martes, noviembre 21, 2017

Karl Barth, teología entre dos tiempos, Parte I

Karl Barth. Fuente: heiligenlexikon.de.
Sergio Simino Serrano

Introducción, Karl Barth en el contexto actual de las iglesias evangélicas1

Decir que Karl Barth es un referente teológico de primer orden en el mundo académico del siglo XX es decir una obviedad. Decir que Karl Barth influyó decisivamente en mucha de la teología sistemática y de la teología bíblica del siglo XX es afirmar algo innecesario por evidente. Decir que con Karl Barth la teología protestante sufre un cambio de paradigma y que, tanto la teología anterior como la posterior, pueden estudiarse en relación al punto de inflexión que supone su magna obra, no es pecar de exageración. Sin embargo, será muy difícil, por no decir tarea casi imposible, escuchar una referencia a su pensamiento en cualquier predicación en el púlpito de una iglesia evangélica española en la actualidad. Esto no pasaría de ser anedóctico si, quizás, termináramos escuchando alguna referencia a cualquier otro teólogo académico contemporáneo, a un Rudolf Bultmann, a un Paul Tillich, a un Pannenberg, etc… Pero tampoco es el caso. La lamentable situación no termina ahí, sino que si en algún momento cualquiera de los numerosos predicadores evangélicos, con o sin formación, que pueblan nuestras iglesias hiciera una improbable referencia a cualquiera de estos teólogos, lo haría para denigrarlos o menospreciarlos tildándolos de “liberales”2. Mostrando con ello una profunda ignorancia y una actitud no menos tendenciosa. El pensamiento teológico en las iglesias evangélicas está en crisis debido a esta ignorancia y a una particular visión, preocupantemente sesgada de la realidad. Ni qué decir tiene que debido a ello la predicación evangélica no puede elevarse por encima de un cierto literalismo ramplón, y unas dogmáticas esclerotizadas por la rigidez y la actitud excluyente de sus representantes. ¿Será cierto que ya solo podemos seguir repitiendo las dogmáticas del s. XVII porque a partir de ellas todo es liberal? ¿Será cierto que Karl Barth es liberal? ¿Será cierto que sólo un fundamentalismo literalista tiene la última palabra en el pensamiento evangélico? Quizás plantear siquiera estas preguntas en muchas iglesias evangélicas sería la mejor manera de granjearse múltiples sospechas, reticencias varias, cuando no abiertas exclusiones, pero quizás por eso mismo debamos plantearnos estas y otras muchas preguntas, y en esa tarea la obra de Karl Barth resulta indispensable.

Barth, y todos los de su “generación”, Brunner, Bultmann, Tillich y Gogarten, son teólogos que comienzan su carrera en un momento de crisis, una crisis que ellos se proponen no solo anunciar, sino profundizar con su propia obra, y aunque cada uno finalmente eligió su propio camino, como no podía ser de otra manera, todos intentaron responder a los desafíos que la Modernidad ha presentado al pensamiento cristiano.

Por tanto, es objeto de la presente serie de artículos3 analizar muy brevemente la teología barthiana, para ello tomaremos tres temas clave en su obra: Dios, Palabra y fe. Y nos centraremos en dos de sus obras: Carta a los romanos, que en su sexta edición es del año 1928, y es la que se ha seguido reeditando hasta la actualidad con distintos prólogos del propio autor, pero que vio la luz por primera vez en el año 1918. Y su última obra, Introducción a la teología evangélica, el texto de las conferencias que pronunció en su último semestre como profesor universitario. La obra es de 1962. Al contrastar el principio y el final de toda una vida dedicada a la predicación, la enseñanza universitaria y la teología podremos apreciar la continuidad y la discontinuidad de su pensamiento, y con ello deshacer los muchos prejuicios, que en la mente de muchos, aún quedan en nuestras queridas iglesias.

Dios en la dialéctica de la “Carta a los Romanos” (1928 “sexta edición”)

Lo primero que debemos constatar son dos cuestiones que resultan fundamentales en el pensamiento de Barth. En primer lugar, que su impulso teológico lo recibió de sus preocupaciones como pastor durante los doces años que llevó a cabo su ministerio en una iglesia en Suiza4. Por tanto, sus preocupaciones eran las de aquel que debía subirse al púlpito cada semana, y enfrentar las dificultades de preparar un sermón relevante y pertinente para sus oyentes. Esta preocupación pastoral le acompañó a Barth siempre. Y uno de los reproches de su famosa polémica con Harnack fue que “que convertía la cátedra teológica en un púlpito”5, después que Barth fuera llamado como profesor universitario tras el éxito de su comentario de la “Carta a los Romanos”.

Esas dificultades, que constata como predicador, radican en la formación teológica que ha recibido en la universidad. En ese momento, a finales del s. XIX, las cátedras de teología en Europa estaban muy influidas por la “teología liberal”. Aquella teología liberal, que tenía un gran énfasis en el historicismo y en el antropocentrismo en su discurso sobre Dios, no le servía a Barth sentado en su escritorio con su Biblia abierta, en la preparación del sermón dominical. Este sentimiento de dispersión y de crisis no hará sino agravarse con el estallido de la I Guerra Mundial en 1914. Definitivamente el sueño de progreso y cientificismo de la sociedad europea del s. XIX quedó completamente roto al finalizar la contienda. La reacción de Karl Barth a todo ello es la edición de su obra Carta a los Romanos en el año 1918, que después sería revisada y rehecha en gran parte en la edición de 19206.

En esta obra nuestro autor repite una y otra vez, de manera casi inmisericorde, frente a la teología liberal que “Dios es Dios y el hombre es hombre”7. Siguiendo a Kierkegaard, postula una “diferencia cualitativa infinita” entre Dios y el hombre, entre tiempo y eternidad8. Siguiendo a Kant, la teología liberal había asumido el postulado de que la razón humana no puede conocer a Dios en el mundo, y por tanto, que había que descubrir a Dios en el interior del hombre. Así Schleiermacher9 defiende la percepción de lo infinito en lo finito en la conciencia humana. Por este camino todo discurso sobre Dios acabó convirtiéndose en un discurso sobre el hombre. Así la teología quedó reducida a un antropocentrismo que a Barth le resultará intolerable. En este sentido Barth defiende la diferencia absoluta entre Dios y el hombre10, sin posibilidad de analogía, sino solo de un conocimiento de Dios en la medida en que Dios ha hablado, es decir, en que se ha revelado. En palabras del propio Barth:

“Pablo tiene que transmitir el «evangelio de Dios»; debe comunicar a los hombres la verdad de Dios, totalmente nueva, buena y gozosa sin par. Pero subrayamos: ¡de Dios! No se trata, pues, de un mensaje religioso, de noticia o indicación alguna sobre la divinidad o divinización del hombre, sino del anuncio de un Dios que es distinto de todo, del que el hombre como hombre jamás sabrá o tendrá algo y del que, precisamente por eso, viene la salvación11

Este es el tema principal de la Carta a los Romanos y el gran aporte de Barth a la teología del s. XX, el haber recuperado la “divinidad” de Dios. En este sentido, esto se convierte en un rasgo distintivo de su obra, que nos impide seguir afirmando que Karl Barth siguiera siendo liberal, después de su Carta a los Romanos.

La humanidad de Dios (1956)

Entre la primera y la última obra de Barth hay un escrito suyo titulado: “La Humanidad de Dios”, del año 1956, que será decisivo en la evolución de su pensamiento. Si en su primera obra Barth había recalcado una y otra vez la absoluta distancia entre Dios y el ser humano como reacción al antropocentrismo liberal, y había recuperado la divinidad de Dios, ahora en este artículo matiza su propuesta inicial hablando de la humanidad de Dios12.

El propio Barth confiesa que, si en el año 1920 estando frente a su antiguo profesor Harnack, le hubieran pedido que hablara de la humanidad de Dios, se hubiera quedado perplejo y le hubiera causado enojo13. Además admite que la palabra sobre la divinidad de Dios no era, ni podía ser, definitiva. Así que nos encontramos con un nuevo enfoque en su pensamiento, si bien, éste, así se expresa Barth, tampoco podrá ser definitivo, reservando su evaluación para las generaciones posteriores de teólogos. Por el momento, se limita a reconocer la humanidad de Dios a partir, precisamente, del reconocimiento de su divinidad14. Consideremos brevemente lo que esto significa.

La intención de Barth al postular ahora la humanidad de Dios no consistía en recuperar el antropocentrismo liberal. Él sigue manteniendo la vigencia de aquel cambio inicial, es más, afirma que quien no haya experimentado este primer cambio y se impresione ante la realidad de que Dios sea Dios, tampoco podrá reconocer la humanidad de Dios15.

Por tanto, hablar de la humanidad de Dios significa que su divinidad no es mera abstracción, no es un ser divino alejado o sin relación con lo humano. Lo que esta divinidad de Dios significa es que se manifiesta como compañero del hombre, aún estando por encima de él, pero estando a su favor. La divinidad de Dios debidamente entendida incluye su humanidad16.

Esta deducción de la humanidad de Dios es posible hacerla a partir de lo acontecido en Jesucristo, donde se nos revela quién y qué es Dios, y quién y qué es el hombre17. Por esto mismo, Jesucristo es el mediador, el reconciliador entre Dios y el hombre, porque en Jesucristo convergen el ser divino y el ser humano. En esta divinidad que incluye la humanidad, el ser de Dios no anula, ni menosprecia al ser humano, sino que lo humaniza según la humanidad de Jesucristo, siendo así la verdadera divinidad de Dios, una divinidad que ama al hombre.

Esto es lo que se ha venido en llamar la concentración cristológica en el pensamiento barthiano. El ser humano, que por sí solo no puede comprender a Dios a menos que éste ser revele, comprende el ser de Dios en el ser humano Jesucristo, donde se manifiesta la verdadera divinidad y la verdadera humanidad de Dios, la reconciliación de Dios y del hombre.

Como decíamos, esto modifica la radicalidad de la propuesta inicial de Barth, con la absoluta distancia entre Dios y el ser humano, reconociendo que tal distancia representa solo la prevalencia de Dios sobre lo humano, pero no contra lo humano, no a costa de lo humano, no como negación de lo humano, sino en plena participación de lo humano, humanizando lo inhumano del hombre. En esta época de menos controversia, en comparación con lo que había representado el comienzo de siglo, Barth estuvo mucho más proclive a reconocer a aquella teología liberal “una justificación histórica mayor de lo que entonces nos parecía posible hacerlo”18

Dios en la tarea teológica de la “Introducción a la Teología Evangélica” (1962)

En ésta, su última obra, Barth recoge, pero de una manera muy matizada, lo que hemos visto en los dos apartados anteriores, referidos a distintos períodos de su pensamiento. Al comienzo de la obra, en su primer apartado titulado “Aclaración”, Barth sienta las bases de la teología evangélica, y en sus primeros postulados reflexiona sobre la comprensión teológica acerca de Dios. Lo enfoca desde el contraste entre una teología esencialista y una teología funcional o dinámica. La primera, se centra en el ser esencial de Dios, y la segunda, lo hace desde su manifestación en aras a la salvación, en una visión que podría llamarse “funcionalista”. Es decir, en la primera, la esencia y la existencia de Dios coinciden y podemos tener cierto grado de acceso y/o conocimiento a su esencia. Y en la segunda, no podemos conocer la esencia de Dios, y la revelación sólo nos manifiesta cómo Dios se muestra para llevar a cabo la salvación del ser humano. Desde la teología sistemática ha predominado más una visión esencialista, también más presente en la teología católicorromana. Y en la teología bíblica ha prevalecido una visión más dinámica, también más característica del pensamiento protestante. La comprensión esencialista suele considerar lo divino en su abstracción, su “inmutabilidad o inmovilidad” como condición principal, mientras que la comprensión dinámica quiere atender más a la condición vital de Dios, contemplando a Dios como un Dios vivo.

Barth, por tanto, define la teología evangélica cuyo “objeto es Dios en la historia de sus acciones”. Es decir, hace de la dinámica la característica principal de Dios, tal y como aparece en las Escrituras. Sin embargo, para Barth no hay separación entre esencia y existencia en Dios, ni una precede a la otra. En la historia no solo se da a conocer con fines a la salvación, sino que además, tal y como se muestra, así es Él. Nuestro autor previene de referir a Dios, el Dios del Evangelio, la condición de objeto, cosa, principio, verdad, diría yo, verdad proposicional o de contenido, o la suma de muchas verdades en su exponente personal. Barth admite que se puede concebir a Dios como verdad sólo si se usa en el sentido que marca la etimología de la palabra en griego, es decir, en cuanto desvelamiento. En este sentido preciso Dios es verdad19.

A pesar de lo dicho anteriormente, continúa Barth otorgando, por lo menos así lo considero yo, mayor valor a la expresión dinámica que a la estática en el discurso teológico. Porque considera que la teología evangélica en la expresión del Dios del Evangelio atiende mejor a su conexión dinámica, y la compara con “el pájaro en vuelo”, en contraste con una teología inmovilista y esencialista, que se correspondería con un “pájaro en la jaula”. Así que Barth considera que el Dios del Evangelio es un Dios vivo, y por tanto, dinámico, que esa condición vital corresponde igualmente con su esencia, y que el objeto de la teología evangélica es este Dios, y no una concepción de lo divino esencialista e inmovilista20.

Dos apuntes llamativos para cerrar este apartado. El primero, que en virtud a esta concepción dinámica de Dios, Barth se atreve a decir ahora algo que resultaría sorprendente desde la perspectiva de la Carta a los Romanos: “Dios no está ligado a ser únicamente el o lo enteramente Otro”21. Y con ello Barth se quiere referir, en la línea de la Humanidad de Dios, que Dios, aunque no está condicionado por el ser humano, no está completamente alejado o separado de él. Es un Dios para el hombre como su Padre, Hermano y Amigo22. Además concluye, que este ser para el hombre es la condición de su esencia, no su menoscabo, ni su negación.

Por último, dice nuestro autor que si Dios no fuera un Dios para el hombre, es decir, que si Dios fuera una divinidad sin humanidad sería completamente extraño para el hombre, y no podría convertirse en el “sí” contenido en su “no”, sino solo un rotundo “no” del hombre, que no podría sino constituir su juicio y su perdición absolutas23.

Por tanto, queda claro que en el pensamiento de madurez de Barth tiene más peso “la humanidad de Dios”, que el ser “completamente Otro” de la Carta a los Romanos. Obviamente Barth no abandonó sus intuiciones iniciales, deduciendo siempre el ser de Dios para el hombre a partir de su divinidad, y nunca con menosprecio de ella; pero la “diferencia cualitativa infinita” del primer Barth, ahora queda bastante más matizada, y reconoce que la distancia entre Dios y el hombre no puede convertirse nunca en su enajenación de Dios, sino que Dios supera esta distancia en el hombre Jesucristo, y así se manifiesta como un Dios para el hombre. Eso coincide con su esencia, Dios no necesita convertirse en un Dios distinto de sí mismo para salvar al hombre.

Por último, me pregunto qué hubiera dicho Schleiermacher de esta humanidad de Dios barthiana, sí sabemos lo que seguía pensando Barth sobre el primero, que el Dios de Schleiermacher no podía compadecerse24, pero el Dios del Evangelio sí, porque es “alguien”25. Por tanto, Barth no volvió nunca por la senda liberal de la que procedía sociológicamente y por formación. Barth fue, teológicamente, un “completamente otro” de la teología liberal.

Continuar con la parte II »

Bibliografía
  • Barth, Karl, Carta a los romanos. (Madrid: BAC, 2002)
  • Barth, Karl, La Humanidad de Dios (incluido en Ensayos teológicos). (Barcelona: Editorial Herder, 1978)
  • Barth, Karl, Introducción a la Teología Evangélica. (Salamanca: Ediciones Sígueme, 2006)
  • Barth, Karl, La Palabra de Dios como tarea de la teología (incluido en Gibellini, Rosino, Antología Teológica del siglo XX). (Santander: Editorial Sal Terrae, 2012)
  • Barth, Karl, La proclamación del Evangelio (Salamanca: Ediciones Sígueme, 1980)
  • Gibellini, Rosino, La Teología del siglo XX (Santander: Sal Terrae, 1998)
  • Zahrnt, Heinz, A vueltas con Dios. (Zaragoza: Editorial Hechos y Dichos, 1972
  • Razón y pensamiento cristiano: ¿Por qué se sigue hablando hoy de teología “liberal”? Consultado en http://www.revista-rypc.org/2015/04/p9-por-que-hoy-se-sigue.html . Fecha de consulta el 21/01/16.

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  1. Aquí me refiero a la situación de la mayoría de las iglesias evangélicas en España, aunque entiendo que la mayoría de estas reflexiones son de aplicación a la situación de muchas iglesias en Latinoamérica.
  2. A modo de ejemplo veáse el trasfondo, el contexto latinoamericano es muy similar al español, de la siguiente pregunta en la publicación Razón y Pensamiento cristiano. Consultar en http://www.revista-rypc.org/2015/04/p9-por-que-hoy-se-sigue.html
  3. Presentamos una serie de tres artículos, de la cual, éste es el primero.
  4. Zahrnt, H. A vueltas con Dios, p. 15ss
  5. Op. Cit, p. 43
  6. Op. Cit, p. 20
  7. Barth, K. Carta a los romanos, p. 55
  8. Op. Cit, p. 54
  9. Friedrich Daniel Ernst Schleiermacher (1768 – 1834) fue un teólogo y filósofo alemán. Es conocido como el padre del liberalismo teológico.
  10. Op. Cit, p. 112
  11. Op. Cit, p. 76
  12. Barth, K. “La humanidad de Dios” en ”Ensayos teológicos”, p. 5
  13. Op. Cit, p. 4
  14. Ibíd.
  15. Op. Cit, p. 6
  16. Op. Cit, p. 8
  17. Op. Cit, p. 9
  18. Op. Cit, p. 5
  19. Barth, K, Introducción a la teología evangélica, p. 27
  20. Op. Cit, p. 28
  21. Ibid
  22. Op. Cit, p. 29
  23. Ibid
  24. Ibíd
  25. Op. Cit, p. 190

 
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