jueves, diciembre 03, 2015

Biología evolutiva y convergencia

Reseña del libro: CONWAY MORRIS, Simon. ¿Y si la vida volviera a empezar? Los caminos convergentes de la biología evolutiva. Madrid, Fliedner Ediciones, 2015, 216 pp.1

Pablo de Felipe (Doctor en Bioquímica y Biología Molecular)
Centro de Ciencia y Fe - Fundación Federico Fliedner, España

Tras tres años aprendiendo los principios básicos de la Química en la universidad, con un programa claramente inclinado hacia la Física, pasé a especializarme en Bioquímica y Biología Molecular. Me encontré entonces en un ambiente completamente diferente. Una de las cosas que me sorprendieron fue lo ‘clásica’ que era la visión del mundo. Todo se explicaba en una forma mecánica, de mecanismo de relojería, que creía que había dejado atrás. Era como si la Biología estuviera todavía sumergida en el sueño mecanicista del siglo XIX. Así que no me sorprendió que la sensación de conflicto entre ciencia y religión fuera más intensa en la Biología que en otras ramas de la ciencia. Pero al mismo tiempo, y a diferencia de la visión del mecanicismo newtoniano, la mayor parte de la Biología era descriptiva, con pocas matemáticas, escasas leyes e infrecuentes predicciones que guiasen la investigación. Con el paso de los años, según fui completando mis estudios universitarios, el doctorado y mi formación postdoctoral, acabé aceptando que las cosas eran así, al menos en las ciencias biológicas. Muchas veces me pregunté si, dado que la Biología estaba anclada en un marco conceptual decimonónico… ¿podría un día experimentar algo similar a las revoluciones relativista y cuántica de la física del siglo XX? ¿Qué aspecto tendría semejante tipo de Biología?

Curiosamente, mi observación no era realmente original. Hace solamente unos cuatro años descubrí un interesante comentario realizado por uno de los gigantes de estas revoluciones que conmocionaron la Física y la cosmología durante el primer tercio del siglo XX. Se trata de Georges Lemaître, científico y sacerdote católico, que planteó la hipótesis del Big Bang en 1931 y quien poco después (en 1933) concedió una entrevista al New York Times. Allí se recogieron las siguientes reflexiones:

El sacerdote [Lemaître] admite que la sensación de conflicto entre ciencia y religión es variable en función de las diferentes ramas de la ciencia. “Los biólogos parecen tener problemas específicos”, argumenta. “Tienen motivo para ello. Hace poco que han descubierto unas cuantas leyes y principios. Por ello, en el pasado, sus estudios han sido confusos más que iluminadores. En cierto sentido, su objeto de estudio ha sido tosco. Pero dénseles a los biólogos más leyes como las del sacerdote Mendel y acabará por surgir un nuevo espíritu. Se extenderá el sentimiento de que este es un universo moralmente ordenado. Tan pronto como cualquier ciencia rebasa el mero estadio descriptivo se convierte en auténtica ciencia. Y también se hace más religiosa. Los matemáticos, los astrónomos y los físicos, por ejemplo, han sido muy religiosos, con unas pocas excepciones. Cuanto más profundamente penetraban en el misterio del universo, más honda era su convicción de que el poder que está detrás de las estrellas y de los electrones de los átomos es un poder de orden y de bondad”2.

No estoy seguro de a qué se refería exactamente Lemaître al decir que la ciencia encuentra un universo «moralmente ordenado», y «bondad» tras el universo, aunque me pregunto si no era una especie de premonición del principio antrópico cosmológico, que se haría popular décadas más tarde. Podemos también criticar la idea de que la mayoría de los matemáticos, astrónomos y físicos hayan sido muy religiosos, aunque probablemente él estaba pensando en la situación de hace varios siglos, en la época del nacimiento de la ciencia moderna, más que en su propio tiempo. Aunque es cierto que en el campo de las ciencias matemáticas, la astronomía y la física, parece que hay un mayor interés por la religión y las interacciones ciencia y fe que en el campo de la Biología, que todavía está recuperándose de los resentimientos generados alrededor de la evolución. En cualquier caso, lo que me llamó la atención fue su sugerencia de que la Biología estaba todavía en un estadio con pocas leyes rectoras y que claramente tenía que superar una etapa descriptiva de infancia.

La razón por la que esas palabras resonaron en mí fue que por aquel entonces ya había descubierto la obra del autor del presente libro, el paleontólogo Simon Conway Morris, a una de cuyas conferencias asistí en Edimburgo en 2007. Como podrá descubrir el lector en las páginas de este libro, él también está interesado precisamente en la falta de predictibilidad en Biología, y especialmente en la Biología Evolutiva, por las asunciones de que la contingencia es la reina suprema, y de que el resultado del paso del tiempo está en manos del puro azar. Como cuenta en el capítulo IV, él mismo tuvo una postura semejante durante el inicio de su carrera, entre finales de los setenta y los ochenta, cuando excavaba los famosos fósiles del Cámbrico de Burgess Shale, en Canadá, con sus primitivos y extraños animales de aspecto fantasmagórico. La mayoría fueron interpretados como precursores de ramas del árbol de la vida que acabaron en callejones sin salida o que desaparecieron prematuramente de la historia de los animales. Si un accidente hubiera eliminado alguno de esos antiguos antecesores de la rama que lleva hasta nosotros, ¡no estaríamos aquí! Fue nada menos que el paleontólogo Stephen Jay Gould quien de forma notoria desarrolló esa idea en su conocida obra La vida maravillosa (1989), y llegó a la conclusión de que la historia estaba dominada por la contingencia y que, como propuso en una famosa metáfora, si pudiéramos «rebobinar la película de la vida» y volver a empezar, no encontraríamos en ese imaginario mundo alternativo seres inteligentes y auto-conscientes.

Sin embargo, ya para aquel entonces las cosas habían empezado a cambiar y, como describe Conway Morris en el capítulo IV, nuevos estudios en fósiles cámbricos de otros lugares (China y Groenlandia) desafiaron la idea de que muchos de esos animales antiguos pertenecieran a grupos (phyla) que no estuvieran relacionados con ningún otro ser que evolucionaría más tarde. En algunos casos, se descubrió que, en realidad, estaban emparentados con animales que incluso existen actualmente. Pero esto no fue todo. Conway Morris empezó a interesarse por un fenómeno evolutivo que, aunque se acepta en la teoría evolutiva convencional, consideró que no había recibido la atención que merecía: la convergencia (véanse capítulos II, III y IV). La historia de la vida muestra una y otra vez, cómo la evolución converge a ‘soluciones’ similares a ‘problemas’ biológicos comunes: cómo volar, cómo nadar, cómo ver. En algunos casos, como el de las alas membranosas en los murciélagos o las emplumadas en las aves, las similitudes tienen una ‘homología’ profunda subyacente, dado que tanto mamíferos como aves son tetrápodos con extremidades que ya estaban presentes en su antecesor común (lo que es frecuentemente llamado evolución paralela). Sin embargo, este hecho no debe oscurecer la interesante conclusión de que la evolución no favorece soluciones totalmente arbitrarias, sino que algunas son más probables que otras. La idea es que las leyes naturales fisicoquímicas imponen ciertas limitaciones a lo que es posible, una especie de ajuste fino biológico. Y, de esta forma, la ‘predictibilidad’ en el proceso evolutivo y en sus resultados entra en escena. Un caso de convergencia donde los implicados están más separados en el árbol de la vida es el de los ictiosauros (reptiles) y ballenas (mamíferos) que comparten la forma fusiforme (por supuesto, todos son vertebrados; así que en este sentido todos comparten el mismo plan corporal, aunque la naturaleza de las convergencias en este caso depende de modificaciones muy importantes y diversas). Una de las historias favoritas de Conway Morris, que resulta auténticamente sorprendente, incluye a vertebrados como nosotros e invertebrados diferentes entre sí como los cefalópodos (ejemplificados por los pulpos y calamares) y ciertos cnidarios (por ejemplo las cubomedusas), en los que han evolucionado ojos en cámara similares (pero no idénticos, ¡pues los caminos evolutivos son importantes también!).

Armado con esas nuevas ideas, Conway Morris se enfrentó a los puntos de vista de Gould con su libro El crisol de la creación (1998), que expandió más tarde en La solución de la vida: humanos inevitables en un universo solitario (2003). También ha combinado la discusión científica con una más filosófica sobre las implicaciones de estas ideas. Para él, el hecho de que ciertas ‘soluciones’ surjan una y otra vez apunta a la existencia de nichos ecológicos, con ciertas características limitadas por las circunstancias ambientales que, tarde o temprano, son ocupados por uno u otro linaje. Al igual que Gould anteriormente, Conway Morris también especuló sobre las implicaciones para la existencia de una forma de vida auto-consciente e inteligente. Para él, ese es también un nicho que ha estado siempre ‘esperando’ a ser ocupado. En este sentido, una vez iniciada la vida, ya no seríamos un accidente, sino una inevitabilidad de la evolución (véanse capítulos III y IV). Como señaló Gould, este punto de vista es el opuesto del corriente que ve el origen de la vida como algo inevitable en este universo (y posiblemente muy común); mientras que seres inteligentes, semejantes a los humanos, son simples accidentes y probablemente poco comunes: «El origen de la vida parece razonablemente predecible en planetas de composición semejante a la de la Tierra, mientras que cualquier camino particular, incluyendo la consciencia a nuestro nivel, parece altamente contingente y azaroso»3. Al igual que con el debate medieval sobre la existencia de los antípodas al otro lado de la Tierra, estos debates son difíciles de resolver hasta que alguien vaya realmente ahí y ‘eche un vistazo’4.

Desgraciadamente, puede que sea muy difícil para nosotros llegar hasta esos remotos planetas semejantes a la tierra. Incluso así, hasta donde sabemos, no tenemos evidencia de otras formas de vida aparte de las terrestres, así que tal vez sería posible que el origen de la vida fuese, a fin de cuentas, el verdadero cuello de botella de la historia evolutiva, incluso si, como señala Conway Morris, este fuera un origen «completamente natural» (capítulo V).

Una vez que la vida empieza a desenvolverse, las fuerzas naturales la empujan a través de un limitado paisaje biológico que puede alcanzar, sin que sea algo sorprendente, el desarrollo de un ser inteligente que ocupe un nicho mental (por supuesto, ¡sin que esto signifique que semejantes seres tengan que ser obligatoriamente Homo sapiens!). Tal y como se han desarrollado las ideas de Conway Morris en los últimos años, él prefiere ver la evolución como un motor de búsqueda que explora las oportunidades de la vida y que, en lugar de simplemente emerger en un mundo mental pre-existente, lo descubre después de navegar el limitado hiperespacio de las posibilidades biológicas. Puede que seamos los primeros en poner nuestros pies en esta nueva playa, pero eso no significa que seamos completamente únicos. Como señala él, la inteligencia de otros corredores en la carrera del descubrimiento, como cuervos, delfines y grandes simios, «sugiere que hay motores de búsqueda equivalentes que están apenas unos pocos millones de años detrás de nosotros» (capítulo V). Puede también mencionarse que en nuestro ‘árbol de familia’ otras ramas ya han llegado todavía más cerca de nosotros (neandertales, denisovanos ‘hobbits’ de la isla de Flores e incluso puede que otros homínidos olvidados). Por supuesto, esto significa abrazar completamente una especie de idealismo platónico, que asume la existencia real (independiente del ser humano) de un mundo mental, algo que él no esconde (véanse capítulos III, V y VII).

Al ser un científico muy conocido, las ideas de Conway Morris no han pasado desapercibidas y, como puede esperarse, han atraído muchas críticas. Al igual que en el caso de Lemaître, las acusaciones han tomado rápidamente un carácter personal, apuntando al compromiso cristiano de Conway Morris. Y este no ha dudado en recordar los compromisos igualmente claros de algunos de sus oponentes con el materialismo y el ateísmo (como en el caso de las simpatías marxistas de Gould). Se han criticado especialmente sus ideas sobre la evolución de la inteligencia humana, afirmándose que no converge con ninguna cosa similar en la Tierra y que nuestra inteligencia es simplemente un resultado único, contingente, extraño. Dado que Conway Morris ha llamado la atención hacia diversas inteligencias animales como convergentes con la inteligencia humana, esto se ha descalificado como irrelevante y evidencia de sus prejuicios cristianos. Sin embargo, este me resulta un interesante ejemplo de una maniobra ‘en tenaza’. Es decir, durante muchos años, cuando los cristianos reflexionaban sobre la singularidad de los seres humanos e intentaban relacionar alguna característica humana con el concepto bíblico de ‘imagen de Dios’, eran bombardeados con ejemplos de inteligencia animal para contrarrestar su supuesto narcisismo. Ahora que un cristiano sugiere que la inteligencia animal es un indicador en el sentido de que la inteligencia no sea un accidente cósmico en el linaje humano, sino un resultado esperable de la evolución, sorprendentemente los animales inteligentes parecen haber cesado de tener relevancia filosófica alguna.

Tanto cristianos como no cristianos no deberían ponerse tan nerviosos. El cristianismo puede coexistir con puntos de vista científicos diferentes, incluso opuestos, y no hace falta apelar a la ciencia para conseguir una apologética apresurada. Esta fue la lección del debate medieval sobre los antípodas: a fin de cuentas, esta no era una cuestión teológica sino geográfica, que debía resolverse viajando, y ahora no tenemos inconveniente en compartir el ‘planeta azul’ con nuestros convecinos australianos; de ello deberíamos aprender para los debates sobre la vida extraterrestre, que tiene tantos puntos en común con el debate de los antípodas. Incluso si podemos encontrar a un científico cristiano (como Conway Morris) defendiendo la idea de que la convergencia es consistente con el cristianismo, eso no implica en absoluto un concordismo. ¿Acaso una interpretación opuesta de la evolución significaría el fin del cristianismo? Lo dudo. Como en el caso de la cosmología, donde muchos piensan que actualmente el cristianismo está irreversiblemente unido al modelo del Big Bang (y este era precisamente el miedo de Einstein y de otros que se opusieron a Lemaître), su memoria falla. Tanto las hipótesis de un universo estático como de uno con una creación continua de materia fueron defendidas por cristianos en diferentes periodos históricos como compatibles con el Dios cristiano, al mismo tiempo que otros cristianos seguían preocupados porque un Dios implicado sólo al principio de la historia del cosmos tendría que ser equiparado con un demiurgo deísta. Desde esa perspectiva, lanzar el universo del Estado Estacionario como un proyectil contra el cristianismo era algo inútil. Y esta fue la razón por la que incluso en el siglo XIX hubo ya algunos teólogos (Kingsley, Moore) que dieron la bienvenida a Darwin como liberador frente al universo de relojería del archidiácono Paley. La lección de esto es que el cristianismo no necesita forzosamente atarse a una teoría científica particular, y es mejor que así sea. Es por lo que Simon Conway Morris afirma, en su bien conocida Conferencia Boyle5 (capítulo I, que puede leerse como una especie de introducción general a sus ideas y a este libro), al hablar sobre la consistencia entre el cristianismo y el Big Bang:

[…]. Sin embargo, debemos ser cautelosos con dicha concordancia, este matrimonio aparentemente feliz entre cosmología y religión revelada. No es que la concordancia sea inadmisible, lejos de ello. Es solo que debemos ser precavidos porque la evidencia científica es siempre provisional. Los datos o hipótesis aparentemente irrefutables tienen el curioso hábito de acabar estando gloriosa y maravillosamente equivocados. Desde nuestro punto de vista actual, es difícil ver qué datos pudieran explicar muchas observaciones cosmológicas de manera más satisfactoria que el Big Bang; pero hay que tener cuidado con dos cosas. La primera es suponer que el Big Bang es lo mismo que la Creación de Dios, y la segunda es engañarnos con que la Creación ex nihilo realmente está abierta de alguna manera útil a la comprensión. Lo que en verdad importa, sin embargo, es que lo que puede extraerse de la nada puede regresar a la nada o ser transformado completamente6.

Por lo tanto, con ese espíritu (que asume una distinción entre Big Bang y Creación que defendió nada menos que el propio Lemaître) esta obra ofrece siete capítulos conteniendo otros tantos textos estimulantes y desafiantes, como algo para reflexionar, como perspectivas inspiradoras que hagan pensar tanto a la ciencia como al cristianismo, sin necesidad de considerarlas como una nueva forma de apologética del tipo ‘dios-tapa-agujeros’ o un nuevo concordismo.

Más información de este libro en el sitio web del Centro de Ciencia y Fe, España.

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  1. Este texto, con pequeñas modificaciones, corresponde a la presentación del propio libro de Simon Conway Morris que aquí se comenta (págs. 7-14). Se ha publicado también una versión en inglés: Evolution on Purpose: The Inevitability of Intelligent Life? (BioLogos, 27 de octubre de 2015).
  2. D. Aikman, “Lemaitre follows two paths to truth. The famous physicist, who is also a priest, tells why he finds no conflict between science and religion”, The New York Times Magazine, 19 de febrero de 1933, p. 3 y 18. Para más información sobre Lemaître, véase el volumen 4 en esta colección de libros: D. Lambert. Ciencia y fe en el padre del Big Bang, Georges Lemaître (Madrid: Fliedner Ediciones, 2014).
  3. S. J. Gould, “Showdown on the Burgess Shale”, Natural History Magazine107 (1998): 48-55.
  4. P. de Felipe y R. D. Keay, “Science and Faith issues in Ancient and Medieval Christianity” (serie en tres partes). BioLogos (2-4 de Diciembre 2013).
    http://biologos.org/blogs/archive/series/science-and-faith-issues-in-ancient-and-medieval-christianity.
  5. Estas conferencias se remontan a la última voluntad del famoso pionero de la ciencia moderna y cristiano, Robert Boyle, que donó parte de su legado para una serie de conferencias sobre ciencia y religión. La primera fue pronunciada en 1692. Las Conferencias Boyle han tenido una historia discontinua durante tres siglos, siendo retomadas en 2004.
  6. S. Conway Morris, “Boyle Lecture 2005: Darwin’s Compass: How Evolution Discovers the Song of Creation”, Science and Christian Belief 18 (2006): 5-22 (Capítulo 1 de ¿Y si la vida volviera a empezar? Los caminos convergentes de la biología evolutiva, p. 44).

 
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