, y sólo le interesa el alma y en el individuo abstracto?

Ambas teologías desprecian el conocimiento, la intelectualidad, los libros académicos (pese a que los neopentecostales escriben libros). Desprecian la razón y desconfían de la duda. Por ello nunca en esas teologías habrá un misionero intelectual práctico, solidario y generoso como Albert Schweitzer; un intelectual luchador contra el racismo como Demond Tutu o Martin Luther King; u otros intelectuales consecuentes como Carlos Monsiváis o Rubem Alves, porque al igual que en sus tiempos, serían considerados mundanos. Tampoco habrá mujeres prominentes social o intelectualmente, porque las teologías conservadoras consideran que las mujeres, no deben estar en lugares de liderazgo, sino siempre sumisas, sometidas y silentes tras el varón. El lugar de ellas está en ser madres, esposas y trabajadoras, pero nunca líderes. Su destino es la cocina, no el púlpito.

Lo más triste es que los creyentes de ambas teologías viven para criticarse mutuamente: basta con leer los comentarios en las redes sociales. Nunca hay autocrítica. Mientras sigan estas mentalidades, las iglesias se vaciarán o serán pasillos de membrecía de otras iglesias. Los creyentes que corresponden a estas mentalidades teológicas, siempre culpan a la iglesia, al pastor o al diablo de su condición espiritual, pero nunca se responsabilizan a sí mismos. Por ello, aunque la teología de la prosperidad parezca atractiva, no es buena porque apela al egoísmo y al materialismo, y en última instancia produce creyentes materialistas y desinteresados de la sociedad. La teología de la pobreza transforma a los creyentes en conformistas, incultos, intolerantes y avergonzados de su identidad religiosa. Pese a que el indígena, el migrante y el pobre encuentran un lugar en el pentecostalismo, se les dice que todo su pasado religioso, sus tradiciones y su patrimonio intangible son demoníacos, por lo que deben vaciarse de él.

Podríamos decir que la teología de la pobreza es la teología del publicano. Aquel que vive auto-conmiserándose delante de Dios. Pensado que Dios lo ama por su pobre autoestima. Que Dios lo escucha por decir lo miserable que es. De igual modo la teología de la prosperidad nos acerca a la teología del fariseísmo, al considerar que sólo somos importantes en la medida que damos ofrenda o algo material para la subsistencia de la iglesia.

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