lunes, marzo 27, 2017

De la doctrina como creencia a la doctrina como práctica

Fuente: cadena3.com.
Luis Marcos Tapia, Ecuador

En el contexto cristiano latinoamericano actual predomina una comprensión demasiado restrictiva de lo que es la doctrina cristiana. El término “doctrina” tiene diferentes niveles de significado según su contexto,1 no obstante, siempre está relacionado con la didajé o enseñanza holística de la iglesia y no es posible reducirlo a meros postulados o proposiciones teóricas, orales o escritas, sobre las creencias de la iglesia o de un determinado grupo dentro de ella. En el sentido original la didajé hacía referencia al proceso en el cual algunos individuos o grupos tratan de comunicar a otros ciertos conocimientos o modos de conducta, abarcando así la dimensión de la práctica, del ensayo y de la experiencia.2

Para comprender cómo la doctrina o enseñanza de la iglesia conlleva un sentido holístico, hay que advertir que las creencias cristianas son lo que McClendon llama convicciones, y no meramente un asentimiento intelectual a postulados teóricos. Según McClendon, es necesario hacer una distinción entre las convicciones y las opiniones. Éstas últimas son materia de debate y discusión racional, pero demandan casi nada o nada de compromiso de parte de la persona que las sostiene, mientras que en sus convicciones la persona se compromete íntegramente. Aunque usualmente es difícil percatarse de las propias convicciones, y mucho más expresarlas de forma oral o escrita, no obstante, son persuasiones y creencias que encarnamos y que desde cierta racionalidad guían y moldean nuestra vida.3 McClendon define la convicción como: “una creencia persistente tal que si X (una persona o una comunidad) tiene una convicción, ésta no será fácilmente abandonada, y no puede ser abandonada sin hacer de X una persona o comunidad significativamente diferente que antes.”4 Así, cuando una persona descubre sus convicciones se descubre a sí misma: “Mis convicciones son las creencias que con determinación expreso a través de mi vida—o que en el caso de fallar al vivirlas, me traiciono.”5 Las convicciones no se muestran únicamente en nuestras profesiones de fe sino en todas nuestras actitudes y acciones. Éstas tienen una dimensión afectiva, pero en contraste con la mera emoción, también tienen un contenido cognitivo. Además, contrario a los meros hábitos, suponen una determinada intención en la acción, es decir, está implicada la voluntad de la persona.6 Es además importante destacar que las convicciones son compartidas comunitariamente y que toda persona tiene convicciones, independiente si sostiene explícitamente o no una creencia religiosa.7

De acuerdo a McClendon, las doctrinas son las convicciones compartidas de la Iglesia en su vida comunitaria de fe.8 En el mismo sentido Pikaza señala que la doctrina o didajé cristiana no puede entenderse en línea teórica, ni como un conjunto de proposiciones articuladas en forma de sistema de fe, ni como una enseñanza relacionada con las diversas interpretaciones de la Biblia. La doctrina cristiana es más bien el poder de transformación y curación humana.9 En el contexto de la vida de Jesús, los Escribas desarrollaban una doctrina donde de forma escolar daban sentido a las tradiciones y leyes de su tiempo, tal como habían sido codificadas después en la Misná. Jesús, por el contrario, proclama una enseñanza nueva (didajé kainé) con libertad y autoridad (exousía) porque ésta puede curar a los enfermos.10 Así, y en la línea de Jesús según Pikaza, la doctrina de la Iglesia ha de expresarse como autoridad sanadora al servicio de la transformación del ser humano. Es en ese sentido que hoy debe entenderse la didajé de Cristo, que es también la didajé de los apóstoles y, por tanto, de toda la iglesia.11

Así, la enseñanza de la iglesia no apunta meramente a sostener determinadas creencias sino a todo el proceso de instrucción que la iglesia realiza.12 Por lo mismo, McClendon hace referencia a la práctica de la doctrina. Una práctica es una serie de acciones humanas en las que participan practicantes quienes por determinados medios y de acuerdo a ciertas reglas buscan juntos un determinado fin.13 Usando el ejemplo de la medicina, que como práctica apunta a la salud, y que no es posible identificarla únicamente con los medicamentos en el estante de una farmacia, McClendon sostiene que la práctica de la doctrina es mucho más que el conjunto de doctrinas verbalizadas sobre un determinado tópico. No hay contenido a enseñar sin la práctica de la enseñanza; no puede haber doctrinas cristianas sin la práctica de la doctrina.14

Los participantes de la práctica de la doctrina o didajé cristiana no son los que afirman intelectualmente las creencias cristianas, sino los discípulos. El término “mathetes,” que se traduce al español como “discípulo,” se diferencia de otros términos similares por cuanto subraya sobre todo la praxis de una determinada conducta.15 Aprender la didajé de la iglesia no es sólo un proceso teórico, en el cual uno se apropia intelectualmente de la enseñanza de Cristo, sino que significa recibir al mismo Cristo y aceptarlo, abandonar en el seguimiento la existencia de antes y empezar en él otra nueva. Los discípulos de Jesús son aquellos que efectivamente siguen la instrucción que les fue transmitida en imitación del maestro, pues la comprensión de la doctrina se muestra en la conducta.16 En un sentido amplio, si la iglesia es el conjunto de discípulos de Jesús y a la vez maestra de la doctrina de Cristo, cada miembro de ella es también un maestro y un aprendiz. Es cierto que por la división de labores y dones (1 Corintios 12-14) sólo algunos son designados formalmente como maestros, pero en la medida en que la práctica de la doctrina requiere practicantes, involucra a los maestros y aprendices por igual. Hay que destacar también que la participación en la práctica de la doctrina, como marca definitiva del cristiano, es necesariamente por invitación e intencional, no es posible obligar a nadie.17

Ciertamente que los medios empleados en la práctica de la doctrina incluyen doctrinas que hacen referencia a las convicciones de la iglesia verbal y cognitivamente. Como por ejemplo, las doctrinas sobre la creación, la expiación, Cristo, etc. Estas doctrinas específicas se hacen explícitas en las confesiones de fe y credos de determinada iglesia, aunque en la historia del cristianismo se han empleado con mayor frecuencia otros tipos de verbalizaciones de la doctrina cristiana, como son la narrativa, parábola, los ejemplos paradigmáticos, las preguntas y los preceptos.18 La misma Biblia da cuenta de ello. No obstante, las doctrinas explícitas y otro tipo de doctrinas verbalizadas sobre las convicciones de fe de la iglesia no son el único modo en que la iglesia transmite su didajé. La iglesia enseña sus convicciones a través de toda su vida comunitaria, esto es, a través de las vidas visibles de sus miembros, así como a través de la palabra predicada. Lo hace también a través de la bienvenida que otorga a los seres humanos en toda su variedad racial, cultural, sexual así como también a través de los himnos que canta y el testimonio que entrega. La iglesia enseña también con su misma presencia y compañía en medio de las personas excluidas de la sociedad, así como también, y de forma no menor, a través de la instrucción o enseñanza formal que imparte. De estas maneras, y de muchas otras formas, la iglesia enseña o adoctrina.19

Según McClendon, toda práctica es una actividad que se realiza de acuerdo a reglas. Cuando cierta práctica es explicada se invocan necesariamente las reglas de esa práctica, de forma consciente o inconsciente. Así mismo, las doctrinas cristianas específicas son como reglas gramaticales que gobiernan el discurso cristiano y que muestran que es lo que puede y no puede ser significativamente dicho en la enseñanza cristiana. Es decir, lo que los cristianos tienen que decir acerca de Dios y el mundo no puede ser significativamente separado de la red de significados que constituyen la enseñanza cristiana.20 No obstante, la doctrina o didajé cristiana no es únicamente las reglas, tal como cualquier otra práctica no es esencialmente un mero conjunto de reglas. En la didajé cristiana, tal como en otras prácticas, conocer las reglas en necesario pero no suficiente.21 Para ejemplificar esto consideremos la práctica del futbol (McClendon utiliza como ejemplo el baseball), es posible afirmar que no todo el que patea un balón está practicando ese deporte, así como tampoco todo aquel que teóricamente invoca sus reglas está realmente enseñando a jugar futbol. La verbalización de las reglas está en función de la práctica del futbol. Así mismo, las doctrinas específicas, verbalizadas e incluso expuestas en confesiones y credos, están en función de la vivencia y práctica de la doctrina cristiana como didajé.

El fin último de la práctica de la doctrina es, según McClendon, que todos lleguemos “a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a una humanidad perfecta que se conforme a la plena estatura de Cristo.” (Efesios 4:13) Su realización, por tanto, es comunitaria y no individual, donde la madurez prometida no se alcanza a través del esfuerzo heroico de una persona sino que es resultado de la práctica común de la doctrina en la que el fuerte ayuda al débil y donde todos son aprendices y maestros, como ya se ha dicho.22

Ninguno de estos cuatro elementos que ha mencionado McClendon (practicantes, medios, reglas, fin) pueden sostenerse por sí mismos ni pueden ser omitidos. Es decir, no se trata de darle la misma importancia a la ortopraxis como a la ortodoxia, como muchos hacen hoy, sino que se trata de entender que la doctrina nunca puede ser sana ni correcta en sí misma si se la entiende desconectada de la práctica de la enseñanza. Lo que se llama ortopraxis y ortodoxia son sólo algunos elementos de didajé holística de la iglesia. No es posible reducir la peculiaridad del cristianismo a meros postulados o proposiciones teóricas, orales o escritas, sobre creencias religiosas. Lo interesante y llamativo del cristianismo es la doctrina como proceso de fe vital, pues, tal como afirma Hauerwas, el cristianismo no es una cosmovisión o creencia acerca del mundo o la realidad que se puede comparar con otras cosmovisiones y creencias acerca del mundo y la realidad, ya sean cosmovisiones religiosas, ideológicas, etc. Sino que, más bien, los cristianos y cristianas son personas que están convencidas que la verdad de sus creencias se evidencia en sus vidas, pues la referencia de la práctica de la doctrina, utilizando los términos de McClendon, no es un conjunto de proposiciones sino la comunidad de fe que es la iglesia.23

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  1. Justo L. González, Diccionario Manual Teológico (Barcelona: Clie, 2010), 87-88.
  2. Lothar Coenen, “Enseñanza,” en Lothar Coenen, Erich Beyreuther y Hans Bietenhard, Diccionario Teológico del Nuevo Testamento Vol. II (Salamanca: Sígueme, 1990), 78.
  3. James W. McClendon Jr., Systematic Theology Volume 1 Ethics (Waco, TX: Baylor University Press, 2012), 22.
  4. McClendon, Systematic Theology 1 Ethics, 22-23 (Traducción mía).
  5. McClendon, Systematic Theology 1 Ethics, 22 (Traducción mía).
  6. James W. McClendon Jr., Systematic Theology Volume 2 Doctrine (Nashville: Abingdon Press, 1994), 28-29.
  7. McClendon, Systematic Theology 1 Ethics, 23.
  8. McClendon, Systematic Theology 2 Doctrine, 24.
  9. Xavier Pikaza, “Doctrina,” en Diccionario de la Biblia: Historia y palabra (Navarra: Verbo Divino, 2007), 286.
  10. Pikaza, 286.
  11. Pikaza, 286.
  12. McClendon, Systematic Theology 2 Doctrine, 25-26.
  13. McClendon, Systematic Theology 2 Doctrine, 28.
  14. McClendon, Systematic Theology 2 Doctrine, 28.
  15. D. Muller, “Seguimiento,” en Lothar Coenen, Erich Beyreuther y Hans Bietenhard, Diccionario Teológico del Nuevo Testamento Vol. IV (Salamanca: Sígueme, 1994), 177.
  16. D. Muller, “Seguimiento,” 177.
  17. McClendon, Systematic Theology 2 Doctrine,29.
  18. McClendon, Systematic Theology 2 Doctrine, 30.
  19. McClendon, Systematic Theology 2 Doctrine, 23.
  20. McClendon, Systematic Theology 2 Doctrine, 31.
  21. McClendon, Systematic Theology 2 Doctrine, 31.
  22. McClendon, Systematic Theology 2 Doctrine, 32.
  23. Stanley Hauerwas, “Why the ‘Sectarian Temptation’ Is a Misrepresentation: A Response to James Gustafson (1988)” en The Hauerwas Reader (Durham y Londres: Duke University Press, 2001), 100.

ACERCA DEL AUTOR
Luis Marcos Tapia es profesor de teología y filosofía. Bachiller en Teología en el Seminario Teológico Bautista de Santiago de Chile. Licenciado en Educación y Licenciado en Filosofía en la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, Chile. También posee un Magíster en Filosofía de la Universidad de Chile. Actualmente reside en Ecuador, país en donde desempeña labores como pastor en la Iglesia Cristiana Anabautista Menonita de Quito.
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