martes, octubre 31, 2017

La Reforma protestante y su influencia en Occidente: Prolegómenos para un diálogo interdisciplinario, Parte IV

Artículo especial en celebración de los 500 años de la Reforma Protestante. Si desea acceder a todos los textos lanzados por esta festividad, lo invitamos a revisar nuestro anuncio oficial.

Introducción editorial: Anteriormente, el Prof. Leopoldo Cervantes Ortiz reflexionó sobre la invención de la imprenta y la libertad de interpretar la Biblia, como consecuencias de la teología de Lutero. Es más, Lutero dio inicio a la literatura alemana, aceleró el movimiento de ideas y ayudó en la formación de una sociedad letrada. En esta parte final, analizará la influencia de Reforma en el desarrollo de la filosofía y la literatura, tanto en Europa como en América.

"Todos los Santos", por Geralt.
Fuente: www.pixabay.com.
Leopoldo Cervantes Ortiz

Constatación intelectual y literaria del impacto de la Reforma

Un repaso amplio del universo cultural protestante tendría que abarcar la filosofía, la literatura, la política real y las demás artes humanas encuadradas en sus contextos específicos. Así lo ha hecho Giorgio Tourn desde Italia, en I protestanti. Una cultura (2013), al pasar revista desde John Locke hasta Nelson Mandela, sin olvidar a Jonathan Edwards, Immanuel Kant, Soren Kierkegaard, Pestalozzi, Schleiermacher, Florence Nightingale, Darwin, Wellhausen, etcétera. El inventario es en sí mismo, impresionante, pues allí desfilan los nombres de rigor, más aquellos que sin alcanzar gran fama contribuyeron al desarrollo de la herencia de la Reforma en sus más diversas manifestaciones. Antes, este autor italiano había publicado los tomos correspondientes a la revolución (de los orígenes a Calvino) y a la sociedad (de Coligny a Guillermo de Orange), en estricto orden cronológico. Rubem Alves se ha referido a este legado con palabras más críticas:

Vemos ahí que el nombre [protestante] no tiene poder designatorio unívoco. El nombre invoca recuerdos de represión y de violencia, pero también de amor y de belleza: Bach, Grünewald, Durero, Leibniz, Albert Schweitzer, Martin Luther King, Bonhoeffer, Paulo Wright. Fue en el protestantismo que estos hombres, con sus visiones y gestos, nacieron, vivieron y murieron. ¿Por qué no creer, entonces, que el vientre que un día dio a luz, vuelva a hacerlo? Los muertos pueden renacer.1

…para decir alguna cosa sobre la Reforma, me pregunto seriamente: “después de escuchar a Bach, ¿se puede agregar algo más sobre ella? […]2

Yo esperaría, por otra parte, que el protestantismo hubiese hecho alguna contribución a la literatura brasileña. Hemos buscado una gran novela... pero en vano [...] lo que sucede es que la literatura no puede sobrevivir en medio de esta obsesión didáctica, porque su vocación es estética, contemplativa, y su valor es tanto más grande mientras más grande es su capacidad para producir estructuras paradigmáticas a través de las cuales las figuras y ligámenes ocultos de lo cotidiano son observados. Los literatos protestantes no pueden huir del hechizo de sus hábitos de pensamiento. Sus novelas son sermones travestidos y lecciones de escuela dominical enmascaradas. Al final, la gracia de Dios triunfa siempre, los creyentes son recompensados y la impiedad es castigada. El último capítulo no necesita ser leído.3

La nueva cultura religiosa influida por la Reforma, sin eliminar del todo el elemento sobrenatural, vehiculó la negociación con lo sagrado de tal manera que su enjundia ideológica, propagandística y libertaria acabaría por incorporar una serie de elementos que caracterizarían lo protestante como algo ligado a la educación, las letras y a la gramática. Así lo explicó Holl al asociar estos elementos como parte de lo más característico del legado protestante.4

Leszek Kolakowski, por su parte, ha abordado los aspectos filosóficos de la reforma luterana, sin olvidar sus posteriores desarrollos ni mucho menos la subjetividad religiosa que recreó:

La fe —de acuerdo con la idea de Lutero y con el ejemplo de Abraham— no es una convicción sino la completa transformación del hombre interior; el asentimiento a lo absurdo, al escándalo, a lo imposible; trascender todo lo expresable como algo dirigido por igual a todos los hombres, a la comunidad; la superación de la razón y la suspensión de la ley moral. Vivir en la fe significa rescatar la plenitud de la subjetividad, cuya única referencia es la referencia a la subjetividad divina.5

Charles Möeller, en su monumental estudio sobre la literatura y el cristianismo no ha dejado de señalar el énfasis religioso de autores de origen protestante que, siendo figuras consagradas, no abandonaron jamás los hilos conductores de la fe que conocieron en sus años formativos. Hablo específicamente de André Gide, Jean Paul Sartre y hasta de Ingmar Bergman, en el cine.6 Luis Rivera-Pagán, desde América Latina, se ha empeñado en desbrozar las relaciones existentes entre teología y literatura, considerando seriamente las diferencias entre autores católicos (los más) y protestantes (en número sumamente reducido). Rubem Alves advirtió el “faltante protestante” en la cultura latinoamericana desde los años 70. Acaso en parte, desde Chile y otros países ha surgido ya un germen más visible de que atenúe dicha falta. Carlos Monsiváis, Hernán Rivera Letelier y Antonio Ramos Revillas, son un ejemplo de la respuesta desde un protestantismo atenuado, pero vigente al fin. En el caso del primero, la pertenencia a una vertiente histórica del protestantismo de la Reforma lo ubicó en la esfera de lo satírico sin perder nunca de vista la identidad religiosa heterodoxa. Gonzalo Báez-Camargo, Laura Jorquera y Alberto Rembao son ejemplos de nombres de una generación ya ida que nunca negoció Carlos Montemayor, también desde México, encarnó temporalmente la herencia protestante en las letras. Otros autores, como José Revueltas, Sergio Pitol y Hernán Lara Zavala han reconocido el elemento religioso protestante, exógeno o no, histórico o no, ligado nutriciamente a la Reforma o no, para hacerlo visible en diversos momentos de la vida del país. Vicente Leñero es un caso aparte, pues sin ser protestante aportó obras en esta línea. Imposible olvidar algunos poemas de Jorge Teillier, donde lo evangélico es ya una presencia insoslayable.

Desde Estados Unidos, ese país “sin pasado”, cuyos fundadores jamás renegaron de un protestantismo ha surgido recientemente una pregunta sobrecogedora y puntual, al mismo tiempo: ¿es la novela el arte protestante por excelencia?: “Lo que [Ian Watt] pasó por alto es la raíz religiosa de todo. Consciente de las multiplicidades del protestantismo, en toda la variedad de sus sectas posteriores a la Reforma en Gran Bretaña, Watt, sin embargo, echaba de menos las unidades del protestantismo: la corriente central de modas y morales que el protestantismo había creado cuando alcanzó su total victoria cultural sobre el catolicismo en Inglaterra en el siglo XVIII”.7 Y define muy bien lo que quiere decir: “Para todos ellos, la respuesta es obviamente sí, y sin embargo, no. Estos libros son protestantes en el sentido de que contienen configuraciones explícitamente protestantes. Protestante, para el caso, en el sentido de que fueron escritos por practicantes protestantes. Y protestante en el sentido de que muestran los efectos psicológicos, sociales y metafísicos de la teología protestante”. Para concluir, observa:

En un ensayo de 2013 sobre el catolicismo y las artes, la poeta Dana Gioia escribió: “La literatura católica rara vez es piadosa. De manera que a veces molesta o desconcierta tanto a lectores protestantes como seculares, la escritura católica tiende a ser cómica, alborotadora, grosera e incluso violenta”. Y en una breve respuesta en línea, el teólogo protestante D. G. Hart sugirió que “tal vez el problema es que los protestantes son demasiado devotos y guardan lo que califica como genuinamente cristianos mientras que los cristianos no protestantes están más acostumbrados a la gran carpa de mezclar y combinar”. Admitiendo “la escasez de novelistas protestantes” —por lo que parece significar algo así como la dificultad que tendría para juntar un paralelo protestante con la lista de escritores católicos de Gioia—, Hart concluyó con un rechazo tanto de Gioia como del proyecto de identificar la ficción religiosa: “Los protestantes intuitivamente saben (pero a menudo se niegan a admitir) que las novelas no necesitan ser cristianas, que la cuestión de si una novela es cristiana es realmente tonta”. […]

Escribir una novela protestante es, en cambio, hacer algo un poco innecesario, un poco cerca de lo redundante. Y cuando una novela deliberadamente protestante fracasa, a menudo fracasa porque parece didáctica y prosaica, comprometida con lo que la misma forma de arte promete que los lectores pueden dar por sentado.

Un ejemplo importante de la influencia de la teología en el arte es el impacto del pensamiento de Karl Barth en la obra de John Updike.8

En otras disciplinas artísticas (música, pintura, cine) sucedió algo similar pues como sucedió con Juan Sebastián Bach, verdadero punto de quiebre, la presencia de la Reforma se identificó como homenaje, reelaboración y recreación, y así en otros casos. Habría que recordar también a Jorge Federico Haendel, quien fundió en su trabajo el arte coral inglés, el contrapunto organístico alemán y la creatividad barroca italiana para armar una de las obras más sólidas y representativas de la herencia musical protestante. El ámbito estético aún es susceptible de otros análisis que clarifiquen esta presencia religiosa y dogmática, que evolucionó hacia formas cada vez más elaboradas y singulares:

…la imaginería religiosa fue defendida por algunos protestantes, y esto se hizo sobre la misma base de su compatibilidad con la cultura impresa. […]

Si aceptamos la idea de un desplazamiento desde la imagen hacia la palabra, además, tendremos algunas dificultades para considerar el trabajo de artistas […] como Durero, Cranach o Holbein, que se unieron al protestantismo y que le debieron mucho a las estampas. Como se deduce de la carrera de Durero, las nuevas artes de imprimir y grabar, lejos de reducir la importancia de las imágenes, incrementó las oportunidades de los que la hacían y ayudó a que la historia del arte tomara su camino actual.9

La relación entre Reforma Protestante y cultura seguirá siendo una ecuación que aún depara muchas sorpresas.

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Este artículo se elaboró a partir de una versión modificada de la conferencia presentada en la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, Chile, 10 de octubre de 2015.

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  1. R. Alves, “Encontros e desencontros do protestantismo e do catolicismo”, en Dogmatismo e tolerância. São Paulo, Paulinas, 1982, p. 104.
  2. “Rubem Alves e a Reforma Protestante”, en http://resistenciaprotestante.blogspot.cl/2007/08/rubem-alves-e-reforma-protestante-rubem_2331.html.
  3. R. Alves, “Las ideas teológicas y sus caminos por los surcos institucionales del protestantismo brasileño”, en P. Richard, ed., Materiales para una historia de la teología en América Latina. San José, Departamento de Investigaciones Educativas, 1981, pp. 345-346. Recogido también en Dogmatismo y tolerancia [1982]. Bilbao, Ediciones Mensajero, 2007 (La barca de Pedro, 23).
  4. K. Holl, op. cit., pp. 114-117.
  5. L. Kolakowski, “El sentido filosófico de la Reforma”, en Vigencia y caducidad de las tradiciones cristianas. Trad. de R. Bilbao. Buenos Aires, Amorrortu Editores, 1973 (Biblioteca de filosofía, antropología y religión), p. 139.
  6. Cf. Charles Möeller, Literatura del siglo xx y cristianismo. Madrid, Gredos, 1954-1995.
  7. Joseph Bottum, “The novel as protestant art”, en Books and Culture, http://www.booksandculture.com/articles/2015/marapr/novel-as-protestant-art.html
  8. Cf. Ben Myers, “John Updike, 1932-2009: a glance at his theology”, en Faith and Theology, 28 de enero de 2009, http://www.faith-theology.com/2009/01/john-updike-1932-2009-glance-at-his.html.
  9. Elizabeth Eisenstein, op. cit., p. 46.

 
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