miércoles, junio 15, 2016

La teología como construcción: Recuperando el horizonte académico

Fuente: Wikipedia.com.
Luis Marcos Tapia, Chile

La llamada crisis teológica evangélico-protestante en Latinoamérica -que en mi opinión está relacionada con la no pertinencia de las temáticas teológicas, la no producción académica, el cierre de varias instituciones y la presencia mayoritaria de iglesias que reniegan abiertamente de la teología, entre otros aspectos- tiene múltiples causas y consecuencias. Sin embargo, considero evidente que dicha crisis es el resultado directo de una teología parcializada en su identidad, que claramente no entiende su lugar dentro de las disciplinas académicas universitarias ni su necesaria interacción con ellas.

En un reciente reportaje titulado Seminaristas seculares1, de la cadena estadounidense PBS, se destacaba la presencia de estudiantes de teología en Divinity Schools, en universidades como Yale o Harvard, que no tienen la intención de convertirse en académicos ni clérigos. Personas de distinto trasfondo, religioso y no-religioso, que se inscriben simplemente para aprender más acerca de esta disciplina, con el objetivo último de “abrir la mente”, “expandir sus horizontes” o “pensar en términos académicos acerca de las grandes preguntas de la vida”, como se señala en el mismo reportaje. Esta realidad norteamericana está muy lejos de nuestro contexto latinoamericano. Aquí la teología tiene lugar preponderantemente en ambientes confesionales, es decir, en universidades de tradición Católica Romana y en seminarios e institutos teológicos eclesiales. Si bien es cierto, en los últimos años han nacido en Latinoamérica distintas iniciativas que pretenden expandir los horizontes de la teología, relacionándola con otras ciencias y disciplinas de estudio para reflexionar sobre las “grandes preguntas de la vida”2, todavía prevalece una visión confesional restrictiva del quehacer teológico. Por tanto, considero que para superar esta crisis es necesario no sólo proponer soluciones pragmáticas sino reflexionar sobre ella teológicamente y devolver a la teología el lugar académico que ha perdido.

En nuestras instituciones confesionales el interés teológico radica mayormente en el beneficio que trae a la iglesia y su misión. Por ende, la teología no se comprende realmente como una disciplina académica sino como una especie de saber técnico, donde su valor está en su utilidad, restringiendo así la labor teológica y negando su relación con otras disciplinas académicas humanas. En nuestro contexto es innegable la influencia que el evangelicalismo norteamericano ha tenido sobre la manera de hacer teología en nuestras tierras. Si la labor teológica se ha reducido a su horizonte meramente eclesial y utilitario es porque los misioneros extranjeros ya tenían esta visión limitada. Para presentarla podemos tomar como ejemplo la definición de teología dada por Millard Erickson en su Teología Sistemática, libro que está traducido al español y que no difiere de la mayoría de las percepciones sobre la labor teológica en nuestro medio. Para Erickson la teología es:

aquella disciplina que intenta desarrollar una exposición coherente de las doctrinas de la fe cristiana, basándose principalmente en las Escrituras, situándose en el contexto de la cultura en general, expresándose en un idioma contemporáneo y relacionándose con los temas de la vida.3 (Erickson, 23).

Aunque Erickson entiende que el término “teología” es amplia y diversamente utilizado, restringe y delimita el uso específico de éste al carácter concretamente doctrinal de la disciplina teológica. En este aspecto destaca la especificidad y centralidad de la sistemática frente a otras áreas del quehacer teológico, ya que la teología en general buscaría obtener las creencias doctrinales correctas, esenciales para la relación creyente-Dios.4 Por tanto, la teología para él es una disciplina que sistematiza creencias, entendidas como afirmaciones proposicionales, las cuales pretenden derivarse directamente de las Sagradas Escrituras cristianas. En esta sistematización las doctrinas extraídas de la Biblia, como texto válido y vinculante para los cristianos, contienen directamente un conocimiento genuino de Dios, y, por tanto, ellas deben ser examinadas, interpretadas, organizadas, analizadas y criticadas.5

Es interesante que desde este punto de vista la teología sí podría ser denominada como una disciplina académica, al generar una reflexión crítica, con herramientas y métodos propios -en este caso herramientas y métodos de la investigación bíblica- abriéndose así a otras áreas de verdad, es decir, a otras disciplinas académicas que pueden ser consideradas como parte de la revelación general de Dios.6 No obstante, desde esta perspectiva la teología se debe relacionar con los saberes generales de la cultura y el conocimiento no porque ella sea una disciplina académica más dentro de una multitud de saberes sobre la realidad, sino porque es necesario que la verdad teológica confesional se comunique utilizando un lenguaje, unos conceptos y unas formas que tengan sentido para el tiempo actual, y de esta forma dirigir el mensaje cristiano a cuestiones y retos contemporáneos.7 Por ende, la postura de Erickson rememora el tiempo donde la teología era entendida como “la reina de las ciencias”, reina que sólo se relaciona con otras disciplinas como súbditas a las cuales comunicar su verdad plena. Dicha perspectiva sobre el quehacer teológico es totalmente anacrónica y colonialista.

Así, desde la herencia evangélica norteamericana se ha comprendido la labor teológica como una mera tarea hermenéutica, esto es, como una interpretación de la tradición contenida en el texto bíblico o en dogmas y doctrinas, que además tiene un lugar privilegiado dentro de las disciplinas académicas, al punto que no busca un trabajo interdisciplinario con ellas. No es extraño, por tanto, que dicha teología esté en crisis en un mundo donde toda propuesta heterónoma y parcial es vista con recelo. Para cambiar esta realidad es necesario ampliar el horizonte del quehacer teológico y liberar la teología de su aspecto utilitario. Con esto no quiero negar los otros horizontes o ámbitos de la tarea teológica, como son las iglesias y las demandas de nuestros contextos sociales, sin embargo, creo que la situación dentro del área académica es la más delicada y, por tanto, sobre la que más se debe reflexionar.

Considero que es posible, aún en el siglo veintiuno, seguir considerado a la teología como una disciplina académica sólo si se expande la comprensión de su quehacer, se eliminan posiciones cerradas y demasiado localistas, y se la entiende como una labor esencialmente constructiva e imaginativa. En este punto es valioso considerar las reflexiones sobre el método teológico de Gordon Kaufman.

Según Kaufman, la teología debe intentar proveer una interpretación del mundo o de la realidad que sea apropiada para orientar la vida humana, la reflexión y la devoción, en distintos contextos específicos. Si en el pasado la reflexión religiosa equivocadamente se ha entendido a sí misma como basada en una tradición autoritativa, que contenía o presentaba la verdad acerca de la vida, hoy ya no puede ser así. Dicha verdad estaba presuntamente localizada en un texto sagrado o una colección de textos, la cual podía ser comprendida si se aplicaban métodos correctos de exégesis e interpretación. El principio fundamental era que las escrituras sagradas contiene la verdad última, y es la tarea del estudioso religioso descubrir cuál es esta verdad e interpretarla.8 Esto, como se ha señalado en el ejemplo de Erickson, ha sido común en la teología cristiana evangélica, donde el texto sagrado ha sido la Biblia y su autoridad era algo dado por hecho en la reflexión teológica. Sin embargo, para Kaufman, la teología cristiana nunca ha sido simplemente una empresa hermenéutica unidimensional, limitada a la explicación de textos, sino que siempre ha sido de carácter crítico y constructivo, preocupada de desarrollar formas más adecuadas de conceptualizar lo divino. Así, todo el esfuerzo constructivo teológico se ha movido siempre más allá de lo dado en la Biblia, ya sea adentrándose en materiales extra-bíblicos o a través de nuevas y creativas intuiciones teológicas.9

De acuerdo a Kaufman, en la actualidad ya no es posible dar una posición privilegiada a las afirmaciones y pretensiones teológicas del pasado. Ellas deben ser, y de hecho son, revisadas y reformuladas constantemente; y el criterio para esta tarea teológica, tal como todas las otras actividades cognitivas, está basado en la actividad humana de reflexión, razonamiento y juicio.10 En el presente comprendemos que todas las ideas religiosas, incluida la idea de “Dios”, han sido creadas y son sustentadas por una o más tradiciones, y ellas están disponibles para nosotros sólo y a través de comunidades que están comprometidas con estas tradiciones, que buscan orientar sus vidas desde ellas y que intentan continuamente criticarlas, reformarlas y desarrollarlas.11 Los seres humanos crean imágenes de lo que ellos piensan acerca del mundo, de lo que imaginan que son los últimos poderes o realidades con las cuales deben lidiar, y, además, crean rituales a través de los cuales representar su rol en relación con estas realidades y poderes. Imágenes, relatos y rituales de la imaginación han sido coleccionados en las tradiciones históricas de sentido y práctica que ahora conocemos como las religiones.12 En la historia, tanto las grandes civilizaciones como las pequeñas tribus han desarrollado uno o más esquemas simbólicos en su esfuerzo de entender, orientar e interpretar la existencia humana; donde las instituciones, las prácticas y los valores fueron configurados y reconfigurados de acuerdo con estas visiones simbólicas de la realidad y del ser humano. Así es como surgieron las grandes tradiciones religiosas de la humanidad. Fue en sus rituales religiosos, creencias e instituciones que los seres humanos elaboraron una interpretación de su existencia y de cómo vivir y orientarse en el mundo.13

En consecuencia, la teología es una construcción de la imaginación humana, necesaria para cada nueva generación –pues es necesario construir nociones de Dios, de la humanidad y del mundo apropiadas para orientar la vida humana contemporánea– donde las particulares capacidades e intereses humanos, la formación y el lugar social, las prácticas, hábitos y costumbres influencian indudablemente el trabajo teológico.14 Hoy la teología debe necesariamente involucrar el discernimiento y la reconstrucción auto-consciente de su quehacer e identidad, es decir, debe ya asumirse que lo que se hace en teología es una construcción humana contemporánea y no una mera reproducción o actualización de la tradición. Esto porque un mayor grado de auto-consciencia transforma las preguntas críticas de la teología cristiana. En vez de preguntar sobre las principales ideas o doctrinas prescritas por la tradición, que los cristianos debemos creer e interpretar, ahora se vuelve necesario dirigir la atención a preguntas más amplias, acerca de cómo se articula una cosmovisión – en este caso, la imagen cristiana del mundo – y cómo se mide su significado para la vida humana en el presente. Así, al contrario de concentrarse en las doctrinas y dogmas tradicionales, y en su presentación sistemática en una nueva situación histórica, los y las teólogas deben buscar y explicitar la configuración o los patrones de símbolos y categorías –los conceptos y marcos simbólicos básicos – que dan a las perspectivas cristianas su estructura, orden y experiencia.15

Las preguntas acerca del significado o la validez de las concepciones teológicas tradicionales deben ser estar completamente abiertas al comienzo de las investigaciones teológicas. Ellas pueden ser resueltas sólo en el proceso del trabajo constructivo, pues es siempre una pregunta abierta si las concepciones, valores y perspectivas heredadas del pasado siguen siendo apropiadas para orientar la existencia humana en el presente. Ésta es una pregunta a ser investigada, nunca una posición que debe ser dada de hecho.16 La teología, por tanto, no es ni puede ser una mera interpretación de conceptos y marcos simbólicos creados en el pasado, y asumidos desde su pretensión de autoridad divina, que meramente hay que aplicar en el presente. Y aunque la mayoría de los teólogos del pasado han entendido su trabajo como de carácter esencialmente hermenéutico, de hecho siembre ha involucrado mucho más que eso.17

Por tanto, desde las reflexiones de Kaufman, la teología no puede ser reducida a una mera actividad técnica ni a una labor únicamente confesional que busca dialogar con la sociedad. Su carácter académico constructivo, en diálogo con otras disciplinas y saberes humanos, debe ser explicitado y asumido si se quiere superar la crisis de la educación teológica en América Latina. No obstante, recuperar el horizonte académico de la teología no puede hacerse a expensas de su identidad, como parece estar sucediendo en algunas facultades teológicas de Latinoamérica al confundir la teología con las ciencias de las religiones. La teología, junto con la filosofía, y distinta de las ciencias de las religiones, tiene un carácter normativo, es decir, se pronuncia sobre el valor y la verdad del hecho religioso, sobre la existencia efectiva de la realidad que origina su aparición y sobre la validez de las conductas en que se manifiesta.18 Es, por supuesto, imprescindible el diálogo con las ciencias de las religiones, pues se hace necesario comprender y explicar el hecho religioso. No obstante, si la teología busca proveer un marco simbólico de significado para la orientación de la vida -para Kaufman, desde el análisis, crítica y construcción del la imagen/concepto “Dios”- la descripción desde distintas ciencias humanas de carácter académico no es suficiente.

Como conclusión es bueno señalar que se ha presentado el método teológico de Kaufman no para importar o imponer otro método o modelo, sino para comprender y hacer explícito cómo desde nuestro propio contexto latinoamericano es posible aventurarse en la construcción de una teología propia y contemporánea que tenga la pretensión, al igual que las teologías del norte, de pensar en términos académicos acerca de las grandes preguntas de la vida. Y de hecho eso es lo que ya tenemos incipientemente en Latinoamérica, esto es, distintas alternativas a esta visión sesgada del quehacer teológico desde diversas teologías contextuales, en diálogo con las ciencias, y hasta perspectivas teológicas postcoloniales. Lo importante es comprender, hacer explicito y seguir desarrollando está construcción teológica propia que ya se está haciendo presente en la académica latinoamericana.

Articulo publicado previamente en el sitio web de Servicios Pedagógicos y Teológicos.

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  1. http://www.pbs.org/wnet/religionandethics/2016/02/18/february-19-2016-secular-seminarians/29173/
  2. Espacios como GEMRIP y la Revista Razón y Pensamiento Cristiano.
  3. Erickson, Millard. Teología sistemática. Editorial Clie. 2008. P. 23.
  4. Cf. Íbid. P. 30.
  5. Cf. Íbid. P. 21-22.
  6. Cf. Íbid. P. 23.
  7. Cf. Íbid. P. 24.
  8. Cf. Kaufman, Gordon. In Face of Mistery: A Constructive Theology. Harvard University Press. 1995. P. 18.
  9. Cf. Íbid. P. 19.
  10. Cf. Íbid. P. 22.
  11. Cf. Íbid. P. 28.
  12. Cf. Íbid. P. 28.
  13. Cf. Íbid. P. 36.
  14. Cf. Íbid. P. 32.
  15. Cf. Íbid. P. 40.
  16. Cf. Íbid. P. 43.
  17. Cf. Íbid. P. 20.
  18. Martin Velasco, Juan. Introducción a la fenomenología de la religión. Editorial Trotta. 2006. P. 68.

ACERCA DEL AUTOR
Luis Marcos Tapia es profesor de teología y filosofía. Bachiller en Teología en el Seminario Teológico Bautista de Santiago de Chile. Licenciado en Educación y Licenciado en Filosofía en la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, Chile. También posee un Magíster en Filosofía de la Universidad de Chile. Actualmente reside en Ecuador, país en donde desempeña labores como pastor en la Iglesia Cristiana Anabautista Menonita de Quito.
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