jueves, mayo 03, 2012

¿Cómo opera Dios en el mundo? Perspectivas tradicionales

"Elohim Creating Adam" de William Blake.
Fuente: wikipedia.org

Manuel David Morales, México.

Introducción

Un tema que en las últimas décadas ha venido captando la atención de teólogos, filósofos y científicos, ha sido cómo concebir la acción de Dios en el mundo. Y es que con el auge de la ciencia moderna, pareciera que el universo, descrito por la regularidad propia de las leyes físicas, no deja espacio para ninguna clase de accionar divino. Esto es algo crítico para la teología cristiana, ya que aparte de mantener el universo físico en el ser, y a diferencia de sistemas como el Deísmo o el Panteísmo, los cristianos creemos que Dios efectivamente realiza actos particulares dentro del mismo, los cuales muchas veces se llevarían a cabo como respuesta a nuestras profundas oraciones.

Afrontar esta pregunta constituye una tarea complicada, ya que para su adecuado análisis se requiere determinar algún tipo de nexo entre nuestra concepción de Dios y la naturaleza fundamental del universo físico. Como punto de partida en este artículo, que constituye la primera de una serie de dos breves escritos, analizaré de manera muy general algunas de las tradicionales perspectivas cristianas que buscan responder a esta profunda interrogante. También, y por supuesto sin desestimar su enorme valor teológico, expondré algunas de las razones por las cuales pareciera que no constituyen explicaciones muy satisfactorias a la luz del diálogo entre ciencia y religión.

Perspectivas bíblicas

Para los antiguos hebreos, así como para los primeros cristianos, la cuestión de la acción divina en realidad no constituía mayor problema, ya que se tenía una concepción de Dios obrando de manera universal en y a través de todos los procesos del mundo. Esto se torna evidente cuando leemos pasajes bíblicos como Job 38, Sal. 148 y Fil. 2:12-13, en los cuales es posible apreciar a Dios concretando la novedad a través de actos asombrosos y teniendo un control directo sobre el mundo natural y nosotros mismos.

De acuerdo al teólogo luterano Ted Peters, la reflexión hebrea en torno al ordenamiento del cosmos surge de manera posterior a la consciencia del Éxodo, de tal forma que los relatos de la creación fueran consistentes con lo que experimentaron en la redención. Este esquema también sería posible reconstruirlo en el Nuevo Testamento, en donde el evangelio constituye la experiencia del poder de una vida nueva en la Pascua de Resurrección, que pone el fundamento de nuestra fe y confianza en que Dios cumplirá su promesa de establecer una nueva creación en el futuro.1 Con esto, la acción divina se concibe en términos de un esquema liberación-creación, haciendo justicia a los textos sagrados desde el punto de vista del contexto histórico y cultural de aquellos tiempos.

Sin embargo, aquí se hace importante distinguir muy bien entre acercamientos como el anteriormente expuesto y los construídos en consonancia con el movimiento de la “Teología Bíblica”, surgido entre los años 1950 y 1960. Estos últimos, fundamentados en un entendimiento literal de los pasajes bíblicos, reducen la teología a un proceso de identificar los relatos bíblicos con hechos históricos -recurriendo a herramientas como las desarrolladas por la tradicional “Arqueología Bíblica”-, y posteriormente a un intento interpretativo de dar sentido a dichos hechos.2 Así entonces, las diversas referencias a la acción divina relatadas en la Biblia constituirían eventos reales, que darían cuenta del ilimitado poder de Dios en el mundo.

Dentro del ámbito de la teología, pareciera que las perspectivas bíblicas gozan de mayor credibilidad en la medida en que realmente estén dispuestas a oir las voces del mundo antiguo y a buscar el sentido original por el cual los textos fueron escritos. No obstante, e independiente de la postura que se tome, existe un aspecto que ningún enfoque bíblico podrá abordar por sí solo y que en esta discusión es de suma relevancia. A saber: establecer criterios metodológicos que nos permitan estudiar la viabilidad fáctica de los eventos bíblicos, entendidos como consecuencias de la acción divina. Y estos criterios, solo es posible formularnos a partir de nuestro conocimiento científico.

De hecho, resulta curioso notar que aun cuando la mayoría de los acercamientos biblicos exegético-críticos buscan ser coherentes con las diversas explicaciones científicas3, casi nunca se mencione ni mucho menos se analice a la luz de las ciencias naturales. ¿Desconocimiento científico? ¿Temor a reintroducir el lenguaje de la modernidad en la teología? ¿Considerar la ciencia como un mero instrumento tecnológico, irrelevante para nuestras concepciones de lo divino? Difícil conocerlo con seguridad. Sin embargo, lo que sí hoy se sabe muy bien, es que para abordar adecuadamente la problemática de la acción divina, no basta con proveer explicaciones basadas solo en exégesis bíblicas y/o teologías carentes de diálogo con las ciencias naturales.

Perspectivas patrística y tomista

Durante el período de los Padres de la Iglesia, en esencia, se mantuvo la misma noción de acción divina sostenida por los antiguos hebreos y cristianos, aunque con algunos matices. Para el teólogo San Agustín, Dios mismo es quien sostiene constantemente el universo físico y quien ha establecido todas las leyes naturales que lo rigen.4 San Juan Crisóstomo afirmó que la Divina Providencia se extendiende a todas las personas, adaptándose a la necesidad de cada uno5 y abarca incluso lo que pensamos se debe a nuestra iniciativa6. Por otro lado, San Ambrosio consideraba que de igual manera como los artefactos mecánicos, una vez construidos, requieren de posterior cuidado por parte de su constructor, el universo físico también demanda el gobierno de Dios.7 Aquí podríamos seguir dando muchas referencias, sin embargo hoy se tiene claro que prácticamente todos los Padres de la Iglesia concebían la acción de Dios como una providencia universal, abarcando todos los procesos del mundo. Aunque de manera adicional se argumentaba que dicha providencia era compatible con la libertad humana.8

Avanzando un poco más en la historia y situándonos en el Medioevo, nos encontramos con el teólogo y filósofo Santo Tomás de Aquino, quien para afrontar esta problemática recurrió a su tradicional distinción entre causas. La primera causa correspondería a Dios, quien sería el agente causal de la creatio ex nihilo, esto es, el ser necesario o causa incausada que mantendría todo el universo físico en la existencia. Y por otro lado, las segundas causas corresponderían a los diversos mecanismos naturales que ocurren en el mundo físico, los cuales deben su orden inherente a la causa primera como fuente de toda inteligibilidad.9 Dentro de nuestro contexto, lo realmente importante es que para el Aquinate, influenciado por la patrística pero ya tomando una perspectiva mucho más específica, la principal forma en que Dios opera en el mundo físico es a través de las causas segundas, esto es, las diferentes leyes naturales.10

Aun cuando en el tiempo de la Escolástica no existía la ciencia tal como la conocemos hoy, diversos pensadores (principalmente católico-romanos) han revitalizado las ideas del Aquinate, formulando perspectivas neo-tomistas contextualizadas al diálogo contemporáneo entre ciencia y religión.11 Aquí es importante remarcar su etiqueta de “neo”, ya que aun cuando se siguen muchos de los postulados de la antigua escolástica, también han amparado algunas nociones críticas provenientes de la modernidad.12

Sin duda que una de las fortalezas de las perspectivas patrística y tomista es mantener, hasta cierto punto, la tradicional noción que se ha tenido de la acción divina. Incluso para algunos, pareciera ser coherente con lo que sabemos de Dios a través de la narrativa bíblica. Sin embargo, desde la teología y filosofía contemporánea, surgen importantes críticas realmente difíciles de solucionar:

i) Teodicea. Si Dios opera de manera universal a través de todos los mecanismos naturales, y al mismo tiempo es infinitamente bueno ¿Cómo explicar la presencia del mal y sufrimiento en el mundo? Esto es de suma relevancia si pensamos, por ejemplo, en las reiteradas catástrofes naturales que han azotado al hombre a lo largo de toda su historia. Desde el punto de vista teológico, parece ser muy poco razonable (¡y macabro!) afirmar que Dios es el responsable de dichas catástrofes al cobrar tantas víctimas inocentes. Pero por otro lado, desde el punto de vista filosófico, parece inconsistente desligarse de las consecuencias que tendría esta concepción de acción divina inherente a las leyes naturales, para con la autonomía/dependencia causal de nuestro universo físico con respecto a Dios.

ii) Doble agencia. Una segunda complicación tiene que ver con el problema de la relación entre la agencia divina y la agencia humana, ¿Cómo es que Dios y el hombre, como agentes libres, pueden operar al mismo tiempo como causas de un evento único y unificado? ¿Cómo es que la agencia infinita de Dios preserva la agencia libre y finita de sus criaturas? Si bien es cierto que la tarea del teólogo se mueve entre la cognoscibilidad y la incognoscibilidad, entre la antropomorfización y la inefabilidad, este tipo de perspectivas han demostrado ser muy limitadas a la hora de proporcionar analogías útiles, que permitan ilustrar en mayor o menor medida el modelo en cuestión.

iii) Juntura causal. El problema de mayor relevancia para nuestros fines, es que todos estos enfoques sencillamente no explican el modus operandi de Dios en el mundo, ya que no se propone ninguna “juntura causal” a modo de nexo entre la agencia divina -como causa trascendente e inmaterial- y los factores causativos del mundo físico. Por supuesto, desde un punto de vista pragmático, pareciera ser factible relegar la naturaleza de la acción divina a un estatus de “misterio” más allá del entendimiento humano. Sin embargo, frente al tan importante desafío de desarrollar una teología fundamental acorde a nuestros tiempos, con enfoque crítico e integrada al pensamiento científico, esta línea de reflexión resulta ser muy poco satisfactoria.

Perspectivas reformadas

Para los reformadores del siglo XVI, y por consiguiente para la Ortodoxia Protestante, Dios es quien sustenta y gobierna de manera constante toda su creación. Es importante tener claro que al igual que el tomismo, las teologías reformadas fueron muy influídas por el pensamiento agustiniano. En un sermón basado en Juan 1:3-5, Martín Lutero señalaba que: “Dios no sólo creó el mundo entero y todas las criaturas por el Palabra, su Hijo unigénito y Sabiduría divina, sino también constantemente, hasta el fin del mundo las gobierna y sostiene por Él, así que por lo tanto, el Hijo de Dios es Co-creador del cielo y la tierra con el Padre.”13

No obstante, quien llevara la acción divina a su punto extremo fue Juan Calvino, ya que concebía la providencia de Dios en sentido estricto como un control absoluto sobre todos y cada uno de los eventos ocurridos en el mundo.14 Ahora bien, aquí se debe hacer la salvedad que dentro del marco de las causas naturales, el reformador francés siempre mantuvo una postura ambivalente. Por ejemplo, al mismo tiempo de sostener que Dios mueve a todas sus criaturas a través de su Espíritu, en correspondencia con la naturaleza que a cada una de ellas dio al crearlas15, consideraba que catástrofes naturales tales como sequías, inudaciones, y la posterior escasez de alimentos, son los medios por los cuales Dios lleva a cabo sus maldiciones y juicios.16 Entonces, resulta muy confusa su postura sobre la posibilidad de concebir una naturaleza dotada de autonomía por parte de Dios.

Dentro del campo de la voluntad, tanto Lutero como Calvino limitaron el concepto de “libre albedrío”17,18, considerando que la caída, esto es el pecado original, había tenido consecuencias importantes en el intelecto del ser humano, y absolutas en su conocimiento de lo divino. Como resultado de esto, ambos reformadores creyeron en la elección eterna de Dios, aunque con una diferencia sustancial. Lutero se enfocó solamente en la “elección de gracia”, es decir, los escogidos para salvación.19 Calvino por otro lado sostuvo la llamada “doble predestinación”, en la cual consideraba que Dios en su decreto eterno elegía a algunos para salvación y otros para perdición20, pero no eliminando la responsabilidad moral del ser humano.21

A pesar de que las ideas de los reformadores se mantienen hasta nuestros días al interior de la Ortodoxia Protestante, se han ido precisando algunos aspectos en posteriores publicaciones. Por ejemplo en la Confesión de Westminster, declaración de fe sostenida por muchas iglesias calvinistas, se puede leer que Dios “ordenó libre e inalterablemente todo lo que sucede (…) lo hizo de tal manera, que Dios ni es autor del pecado, ni hace violencia al libre albedrío de sus criaturas, ni quita la libertad ni contingencia de las causas secundarias, sino más bien las establece.”22 De manera similar, y haciendo frente al problema del mal, hoy la Ortodoxia Luterana por lo general considera que si bien Dios coopera en las acciones buenas y malas del ser humano, en estas últimas solo lo hace a modo de permitirlas, pero no participando en la corrupción misma del acto y sus posteriores efectos.23

Al margen de que las ideas teológicas reformadas se originaran dentro del contexto del problema de la salvación humana, y no del diálogo entre ciencia, filosofía y religión, aquí podemos apreciar que en esencia se siguen manteniendo la mismas ideas sostenidas por el pensamiento patrístico y escolástico. Entonces así, las objeciones que ya plantearamos en el caso anterior también aplicarían a estas perspectivas. Incluso ahora con una idea de acción divina ya no solo universal sino también particular, problemas asociados a la teodicea y la doble causalidad se vuelven aún más complicados de resolver. ¿Cómo es posible entender el mal y sufrimiento en el mundo, concibiendo a Dios como el agente directo detrás de cada evento del mundo? Y por otro lado ¿Es realmente posible concebir a Dios teniendo el control absoluto de todo lo que ocurre en el mundo, y al mismo tiempo no anular la libertad, contingencia y responsabilidad del ser humano? Como respuesta a estos dilemas, tradicionalmente se ha apelado a la incognocibilidad de Dios; doctrina muy ligada a la interpretación protestante-ortodoxa de la caída, y que se traduce en el hecho de que siempre llegaremos a cuestiones que sobrepasan nuestro entendimiento humano acerca de lo divino. Sin embargo, lo que creo debería motivarnos a afrontar el problema con una mayor seriedad intelectual, es que estas objeciones en realidad no surgen como consecuencia de formular un razonamiento lógico deductivo a partir de la noción de acción divina propuesta en consonancia con ciertas exégesis bíblicas, sino mas bien son aspectos importantes que cuestionan la posibilidad lógica misma de las ideas formuladas.

Comentarios finales

Al analizar las tradicionales perspectivas que buscan afrontar la problemática de la acción divina en el mundo, podemos concluir que éstas no nos proporcionan respuestas muy satisfactorias, si bien resultan ser acercamientos muy valiosos al considerarlas en contexto.

Por supuesto, y aun cuando muchos cristianos hoy optan por el camino de la Ortodoxia más bien por un compromiso de fidelidad a ciertas tradiciones mantenidas por siglos, pareciera ser una opción muy poco prometedora a la luz del conocimiento contemporáneo.

La propuesta es, entonces, que sin desmercer el valor de la Ortodoxia, se logren formular perspectivas en correspondencia con lo que hoy sabemos de la ciencia contemporánea, tal que nos permita repensar nuestra visión del mundo, que es donde se lleva a cabo la agencia providencial, así como de nuestra concepción misma de Dios.

En la segunda parte y final de esta serie, analizaremos algunas de las principales perspectivas que se han formulado dentro del marco del diálogo entre ciencia y religión, que buscan responder de una manera mucho más sofisticada a la pregunta ¿Cómo opera Dios en el mundo?

__________
  1. PETERS, Ted. Creación del Cosmos. En: RUSSELL, Robert J.; STOEGER William R. y COYNE, George V. (Eds.). Física, Filosofía y Teología: Una búsqueda común. México, Edamex, 2002.
  2. WRIGHT, G. Ernest. God Who Acts: Biblical Theology as Recital. London, SCMPress, 1952.
  3. Muchos de estos acercamientos descansan sobre la suposición de que la ciencia funciona dentro de un marco estrictamente determinista, en el cual todos los fenómenos naturales están conectados a través de una red causal bien definida. Esta visión era la que predominaba hasta finales del siglo XIX. Sin embargo con el surgimiento de áreas tales como la física cuántica y las ciencias de la complejidad, y a la luz de fenómenos abiertos a la novedad e indeterminación, hoy se hace difícil sostenerla. Esto es algo que trataremos en la segunda parte de esta serie.
  4. AGUSTÍN. La Ciudad de Dios, Libro V, Cap. XI.
  5. CRISÓSTOMO. Homilías sobre el Evangelio de San Mateo, Hom. XXVIII, n. 3.
  6. CRISÓSTOMO. Homilías sobre el Evangelio de San Mateo, Hom. XXI, n. 3.
  7. AMBROSIO. De Officiis Ministrorum, Libro I, Cap. XIII.
  8. Ver por ejemplo: AGUSTÍN. La Ciudad de Dios, Libro V, capítulo IX.
  9. TOMÁS. Suma contra gentiles, Libro II, Cap. 16, Cap. 42.
  10. TOMÁS. Suma Teológica, Cuest. 103.
  11. Entre algunos pensadores podemos destacar al físico y sacerdote español Mariano Artigas, el astrónomo y teólogo jesuita William R. Stoeger y el historiador de la ciencia William E. Carroll.
  12. Un ejemplo interesante lo encontramos en William Stoeger, quien a propósito de los milagros, y siguiendo un razonamiento profundamente kantiano señalaba que: “Dios puede actuar en una forma puramente 'natural' dentro de las relaciones y regularidades que él ha establecido y mantenido, pero en una forma en que nosotros lo vemos como una intervensión sobrenatural simplemente porque todavía no hemos llegado a comprender por completo las relaciones y regularidades (las 'leyes superiores') de donde se obtiene”. STOEGER, William. Describing God's action in the world in light of scientific knowledge of reality. En: RUSSELL, R.J., et. al. Chaos and Complexity: Scientific Perspectives on Divine Action. Notre Dame, Vatican Observatory Foundation , 2000. p. 249.
  13. PLASS, Ewald M. What Luther Says, #3677, as quoted in an essay on God’s providence for the Jan. 6-7, 1976, General Conference of the Ev. Luth. Synod by Pastor W. V. McCullough of Port Orchard, Washington.
  14. CALVINO, Juan. Institución de la Religión Cristiana, Libro I, Capítulo XVI.
  15. CALVINO, Juan. op. cit. Libro II, Cap. II, num. 16.
  16. CALVINO, Juan. op. cit. Libro I, Cap. XVI, num. 5.
  17. LUTERO, Martin. De Servo Arbitrio.
  18. CALVINO, Juan. op. cit. Libro II, Cap. II.
  19. LUTERO, Martín. Comentario a los Romanos, Cap 11, vers. 5.
  20. CALVINO, Juan. op. cit. Libro I, Cap. XVIII.
  21. CALVINO, Juan. op. cit. Libro I, Cap. XVII, num. 3.
  22. Confesión de Westminster, Cap. 3: Del Decreto Eterno de Dios.
  23. MUELLER, Steven P. (Ed.). Called to Believe, Teach, and Confess: An Introduction to Doctrinal Theology. Oregon, Wipf and Stock, 2005. pp. 122-123.

ACERCA DEL AUTOR
Manuel David Morales es Master en Ciencias Físicas del IFM Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, México, en donde además realiza un doctorado especializado en relatividad numérica. Previamente obtuvo una Licenciatura en Física Aplicada en la Universidad de Santiago de Chile. En la actualidad investiga sobre las interacciones entre ciencia y religión dentro del contexto Latinoamericano. Es el director y fundador de RYPC.
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