jueves, mayo 01, 2014

De la ética kantiana al reino de Dios. La primera formulación del imperativo categórico

"Camino". Fuente: mundoconsciente.es.
Javier Medina, México

“¿Cómo llegar a Dios?”, ésta es una pregunta que ha sido planteada a lo largo de la historia de la humanidad. Teólogos y filósofos nos han proporcionado diferentes respuestas, sin embargo, la solución hegemónica dentro de la cultura ha sido la idea de que realmente sólo puede existir acceso a Dios a través de la religión; es a través de ésta, en la interpretación cristiana (entre otras), que podemos tener una comunión con ese Ser Absoluto y perfecto, es mediante la inmersión en ciertas prácticas y ritos religiosos que esa comunión será perfeccionada hasta llegar a fundar una comunidad en la que el gobierno estará concentrado en una voluntad divina; es por ello menester que sea bajado el reino de Dios a la tierra. Pero, ¿qué es lo que caracteriza a este reino? ¿Cuál es su naturaleza y esencia? En este momento podemos citar las mismas palabras de Pablo de Tarso: «Porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo»1

Así pues, en esta interpretación, podemos decir que a través de la religión, esto es, mediante sus prácticas, podemos tener una comunión con Dios, dicha comunión se puede extender a una comunidad en la cual reina la justicia y la paz; hemos de anotar que esto implica que es una comunidad en la cual las leyes molares son respetadas. Así las cosas, la religión nos lleva no sólo a Dios, sino a la moralidad. Esta tradición, en la filosofía, ha sido inaugurada por Platón, el cual conectaba la referencia del ser supremo con la referencia al buen obrar; su metafísica tenia implicaciones epistemológicas, antropológicas, éticas y políticas.

Empero, en el pensamiento del mundo moderno esta idea no es del todo aceptada y, así pues, tenemos otras interpretaciones y caminos a la moralidad y a Dios. Tal es el caso del filósofo protestante Immanuel Kant –practicante del Pietismo2–, quien realizara la llamada revolución copernicana moral, la cual consistió en derrocar al objeto de las pasiones humanas, a la antropología y la teología como jueces de las distinciones morales, y levantar al sujeto –o ser racional– como fundamento de la moral. En esta interpretación, ya no son, por ejemplo, las leyes divinas las que definen el bien y el mal (distinciones morales), sino que éstas se fundamentan en la racionalidad de cualquier ser racional3. Este ser es el único que puede guiarse por leyes morales, las cuales lo llevarán a hacer un uso público de su razón4, hasta convertirse en un legislador universal en un reino de los fines, es decir, en un reino en el que cada ser es libre y autónomo, un ser que respeta a todos sus conciudadanos como una persona valiosa y con dignidad. Este es el reino de Dios kantiano, al cual es posible llegar sólo a través de la ética, la cual, en su interpretación, nos llevará a la religión y por último a Dios.

Me ha parecido interesante hacer una pequeña revisión de las tres formulaciones del imperativo categórico con algunas implicaciones que podrían tener en el mundo religioso, por otro lado, en esta entrega sólo me dedicaré a la primera formulación, para dejar las otras dos en ulteriores entregas. Por último, debido al carácter que tiene un artículo de divulgación, esto no pretende ser un revisión exhaustiva y total de la Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres, sino que, por el contrario, intentaré reproducir los argumentos kantianos de la manera que encuentre más simple, lo cual, seguramente, pasará por alto temas de mayor profundidad que podemos tocar a partir de Kant, o críticas a éste.

Ahora bien, debido a que las pasiones humanas, la antropología e incluso la teología nos pueden dar visiones muy particulares, en éstas no es posible fundamentar la moral, si es que ésta tiene pretensión de universalidad, en cambio, cree Kant, la razón pura –la cual es universal– puede darnos ese fundamento. Por otro lado, hemos de anotar que aunque este alemán intenta buscar principios universales de la moral, él comienza haciendo una revisión de las costumbres (en cuanto a la moralidad), es decir, primero fija su atención en el entendimiento común moral racional. Para Kant, este entendimiento común son los ideales prácticos cristianos como forma de vida moral común, y los cuales se idealizan, por su puesto, en una voluntad divina. Así pues, «para él, como perteneciente a la tradición cristiana, el bien absoluto es una voluntad santa»5, esta voluntad santa o buena es su concepto de Dios como bien supremo y absoluto. Es desde este punto de partida que podemos entender un poco mejor su multicitado (y a la vez un tanto misterioso) pasaje con el que comienza su Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres: «Ni en el mundo ni, en general, tampoco fuera del mundo, es posible pensar nada que pueda considerarse bueno sin restricción, a no ser tan solo una buena voluntad6 Todos los valores que se consideran como buenos, a saber: el valor, la perseverancia, la decisión, etc. son cosas buenas, pero condicionadas, no así una voluntad santa; si algo ha de significar la voluntad santa para el hombre –buena sin restricción–, ésta debe ser entendida como una voluntad racional, la cual es, si no todo el bien, el supremo bien a partir de cual se puede nombrar otros bienes.

Ahora, Kant pasa a decir que la voluntad buena no es buena por lo que a partir de ella se logre, sino que ésta tiene valor en sí misma. Más aún, en relación con Dios, sabemos que la buena voluntad tiene valor por el sólo hecho de querer el bien, pues ésta es el bien supremo que le da valor moral a toda acción. Pero, hasta ahora, ¿acaso todo esto no resulta un tanto misterioso y oculto? Seguramente que sí, pues pareciera que estamos hablando no más que de vaguedades; es por ello válido y necesario que hagamos la pregunta “¿A qué se refiere Kant con una buena voluntad?” para tener una mejor comprensión de la materia.

Para ello me parece bien echar mano de un ejemplo que se encuentra en la Fundamentación. Pongamos el caso de un filántropo –de los cuales, algunos pueden ser hallados dentro de la Iglesia– el cual es muy caritativo en cuanto pueda; esto puede ser considerado como un deber7, sin embargo, éste hombre que está interesado por el prójimo encuentra un placer íntimo en distribuir la alegría a otros, de hecho, su móvil es esa satisfacción que tiene después de ayudar y ver a su prójimo con un bienestar mayor gracias a su propia obra. ¿Es esta una acción moral? ¡No! –exclamaría Kant–; lo que realmente le ha impulsado a hacer el bien es una inclinación interior, es un placer que tiene. Empero, supongamos que, de alguna manera, el ánimo de este filántropo es nublado debido a las desgracias de la vida de tal manera que pierda todo interés en la suerte del prójimo y la miseria ajena no le conmueva en lo más mínimo. En dado caso de que este hombre decida ayudar a su prójimo en la situación en la que ahora se encuentra, ésta será una acción con valor moral, ¿por qué? Porque lo que le ha movido a hacer el bien, es decir, el fundamento de su voluntad ha sido un deber. Así pues, la buena voluntad es hacer el bien, no por inclinación, sino por mor del deber8

Aquí podemos entrar a una implicación lógica dentro de la religión que me ha parecido relevante y que se puede seguir de esta esta comprensión. Desde luego que puede haber muchas otras implicaciones en todas las acciones morales del humano, sin embargo, por ahora, caminemos por este sendero kantiano hacia el reino de los fines, o reino de Dios.

Hay un poema de anónimo autor que me ha conmovido, pues al leerle me ha recordado a este punto en el que en nuestro camino nos hemos detenido antes de arribar a la primera formulación del imperativo categórico. Alguna vez me pregunte qué pasaría si el Dios del cristiano se dirigiera a nosotros y confesara que Él no podrá cumplir, o no cumplirá, todo lo que ha prometido. O ¿Qué pasaría dentro de las iglesias si nos fuese revelado que ni cielo ni infierno tienen existencia? En este sentido el autor del Soneto a Cristo crucificado tenía en claro sus acciones al escribirlo.

«No me mueve, mi Dios, para quererte
El cielo que me tienes prometido,
Ni me mueve el infierno tan temido
Para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
Clavado en una cruz y escarnecido,
Muéveme ver tu cuerpo tan herido,
Muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, en tal manera,
Que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
Y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
Pues aunque lo que espero no esperara,
Lo mismo que te quiero te quisiera.»9

Me ha parecido un ejemplo extraordinario de las implicaciones éticas que puede tener en un creyente. Kant nos ha dicho que la buena voluntad, de la cual mana el valor moral, es hacer una acción no por una inclinación, sino a causa del deber. No hay nada que me impida dudar que las iglesias están llenas de personas a causa de la inclinación de éstas al bienestar o de su temor a la “gran desgracia”. Es muy fácil que un creyente sienta amor por Dios debido al cielo tan anhelado, o que su temor a Dios no sea más que un reflejo de su desesperada huida del infierno. Sin embargo, ¿Qué voluntad humana amaría a Dios sin que su móvil sean deseos personales y utilitaristas? ¿Quién le amaría sin tener como fundamento los efectos de su acción? Una buena voluntad, diría Kant, y esto en sí mismo tiene valor. ¿No acaso esto sería bello en el reino de Dios aquí en la tierra? Hemos de pensar también que en este posible reino de Dios la justicia es seguida por la convicción de sus habitantes, y no por la conveniencia utilitarista que se pueda derivar de esto.

«Una acción hecha por deber tiene su valor moral no en el propósito que por medio de ella se quiere alcanzar, sino en la máxima por la cual ha sido decidida. Por lo tanto, el valor moral no depende de la realidad del objeto de la acción10, sino exclusivamente del principio del querer, de acuerdo con el cual ha sucedido la acción»11

Hasta ahora hemos respondido parcialmente a la pregunta sobre qué es una buena voluntad, a saber, aquella que realiza acciones que sean hechas por deber y no por inclinación. Sin embargo, esta respuesta lanza otra más. ¿Qué es el deber? Pero primero, ¿Cómo llegamos a la idea del deber? Un bien universal es una ley que debe valer para todos, sin embargo, aunque el ser humano es un ser racional, lo cierto es que la mayoría de sus acciones son movidas por sus inclinaciones y pasiones, ya que busca su propio bien y su felicidad, no todo ser humano es movido por su razón (la cual tiene pretensión universalista). En cierta manera la naturaleza del ser humano es seguir sus pasiones y deseos. Sin embargo, una voluntad santa o divina (la de Dios), es una voluntad siempre racional, esto es, dentro de su naturaleza siempre está elegir el bien que es universal –a diferencia de la voluntad humana. Para que nuestra voluntad elija un bien que es universal frente a otro bien que es un objeto de nuestro deseo, tenemos que establecer una constricción12, una coacción a nuestra voluntad. Es decir, esto surge como un imperativo que debe suceder contra la naturaleza. Es otras palabras, el hecho de que tengamos la idea de Dios como una voluntad absolutamente buena, cuyas elecciones siempre coinciden con el bien universal y que, por otro lado, tengamos la idea de que el ser humano es un ser imperfecto, nos lleva a imponernos un imperativo, un deber; «La idea de Dios como ser moral lleva consigo la idea de un imperativo moral como deber ser moral del hombre»13

Este deber es espontáneamente producido por un concepto de la razón, este concepto de la razón es una ley, como, por ejemplo, la naturaleza de Dios (como ser moral) puede ser un imperativo para quien no tenga una voluntad divina. Así pues, escribe Kant «lo que yo conozco inmediatamente para mí como una ley, lo reconozco con respeto», debido a que funciona como un imperativo para mí. De esta manera, «el deber es la necesidad de una acción por respeto a la ley»14, sin embargo éste no es el respeto a cualquier ley, sino a una ley que surge de la razón (de mi propia razón), es decir, una ley que no es impuesta, ya que el cumplimiento de ésta presupone una coacción externa a mi voluntad y por tanto una inclinación en su cumplimiento15. Es el respeto a una ley impuesta por uno mismo16, la cual presupone la libertad y la autonomía del sujeto, que también son esenciales en el reino de los fines (ya que sin éstas no sería posible susodicho reino), así como también esenciales en la filosofía kantiana.

Por ahora, recordemos y montemos lo que tenemos hasta el momento. La buena voluntad se refiere a que una acción sea hecha no por inclinación sino porque se ha tenido la necesidad de realizarla a causa de un respeto a una ley. Y ahora, cabe la pregunta ¿Cuál es esa ley cuya representación tiene que determinar la voluntad? Ya se puede adivinar, y con razón, que dicha ley debe ser una impuesta por el sujeto mismo; es una ley que lleva el sello de la razón. De esta manera llegamos a la primera formulación del imperativo categórico. «Obra sólo según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se vuelva ley universal»17. En otras palabras, se debe actuar de tal manera que puedas querer que el porqué de tu acción se convierta en una ley que tenga legislación válida para todos. En este caso podemos poner un ejemplo usado por Kant, que si bien creemos que no es el mejor y que por ello este filósofo ha sido realmente criticado, será bueno para darle contenido a lo que estamos diciendo. Este es el caso de un hombre que se encuentra en apuros y que necesita dinero para encontrar solución, éste hombre puede pedir el dinero prometiendo que lo devolverá y que, por otro lado, está consciente de que no cumplirá su promesa. Sin embargo, dice Kant, una vez que este hombre se formule el imperativo categórico se hará preguntas como ¿Puede alguien, cada vez que se encuentre en apuros, hacer una promesa que no cumplirá? ¿Le es lícito mentir? ¿Puede esta máxima convertirse en universal? Su razón le dirá que no, pues así ya no se tendría la misma confianza cuando alguien promete algo. De esta manera, el imperativo categórico, por su carácter universal, le muestra que no se puede guiar por una máxima como ésa, ya que otros «le podrían pagan con la misma moneda».

Para hacerse la formulación del imperativo categórico no es necesario ser un filósofo, pues ésta ley se encuentra en abstracto en el entendimiento racional moral común. Recordemos que Kant comienza por fijar su atención en las costumbres y principios básicos por los cuales la gente se rige. Para él estos principios son aquellos ideales cristianos, y de esta manera, podemos decir en cierta forma que dicha formulación en abstracto se encuentra en aquel pasaje y regla de oro antaña: trata a los demás como quieras que te traten a ti (en su formulación positiva) o no hagas lo que no quieres que te hagan (en su formulación negativa).

Esta ley universal que se encuentra en la voz de la razón, es apenas un primer paso en el camino al reino de los fines, en el cuál todo ser racional es autónomo y libre; es un paso a ese reino de libertad, el cual se caracteriza por la justicia y la paz18, que se convierte en el reino de Dios. Lo que ahora hemos emprendido es otro camino a dicho reino, el cual no es precisamente bajo los preceptos de la religión, sino a través de la ética. Este giro kantiano, que tal vez podemos nombrar copernicano religioso, me parece una interesante interpretación para ser revisada, y que será continuada en otras entregas. Por ahora les invito a que reflexionemos en algunas otras implicaciones que este giro puede tener en la visión religiosa.

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  1. Romanos 14,17
  2. «El Pietismo quería volver a las tesis originales de la Reforma protestante: libre interpretación de la Biblia y negación de la teología, culto interior o moral de Dios y negación del culto externo, de los ritos y de todo organización eclesiástica, empeño en la vida civil y negación del valor de las denominadas “obras” de naturaleza religiosa» (extraído de Abbagnano, Nicola. Diccionario de Filosofía. México: FCE, 2004)
  3. Al respecto, Silvia Schwarzböck escribe: “Se trata de una ética que se conduce de manera metafísica y no de una metafísica que tiene consecuencias éticas”
  4. El uso de la razón nos lleva a pensar en leyes morales universales, es decir, que no sólo atañen a una vida privada sino pública; son leyes que valen para «todo ser racional».
  5. Villacañas, José Luis. Kant. En Camps, Victoria (coord.). Historia de la Ética. Barcelona, Crítica, 1999. 332p.
  6. Kant, Immanuel. Fundamentación de la metafísica de las costumbres 1ª ed. Buenos Aires, Las Cuarenta, 2012, 33p.
  7. Hebreos 13,16 dice: Y no os olvidéis de hacer el bien y de la ayuda mutua, porque de tales sacrificios se agrada Dios.
  8. Kant, Immanuel. Op. cit., 41p
  9. Anónimo. Soneto a Cristo crucificado. [en línea] http://www.poesi.as/indx0047.htm [Consulta 01 Abril 2014]
  10. Por ejemplo, el honor, la valentía, etc., etc., que se pueden obtener a partir de ciertas acciones, o incluso un cielo o un infierno.
  11. Kant, Immanuel. Fundamentación de la metafísica de las costumbres 1ª ed. Buenos Aires, Las Cuarenta, 2012, 42p
  12. Ibid., 63. Lo que Kant llama Nöthigung
  13. Villacañas, José Luis. Kant. En Camps, Victoria (coord.). Historia de la Ética. Barcelona, Crítica, 1999. 335p.
  14. Kant, Immanuel. Op. cit., 43p.
  15. Tal es el caso del derecho, por ejemplo, éste coacciona a las voluntades humanas a hacer o no hacer determinadas acciones, si no se cumplen estas leyes, hay entonces un castigo. Así pues, las leyes del derecho, en cuanto que funcionan como coacción externa al sujeto, son cumplidas por evitar el castigo; por el temor a una pena. Si esta inclinación funge como fundamento de la voluntad, entonces la acción no tiene un carácter moral.
  16. Sin bien es cierto que esta ley puede en un principio ser externa, cuando el sujeto la acepta como suya se convierte en una ley interna; una ley que su razón ha aceptado.
  17. Kant, Immanuel. Op. cit., 74p.
  18. Pensemos en el pasaje paulino ya antes mencionado.

ACERCA DEL AUTOR
Javier Medina estudia Licenciatura en Filosofía en el Departamento de Filosofía de la Universidad Autónoma Metropolitana, México. Así mismo es estudiante terminal de Licenciatura en Arquitectura en la Universidad Nacional Autónoma de México. De entre sus temas de interés destaca la relaciones teóricas e históricas entre el arte, la filosofía y la economía política.
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