martes, noviembre 04, 2014

La desaparición de la iglesia: El espectro paisajista de Gijs Van Vaerenbergh

Reading Between the Lines (Gijs Van Vaerenbergh).
Fotografía: Kristof Vrancken. Fuente: dezeen.com.
Manuel Monroy Correa, México

Puede presumirse que el espacio arquitectónico es fundamental en todas las culturas, es decir, que no es algo exclusivo de un período histórico o un grupo específico. El espacio, como dador de sentido, desde sus inicios y a partir de sus funciones (sociales, religiosas, de salvaguarda, etc.) está conectado con el habitar y la relación orgánica con el entorno y, por supuesto, el cuerpo humano. Así, puede atestiguarse que los primeros espacios estructurados complejamente establecen una relación entre lo astrológico y, digamos, lo arquitectónico (Stonhenge, las pirámides de Egipto; el monumento en forma de luna creciente, recientemente descubierto en Israel); mientras, la teoría arquitectónica más adelante se ocupó de la proporción entre el cuerpo y la edificación (LeCorbusier).

Estas relaciones otorgan un sentido cosmogónico al espacio y teje otras simbólicas entre el mismo, el mundo exterior (el entorno) y, por supuesto, la comunidad. El día de hoy, estos elementos se han transformado debido al carácter de nuestro tiempo, de sus discursos y estructuras simbólicas. En lugar de que la comunidad sea un punto de referencia para el individuo, ahora es el individuo y lo individual –además de un creciente esfuerzo en la uniformidad en los códigos expresivos, aún en el caso de la arquitectura, por el mercado y la imagen corporativa–, lo que determina la construcción de nuevos discursos.

En lugar de que el discurso dominante –como lo fuera durante la Modernidad– ponga a su servicio la arquitectura como instrumento estético y funcional, ahora ésta se vuelve motivo arquitectónico; volcándose así hacia su funcionalidad desde sus elementos materiales, perceptuales y, por supuesto, estéticos.

Sin embargo, una apreciación individual sobre el espacio y la comunidad prevalecería por encima del discurso establecido históricamente y, por lo tanto, lo modifica; modifica su percepción, su valor; su sentido. Algo parecido al movimiento romántico del s. XIX, pero con miras a consumar esta relación entre individuo y espacio simbólico desde la mirada particular del arquitecto más que de su formulación desde un discurso histórico e ideológico, como lo fuera una tradición (aún teórica). Así lo diría Hans Ibelings en 1998 sobre la arquitectura finisecular del s. XX: “al igual que la posmodernidad, el deconstructivismo descansa sobre el pedestal del significado simbólico, a la vez que la forma arquitectónica se concibe como metafórica”1.

El día de hoy, si bien estas categorías parecen haber sido fugaces, al menos algunos de sus elementos ideológicos pueden leerse en obras arquitectónicas recientes, debido a que siguen siendo contemporáneos. Este es el caso de Reading between the lines de Gijs Van Vaerenbergh, un proyecto paisajista en la provincia de Limburgo, Bélgica, realizado en 2011 y que representa una iglesia local.

Antecedentes teóricos.

Vale la pena decir unas palabras a propósito de los movimientos arquitectónicos de finales del s. XX y lo que hoy sucede con obras como esta, pues eso permite también comprender el sentido de su significación, sobre todo, cuando conceptos históricos y teológicos se cruzan, de alguna manera, en una obra secular.

Posmodernismo y el deconstructivismo son dos movimientos importantes de finales del siglo XX debido a que se dan lugar en la era de la globalización. Esto representa la contemporaneidad de Reading between the lines y las ideas que provoca el día de hoy con dichos movimientos –además de hallarse más o menos cercanos en el tiempo– y, de alguna manera, dentro del debate que sigue provocando en las humanidades los conceptos de Modernidad, posmodernidad, entre otros (como supermodernidad y transmodernidad)2 .

Por ejemplo, el movimiento arquitectónico llamado deconstructivista pretendió, de acuerdo a las ideas filosóficas de Jaques Derrida, hacer de la metafísica una obra per se; es decir, la materialidad de lo metafísico. Roberto Masiero comenta que “[d]econstruir el pensamiento comporta también la deconstrucción del lugar donde el pensamiento habita: la arquitectura”. Y añade: “Si la deconstrucción supone un liberarse de las ataduras de la metafísica, es necesario (más que posible) deconstruir la arquitectura con el mismo «movimiento»: la arquitectura como símbolo de la metafísica sería entonces desimbolizado, y la deconstrucción no podrá entonces ser programa, ser método o técnica, bajo pena de recaer en la metafísica, sino evento, con todo su carácter espontáneo”3 .

Bajo este aspecto teórico, si el lugar –el edificio– como habitación y construcción de la identidad de un grupo y, por lo tanto del individuo, se hallaba anclado a una ideología o un sistema más o menos homogéneo, como, por ejemplo lo religioso, el despojo de lo metafísico en la filosofía (no sólo el mundo de las ideas, sino de Dios mismo en el mundo secular) haría de una arquitectura simbólica tan sólo un signo estético, en el que la trascendencia no ocupaba un lugar.

Con todo, Hans Ibelings considera este movimiento de vida breve y cuestionado por muchos arquitectos que fueron incluidos en la exposición Decontructivism Architechture en el MOMA (1988). Con todo, algunos de los elementos tomados de Roberto Masiero, mencionados anteriormente, sirven como telón de fondo para interpretar algunos aspectos de Reading between the lines4 . Siguiendo con Ibelings, el movimiento anterior, el posmodernismo, estaría considerando un marcado énfasis en el contexto de la arquitectura respecto de su entorno. Esta combinación de elementos juega un papel importante en la obra de Gijs Van Vaerenbergh a la que nos referiremos a continuación.

Leyendo entre líneas: vacío, virtualidad y transparencia.

Es conocida la noción de no lugar del antropólogo Marc Augé. En su obra dice lo siguiente: “Si un lugar puede definirse como lugar de identidad, relacional e histórico, un espacio que no puede definirse ni como espacio de identidad ni como relacional ni como histórico, definirá un no lugar”5 . Así, el autor habla de sitios de paso como los hospitales, aeropuertos, estaciones de transporte público; de trenes, entre otros. Por supuesto, un edificio puede ser considerado como un no lugar y en el caso de Reading between the lines uno podría preguntarse si se trata de un edificio, como tal. De hecho, atisba la paradoja: es, a la vez una construcción ornamental que coquetea con la escultura o un elemento del paisaje, mientras imita la estructura convencional de una iglesia europea.

¿Es, pues un no lugar? No en el sentido de tránsito, pero al menos se acerca en la medida del juego de construcción de identidad religiosa que desaparece como aspecto de una herencia cultural.

Ibelings considera que el movimiento que caracteriza los últimos años del siglo veinte es el supermodernismo, un término prestado del antropólogo autor del concepto de “no lugar”, Marc Augé. Al parecer, el aspecto característico del supermodernismo arquitectónico es la neutralidad en su aspecto formal, separándose de las formas tradicionales de representación que, por su fachada, los edificios enunciaban respecto de aquello que albergaban. Ibelings comenta que "la arquitectura actual se concibe cada vez más como un medio vacío"6 .

Sin embargo, a diferencia de la arquitectura del movimiento supermoderno, Reading between the lines no es una "caja ortogonal" que busca la transparencia mediante materiales sofisticados con abundancia de cristales (y que, aunque estos sugieran la transparencia, no podría saberse si se trata de un lugar de oficinas o un museo).

Es, más bien, completamente transparente utilizando un sólo material, el hierro (30 toneladas y 2000 columnas).

El uso del hierro sólo hablaría de lo permanente en contraste a lo fugaz. Pero no es que se espere que sea una edificación funcional, como elemento inherente a toda arquitectura, porque, precisamente, no tiene muros ni lo pretende; no está hecho para albergar sino para contemplársele, de ahí el nombre.

El edificio es, pues, la apariencia de una iglesia. Bien pudiera distinguírsele con la categoría que Jean Baudrillard utilizó para identificar lo posmoderno: el simulacro. Sin embargo, el edificio no sólo imitaría una iglesia desde su fachada, sino que no pretende ser una. Hay ciertamente un engaño a la manera de un juego de las significaciones de la iglesia como edificio en la historia de Europa. De su aspecto comunicativo, se desprende la incógnita. La transparentica de los muros y la falta de concentración del material en la parte inferior le hacen ver flotante, casi virtual.

De ahí que su contemplación es más precisa a la distancia. Algo así como el efecto visual generado por la pintura impresionista, pero sin representación de la realidad de la luz cayendo sobre los objetos y el mundo, sino dejándola pasar. El impresionismo aún configura la vida secular de finales del siglo XIX (la catedral de Monet no es una cuadro inspirador de lo que el cristianismo representa, sino sólo luz); este proyecto paisajista del siglo XXI, neutraliza el valor histórico y funcional de la iglesia; es, en sí mismo, un objeto y, en su carácter comparte con el supermodernismo la ausencia de sustancia [que] se acentúa mediante la transparencia”7 .

El paso de la luz como aspecto visual y del aire como elemento táctil acentúan el sentido de despojo y de vacío; de transparencia y supresión de significado.

El valor simbólico y semiótico de la iglesia ha desaparecido en su reflejo nihilista. Es una ironía, porqué puede verse a través de ella, y sólo hay transparencia. Es un espacio del cual no puede decirse que está desacralizado; más bien, tiene el efecto ideológico de secularizar totalmente lo sagrado; no hecho ni siguiera monumento –lo cual, en lugar de hacerlo trivial y estético, lo haría monstruoso–, sino desaparición y objeto, como la misma firma arquitectónica le considera como elemento paisajista.

Éste es el punto de partida; la referencia inmediata a su sentido. El motivo paisajista ha sido convertido en la imagen de una iglesia. En sentido inverso, en vez que sea la iglesia y el cristianismo sean resignificados desde Reading between the lines, es el paisaje el que es ornamentado con la figura vacía y translúcida que tiene como referente una iglesia.

Aquí la espontaneidad de su localización casi le da el estatus de escultura, pero es inevitable la señalización a su referente inmediato: la iglesia europea y, por sinécdoque, la cristiandad y el cristianismo (por no decir que el modelo de esta construcción es una iglesia local). Es algo parecido a lo que el poeta egipcio Edmond Jabès llamó, al hablar de su propia obra poética y postura frente a su propia tradición religiosa, un judaísmo después de Dios8 en la medida en que esta obra también utiliza y cuestiona los aspectos de la representación de lo sagrado. Acaso estamos más ante una espiritualidad del paisaje y del paseo...

La ironía que genera la obra (esta sería la manera más adecuada de referirla), se coloca frente al historicismo y lo religioso (y las formas de representación de este último discurso) al despojar el significado de iglesia como construcción arquitectónica insertándola como un motivo del paisaje local de Limburg. Iglesia transparente, no en un sentido político o aún artístico, sino porque literalmente está vacía y su presencia es un motivo estético del paisaje.

Evidentemente no es una iglesia ni como construcción ni como convocatoria religiosa; no congrega a la ekklesia conformada por creyentes cristianos vinculados teológicamente: su función es totalmente estética.

Tal vez, sea este carácter estético y predominantemente visual, el índice de que la iglesia, como signo, es también una propiedad secular al grado de ser un ornamento de lo vacío y hasta irreal –en esa apariencia casi virtual y fantasmagórica– de las instituciones sobre lo sagrado y lo divino –de Dios– en el mundo occidental.

Bibliografía
  • Augé, M. (2000). Los no lugares. Espacios del anonimato. Una antropología de la sobremodernidad. Barcelona: Gedisa.
  • Ibelings, H. (1998). Supermodernismo. Arquitectra en la era de la globalización. Barcelona: Gustavo Gili.
  • Jabès, E. (2000). Del Desierto al libro. Entrevista con Marcel Cohen. Madrid: Trotta.
  • Masiero, R. (2003). Estética en la arquitectura. Madrid: A. Machado Libros.
__________
  1. Ibelings, H. (1998), p. 25.
  2. Este último término acuñado por Rosa Ma. Rodríguez Magda, definido como una síntesis entre los elementos de la Mordernidad y la posmodernidad. Véase Transmodernidad. Barcelona, Anthropos: 2004.
  3. Masiero, R. (2003).
  4. La página del proyecto es: http://gijsvanvaerenbergh.com/z-out/ Algunas imágenes pueden ser vistas en http://www.archdaily.com/298693/reading-between-the-lines-gijs-van-vaerenbergh/
  5. Augé, M. (2000), p. 83.
  6. Augé, M. (2000), p. 89.
  7. Ibelings, H. (1998), p. 90.
  8. Jabès comenta al respecto: “[...] creo que se trata, en mi opinión, de comprender la tradición, a ser posible, dentro de lo más original y lo más arriesgado que tiene [...] la libertad que se me ha dejado para interrogar al judaísmo sin dejar de ser judío” (Jabès, 2000, p. 82-83).

ACERCA DEL AUTOR
Manuel Monroy Correa es egresado de la Universidad Iberoamericana en Literatura Latinoamericana y de la Comunidad Teológica de México en Ciencias Bíblicas (maestría). De entre sus publicaciones, destacan sus participaciones en la antología “Poetas de Tierra Adentro II”, en el poemario “Fugaz Imantación”, y en el catálogo de la exposición “La Vigilia en el Reflejo: Jorge Luis Borges”, del XXVII Festival Internacional Cervantino. Con ponencias en coloquios y congresos internacionales, es el autor de la novela para niños “Yagubal Alebrije”.
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