martes, octubre 31, 2017

Postpentecostalismo: El desencanto religioso de los pentecostales, Parte III

Artículo especial en celebración de los 500 años de la Reforma Protestante. Si desea acceder a todos los textos lanzados por esta festividad, lo invitamos a revisar nuestro anuncio oficial.

Introducción editorial: En la entrega anterior, el Dr. Miguel Ángel Mansilla analizó el actual escenario pentecostal y neopentecostal, enfatizando el hecho de que sus teologías tienden al individualismo y una completa incapacidad de transformar la cultura. En esta última entrega, nos presenta algunas propuestas concretas para empezar a cambiar este escenario.

"Amanecer".
Fuente: www.pexels.com.
Miguel Ángel Mansilla

¿Qué hacemos con los que se van?

Hay que acostumbrarse a ser realista, porque siempre las personas se han ido y se van de las iglesias, y esto irá en aumento. Lo que debería importar es que la instrucción o formación bíblica vaya más allá de la iglesia y de la congregación: formar creyentes como servidores para la sociedad y no para la iglesia. Uno de los grandes valores que tenemos como pentecostales es el dar, a pesar de nuestra pobreza. ¿Qué debería hacer un creyente que no se congrega con sus diezmos? Obviamente no lo seguirá dando a su anterior congregación, porque siempre ha salido desilusionado. Entonces debería recanalizar su diezmo hacia otro lugar u otras personas, que no sea la familia. De otra manera el dar se constituye como un impuesto a la iglesia; nos congregamos, diezmamos, o bien dejamos de congregarnos y abandonamos el diezmar. En realidad el diezmar es un acto de gratitud y de retribución. El acto de diezmar es un acto de reconocimiento de la generosidad y la reciprocidad como principios culturales, existentes en las culturas indígenas. Eso mostraría que cuando hayan pentecostales adinerados y empresarios, serán generosos y tendrán organizaciones filantrópicas. En cambio, en tanto y en cuanto se considere el diezmo como un impuesto a la iglesia, irse de la iglesia es la idea de liberarse de una carga impositiva, cuando en realidad debería significar el traslado de la reciprocidad y la generosidad. El diezmo es sacralizado porque, en realidad se relaciona con el principio del don, es decir el dar, la generosidad y la solidaridad como principio constitutivo de lo comunitario.

Otro de los valores de los pentecostales, heredado de los protestantes, es la valoración del trabajo. El trabajo es concebido como un valor trascendental; Dios creó al ser humano para el trabajo: el trabajo libre. Mientras que las condiciones opresoras, explotadoras y humillantes del trabajo son concebidos como un acto demoníaco y diabólico. El problema de la herencia pentecostal es sólo asignarle valor al “trabajo manual” y no al “trabajo de las ideas”. Lo que cambia al mundo y la sociedad es el “trabajo de las ideas”. Los “trabajadores de las ideas” han liderados las revoluciones. Por ello, los pentecostales se constituyen en guardianes del estatus quo, útil a nuestras sociedades opresoras, desiguales y explotadoras, porque a los creyentes se les enseña a obedecer, acatar y guardar silencio frente a las injusticias. Se les enseña que el “trabajo de las ideas” es del diablo y el “trabajo manual” es de Dios. Obedecer es de Dios y mandar es del diablo. Es por ello que se hace necesario cambiar las concepciones del trabajo, de las ideas, de la pobreza, del dinero, de la riqueza, del diezmo y del dar. Se hace necesario un cambio de mentalidad. Así aunque las personas se vayan de las iglesias, seguirán siendo, sirviendo y contribuyendo a la sociedad. Seguirán siendo, luz, sal y levadura de la tierra, porque se formaron en las iglesias con conciencia y responsabilidad social.

Sólo entonces lo evangélico será una cultura religiosa y no sólo una religión. Así los evangélicos sin iglesias se identificarán como evangélicos, sin que necesariamente se identifiquen como “sin religión” o “sin iglesias”. Así los que siguen congregándose no les llamarán “descarriados”, porque aunque se fueron de la iglesia, ellos nunca se apartaron de Dios, y los que siguen en las iglesias nunca se apartaron de la sociedad. Es urgente formar creyentes para la sociedad y no sólo para la iglesia. Hay que formar creyentes dependientes de Dios y no de la iglesia. Hay que formar creyentes para liderar procesos de transformaciones sociales, políticas y económicas; para mandar y no sólo para obedecer a las transformaciones. Es relevante formar creyentes para pensar, reflexionar y discutir y no sólo para acatar. Es imperativo formar creyentes para crear y no sólo para reproducir un modelo social.

La Biblia como libro de inspiración a los inspiradores

Los pentecostales, y en general los protestantes, deberíamos ser un modelo de lectura, reflexión, debate y de pensamiento. Nos consideramos el pueblo del libro. Con sólo leer la Biblia en el año, ya estaríamos leyendo 66 libros. Es decir más de cinco libros por semana, casi uno por día. De igual manera siendo la Biblia un libro tan complejo y escrito con un lenguaje tan alto (ejemplo de eso es la revisión Reina Valera 1960), deberíamos usar diccionarios de la RAE y diccionarios bíblicos. Junto a ello la Biblia hace uso de códigos lingüísticos tan complejos que son muy difíciles de entender. Por ejemplo, leer el libro de Job o Eclesiastés es como estar leyendo a los más complejos filósofos existencialistas franceses o alemanes. Leer el libro de Juan, o Isaías (desde el capítulo 40 en adelante), requiere de habilidades para entender las riquezas metafóricas. El sólo hecho de leer y estudiar la Biblia en nuestras casas debería entusiasmar a niños y jóvenes a estudiar literatura, poesía, música, arte y/o filosofía. Por otro lado medicina, nutrición o biología. Podría ser ciencias políticas o economía sólo leyendo la vida de José y Daniel. Sin embargo, lo triste es que no sólo no leemos o estudiamos la Biblia, sino que no incentivamos a nuestros hijos a hacerlo. Tampoco hay entusiasmo por leer otros libros. Siempre escuchamos que el problema de EE.UU comenzó cuando sacaron la Biblia de las escuelas. En realidad antes de sacar la Biblia de las escuelas (algo necesario en un Estado secular), ésta fue sacada de los hogares. Nunca ha sido responsabilidad de la escuela o de la iglesia el enseñar a los hijos a estudiar la Biblia: es una responsabilidad familiar. Siempre tengo la sensación que como pentecostales seguimos pensando, como en el pasado, que “la letra mata el espíritu”.

Es contradictorio que no valoremos la erudición bíblica, cuando los creyentes que transcribieron la Biblia eran personas eruditas. Fueron personas inteligentes, estudiosas y que amaban el saber, el conocimiento y la inteligencia. Sin ir tras el pasado de la Septuaginta, los eruditos traductores del Antiguo Testamento fueron muy conocedores de la cultura griega. Su mayor excelencia se hace notoria en la influencia griega de los proverbios, sobre todo el capítulo 8, donde la sabiduría es elevada a la categoría de diosa y además adquiere características femeninas. Pero además, la religión judía deja de ser una religión de un pueblo para transformarse en una religión universal. ¿Qué decir de los Reformadores? Todos intelectuales, eruditos, y por lo mismo, traductores de la Biblia. Quienes tradujeron la Biblia al español, Casidioro Reina y Cipriano Valera: una maravilla y esplendor de lenguaje. La Biblia en español es un producto del siglo de oro de las Letras Españolas. La Biblia debiera ser un libro maravilloso y esplendoroso para nosotros como creyentes. Nuestro intelecto, ideas, mentalidad, visión y cultura deberían influenciarse e inspirarse por la Biblia. Lástima que sólo usamos la Biblia como un horóscopo espiritual que con citar algunos versículos nos conformamos.

Necesitamos un nuevo avivamiento que nos brinde hambre y sed por el conocimiento, la sabiduría y la inteligencia. Que no tengamos miedo a debatir, reflexionar y hacer críticas bíblicas. La Biblia es como el Padre Nuestro que necesitamos pensarlo y llenarlo de contenido cotidiano para crear un futuro imaginado. Aplicando los relatos bíblicos en la actualidad: ¿Cómo sería hoy el conflicto de Sara con Agar? ¿Podría ser una mujer chilena con una extranjera? o ¿Una empresaria con su empleada? o ¿Una patrona con su trabajadora doméstica? ¿Por qué este conflicto es uno de los pocos relatos de una egipcia (en donde Egipto representa un imperio como EE.UU.) aparece subordinada a una judía que representa una cultura débil y minoritaria? La Biblia no es sólo un libro de revelación, no es sólo un libro histórico, sino es también un libro actual. ¿Cómo sería la Biblia si se escribiera en la actualidad? ¿Qué tipo de trabajadores y trabajadoras escogería hoy Jesús?. Quizás Mateo sería un político y María Magdalena, no una prostituta, sino una lesbiana. Tenemos que ir más allá de nuestros prejucios.

Reflexionar desde la Biblia nos ayuda a pensar que cada uno de los beneficios de los sufrimientos y sacrificios están dentro de una vida con propósito y sentido divino. Todo lo que nos sucede está gobernado por ese propósito. Entonces, todas las preguntas que nos hagamos adquieren sentido, como por ejemplo: ¿Qué es la vida? ¿Cuál es el sentido o significado de la vida? ¿Por qué me sucede esto o aquello? Cada pregunta cabe dentro de ese propósito divino con nosotros. Entonces, nuestro propósito de vida es buscar el propósito trascendental. Por lo tanto, ya no vivimos para lo espiritual, sino que lo espiritual vive para nosotros. Ya no vivimos para orar, sino que oramos para vivir. Ya no vivimos para leer la Biblia, leemos la Biblia para vivir. Por consiguiente, la lectura de la Biblia, la oración y el congregarnos no es lo más importante, sino que su función es buscar, conocer y seguir el propósito divino, que siempre tiene un propósito comunitario, social y cultural. Vivimos para servir a los demás, no para separarnos de ellos.

Por ello, nuestro enemigo no es el diablo, sino nuestra mentalidad espiritucéntrica y espiritualizante. Este propósito divino, si bien es personal, no tiene una finalidad individualista, sino social. Es decir que nuestro bien beneficie a la mayor cantidad de personas posibles. Porque cuando nuestra vida beneficia la vida de una mayor cantidad de personas, Dios es glorificado. Eso significa vivir para la Gloria de Dios. Y Esto nos invita, para que nuestras vidas sean vividas con pasión, con visión y con intensidad, y que se vea reflejado en nosotros un interés real en los demás. Que el desinterés sea lo único que nos interese. Que nuestra excelencia, logros y éxitos nos hagan brillar como pentecostales, no porque estemos interesados en las almas, sino en el beneficio de las personas servidas. Entonces nos tornaremos en testimonios vivos del amor de Dios. Por lo tanto, no se trata de que seamos pobres o ricos, espirituales o materiales, infelices o felices; por el contrario, que procuremos una vida que lucha por el bienestar social de los demás. Podemos estar rodeados de reveses, dificultades, dramas e inclusos tragedias, pero todo eso contribuye a prepararnos para un mejor servicio. Son exámenes que nos preparan para pasar de una etapa a otra. Pero siempre, siempre teniendo como norte el servicio a los demás: la sociedad, la comunidad y la cultura. Sin centrarnos en sus almas, sino servirles porque los consideramos criaturas de Dios.

Esto no se trata de que seamos especiales o los preferidos de Dios, sino que entendamos que nuestras vidas sólo tienen sentido cuando vivimos para servir. Entonces ya no le tendremos miedo al infierno, al diablo o a los demonios, porque estaremos cumpliendo con el propósito divino: servir a los demás. En ello estaba pensando Jesús cuando señaló que nuestras vidas debían ser luz, sal y levadura: es decir vidas de influencia, inspiración e iluminación para la vida de otros. Sólo así podemos lograr que nuestros hijos e hijas, no sólo no se avergüencen de ser evangélicos, sino lo más importante, que se sientan orgullosos de serlo. Leyendo un libro escrito por el sacerdote Humberto Muñoz en el año 1962, él mencionaba una triste realidad “los hijos de los canutos, por lo general se avergüenzan de la religión de sus padres y muy pocos perseveran en ella”1. Se pueden destacar algunos aspectos. En primer lugar, que este sacerdote era sociólogo, y en segundo lugar, el carácter peyorativo con el cual se refiere a los evangélicos, especialmente, a los pentecostales. Sin embargo, es una realidad actual que muchos jóvenes evangélicos se avergüenzan de serlo, teniendo un escaso compromiso con la causa evangélica. Finalizamos con la pregunta más importante: ¿Cómo lograr que nuestros hijos e hijas, no sólo no se avergüencen de ser evangélicos, sino que realmente se sientan orgulloso de serlo?

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  1. VERGARA, Ignacio. El Protestantismo en Chile. Santiago, Editorial del Pacífico S. A., 1962, p. 57.

 
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