jueves, octubre 18, 2012

Iglesia, homosexualidad y política

Bárbara Calderón Díaz, Chile.

Odia el pecado y no al pecador

Sin duda que la frase con que inicio este ensayo ha sido dicha en muchos discursos por altas autoridades eclesiales, condenando así la práctica de la homosexualidad y exhortando a todo aquel que “sufra de esta enfermedad”, a vivir una vida de castidad y oración, pues como Dios lo ha manifestado en su palabra “Odia el pecado y no al pecador”. Lo curioso es que al buscar dentro del texto bíblico esta aseveración, relacionada con la homosexualidad, no hay rastros de ella; sin embargo, esto no quiere decir que sea un mero invento de los cristianos, o un capricho de condenación, esta frase fue dicha por Mahatma Gandhi. Con esta frase, Gandhi habla en su autobiografía de un “precepto que, aunque bastante fácil de entender, rara vez se practica”1, contextualizándolo en la lucha pacífica que levantó en contra del imperialismo Británico que mantenía sometida a la India. Esta misma frase es usada y abusada por cristianos de diferentes denominaciones, que están en contra de cualquier reconocimiento de derechos ante la “problemática” de la homosexualidad, tanto fuera de las iglesias a un nivel político–social–legislativo, como dentro de las iglesias siendo siempre un tema de escándalo y condena. Pero la pregunta que se asoma, más allá de las particularidades de la retórica es ¿la homosexualidad es un pecado? Y si lo es ¿cuáles son los argumentos teológicos para denominarla así? ¿Debería esto ser parte de la discusión de los derechos de las personas homosexuales a nivel legislativo, en cuanto a político católico se refiere? ¿Debe considerarse esto dentro de las discusiones legales?

Oponerse al mal

La homosexualidad no es un tema fácil de abordar dentro de las iglesias cristianas y aún menos dentro de la Iglesia Católica2, cuando se trata de llevar argumentos religiosos a los ámbitos políticos de derechos fundamentales de las personas, es por ello que la Iglesia Católica ha debido manifestarse en relación a esta temática de contingencia social. En así que el Papa Juan Pablo II envió una carta a todas los católicos del mundo llamada “Consideraciones acerca de los proyectos de reconocimiento legal de las uniones entre personas homosexuales”, donde describe esta orientación sexual como un fenómeno moral-social inquietante y preocupante, pues ya muchos países han reconocido legalmente las uniones homosexuales además de la adopción de hijos por parte de estas parejas.3

Al presentar las consideraciones, se hace hincapié en que es una especie de “vademécum” de la doctrina eclesial católica y de carácter normativo para la vida de los católicos, en torno a la problemática de la homosexualidad, que servirá de apoyo argumentativo racional y coherente con la conciencia cristiana, para la elaboración de declaraciones tanto de los obispos, como de aquellos políticos católicos que se vean enfrentados a discutir sobre esta temática. El énfasis está puesto en la complementariedad de los sexos como “una verdad puesta en evidencia por la recta razón4, buscando así dejar sentado el planteamiento de una filosofía de la moral, que se establezca en fundamentos puros, fuera de lo empírico, pero que a su vez pertenezca a la antropología, tal como lo planteara Kant en “Metafísica de las costumbres”5: que por la falta del “hilo conductor”, las costumbres tienden a corromperse. Por lo tanto, estos argumentos no deben formularse en base a las contingencias de las acciones, puesto que nos pueden llevar a un punto de inmoralidad dentro de la ley, sino más bien debe investigarse dentro de la idea y de unos principios de una voluntad pura posible.

La práctica de la homosexualidad, tal como indica el Papa en este documento, amenaza seriamente la vida y bienestar de un gran número de personas. En primera instancia, la familia nuclear como base de la formación de una sociedad “sana”, puesto que es el hombre y la mujer quienes están abiertos a la vida desde la complementariedad de los sexos, apoyados por la sabiduría que emana desde la antigüedad plasmada en los escritos sagrados. Demás está decir que desde esta mirada, la práctica de la homosexualidad está fuera de toda norma moral de “orden natural” de la humanidad, por el hecho de no estar abierto a la vida, siendo considerada como una grave “enfermedad”: “Los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados”6; sin embargo, la persona que lo “padece” no es responsable de esto, es por eso que “deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Evitando, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta”.7 Empero, la práctica de la homosexualidad es un pecado grave en contra de la castidad.8 La gravedad del tema homosexual según la Iglesia Católica, es plantear reconocimiento legal a nivel social, pues los Estados, en conveniencia con los discursos liberales, están tomando una actitud de tolerancia ante este hecho, y llama a los legisladores católicos a desenmascarar el carácter inmoral que tiene el tolerar estas conductas, ya que ponen en peligro el “tejido de la moralidad pública”9, exponiendo a las nuevas generaciones a concepciones equivocadas del ámbito de la sexualidad, matrimonio y conformación del orden “natural” de la sociedad, calificando a todos aquellos que legislen sobre los derechos de la homosexualidad como personas que “toleran el mal”10, e impulsa a todas las personas católicas responsables de tomar tales decisiones, a “oponerse en forma clara e incisiva, absteniéndose de cualquier cooperación formal o material en el plano aplicativo pues son leyes gravemente injustas para la sociedad”.11

El problema no es la homosexualidad, sino la homofobia

Mucho del discurso religioso de la modernidad en contra de la homosexualidad se basa en la homofobia, pues la religión, al cumplir un rol de dirección y marcación de tiempos en las sociedades, necesita de consensos que puedan perpetuar el modelo del cual surgen, como lo dice el profesor Endre: “Se nutrirán de todo el imaginario, de todo el lenguaje simbólico y concreto en donde surgen. Validarán, sin quizás proponérselo, en sus orígenes más remotos y menos institucionales, el modelo socio-cultural en donde la experiencia de Lo Trascendente brota”.12 Es así que la religión ha sustentado biopolíticas que fueran en razón de convertirse en dispositivos de planificación, regulación y prevención de la sexualidad como parte del control social para prolongar el mantenimiento del modelo, pues afecta directamente a los individuos como fuerzas productivas: “controlar y compensar sus contingencias, delimitando sus posibilidades biológicas al encuadrarlas en un formato preestablecido y definido como normal".13 Es en este panorama que la homosexualidad se convierte en pecado de sodomía, según la noción religiosa, que concluye que es contraria a la naturaleza humana y al mandato bíblico de la reproducción pensando en las personas como fuentes de “procreación”.

A partir del siglo XIX se hace un énfasis discursivo en las distintas disciplinas tratando de dar sustento al control de los cuerpos, y es aquí donde se le da un carácter concreto de desviación a la homosexualidad, proscribiendo todo tipo de conductas que no estén dentro de la norma de la heterosexualidad. Así, el concepto de la heterosexualidad se desarrolla como lo prescrito, en conjunto con otras instituciones que norman diversos aspectos de la vida de las personas como la cárcel, la escuela, las fábricas, etc.

Se instala en las sociedades modernas la pareja “maltusiana”, resultado de la imposición de la heterosexualidad como ideal normativo y emocional, siendo funcional al modelo hegemónico. Décadas más tarde, Foucault calificaría en sus investigaciones a la sexualidad heterosexual y homosexual como una construcción cultural, aventurándose a decir que la construcción social de la homosexualidad tiene apenas unos cien años, pues antes se hablaba de “prácticas sodomitas”, tomando fuerza en la modernidad la idea de una “identidad supuestamente sólida” que manifiesta aquel que es homosexual, constituyéndose como área de riesgo para lo “normal” establecido como construcción social. Escribiría Foucault que cuando ya no pudo sustentarse el discurso de la homosexualidad por la hegemonía en términos del bien o del mal o como “relapso sodomita”, se expresó en términos de normal y anormal, dando cuenta del dualismo constitutivo de la conciencia occidental. Así se construyó un imaginario en torno a la sexualidad y al placer, que define lo que es verdadero o falso dentro del juego del control social, llegando a ser algo esencial, útil, peligroso y temible, siendo integrado al sistema de coacción.

Las identidades de género se han construido sobre tres bases: “el individualismo, la misoginia y la homofobia”.14 Una construcción hegemónica donde la otredad siempre es inferior y causa de repulsión, condicionando el ser “hombre” en las sociedades occidentales, modificando toda conducta ajena a lo normativo-masculino, denotando las fronteras de género y sancionando la construcción de género prescrita en tanto a la homosexualidad se refiere, creándose formas especiales de prejuicios, estereotipos, relatos, conformando representaciones sociales homófogas que han surgido y se siguen sosteniendo desde los diversos mecanismos de dominación: “La homofobia vendría a ser entonces, un vehículo de ideología conservadora, de mantención del paradigma cultural en donde la religión ha sida conformada y validada15, puesta al servicio del mantenimiento de la jerarquía de clase, raza y género que ha imperado: “… según la visión de sociedad que exista, la religión de turno brindará el apoyo ideológico necesario para intensificar, resguardar y fortalecer las bases del sistema”.16

La Iglesia Católica históricamente ha penado todas las formas de sexualidad que no tienen su principio y su fin dentro del matrimonio heterosexual (la masturbación en ambos géneros, el goce y placer femenino en la sexualidad, el sexo sin fines procreativos, etc.). Siendo la principal función la de procrear en pos de “metas más elevadas”, en este aspecto la Iglesia ha hecho grandes esfuerzos para convertir los diversos tipos de sexualidad en pecado, marginándolas del cotidiano imaginario y discurso social, solidificando una cultura en torno a la familia tradicional con roles muy estructurados para cada miembro de ésta y atribuyéndole connotaciones de “base de la sociedad” que ha quedado plasmada en las constituciones del mundo, donde cualquier afrenta a esta forma de familia desestabilizaría el armazón social, por lo tanto es una realidad que debe esconderse manteniéndola en los ámbitos más privados de la vida, o de lo contrario ser condenada con toda la exclusión social que significa salirse de la norma. El sistema patriarcal que ha sido aceptado por la iglesia católica, ha querido uniformarnos provocando graves daños en las relaciones entre personas, más allá de su género; la configuración de una sexualidad heteronormativa obligatoria que se ha impuesto a punta de muerte, condenación o persecución, se implantó como “el modelo a seguir”, estereotipando a hombres y mujeres, según el rol que “debiera cumplir” normando lo que debe ser “natural” y lo que es “anti-natural”. La sexualidad y la erótica se convirtieron en temas de los Estados, pues dan cuenta de la importancia que significa el dominar los cuerpos, para luego dominar los pueblos, el “yo conquisto” del que habla Dussel17, que culmina en la voluntad de poder de un sujeto masculino estereotipado: ese hombre alienado y endiosado, desde el poder que le brinda la prepotencia de una varonilidad opresora y sádica.18

“Sabiduría que nace del amor”

Si tomamos en cuenta que el fundamento central de Caritas in Veritate es: “Dios es amor, Dios es caridad, Dios es verdad”, mirando con el prisma de esta encíclica tendremos que dar cuenta también de la dignidad de toda persona humana, siendo valorada como un todo, único e irrepetible. Es por ello que la orientación sexual de las personas forma parte de la construcción social de la totalidad de la personalidad de éstas, y como constructo está sujeto a reformas constantes; ya que no es una realidad fija sino un hacer, un performance continuo. Como dijera Butler “soy alguien que no puede ser sin un hacer”.19 Así la construcción de la sexualidad se ha ido formando a través de siglos en la diferenciación y la negación de la otredad, y no podemos establecer que sólo por una particularidad en especial de la persona debamos negarla y silenciarla, como un todo. En tanto Dios es definido por los creyentes como un Dios de amor, libre de caprichos y de pasiones humanas, deberíamos entender también que no hay una “normalidad” pues todos conformamos una diversidad en este mundo habitado por diversidades.

El rol de las personas católicas en la esfera pública en torno a este tema debería basarse en lo central de la Palabra desde una exégesis y una hermenéutica de los estudios expertos sobre las Sagradas Escrituras, que han demostrado que los textos que se usan para condenar la homosexualidad se relacionan más con una lectura literalista y fundamentalista de la Palabra, pues al estudiar el idioma (hebreo y griego) estos versículos dan cuenta del contexto y cultura donde fueron escritos y se observa en cada caso que existen lamentables problemas de traducción. Entonces ¿existen fundamentos bíblicos para justificar la homosexualidad y en consecuencia la homofobia? ¿Es la Biblia un texto normativo que condena la homosexualidad? Al parecer y a la luz de la fundamentación hermenéutica bíblica y del conocimiento cultural de los tiempos bíblicos, se diluyen esos conceptos que se nos han ido enquistando a través de algunos siglos de reproducciones patriarcales de la cultura.

Se desliza de los Textos Sagrados la desobediencia de Jesús al orden jerárquico establecido en la sociedad, denunciando a todos aquellos que abusaran de su poder en la tierra, así fue por su ministerio desafiando ritos, normas, leyes, lugares sagrados, que fueron en contra de la dignidad de la persona por ser persona: cuestionando a los sacerdotes de su tiempo afirmando por ejemplo que las “prostitutas entrarían primero al Reino de Dios”.

Ante este panorama discursivo, debemos tomar en cuenta nuestra condición de seres humanos, con el derecho de tomar decisiones, derecho de ejercer nuestra libertad, derecho a ser respetados como iguales, derecho al amor que hace posible la felicidad. Desde allí se hace fundamental que en la esfera pública, la participación del católico sea con el corazón abierto desde una nueva ética cristiana, que se funde en la racionalidad desde la alteridad. El filósofo contemporáneo Inmanuel Lévinas hace un llamado a “surgir del ego cartesiano y ver más allá de nosotros mismos; aceptar que somos, tal y como señalaba Aristóteles en su Política, animales cívicos; aceptar que a mi lado se encuentra el Otro, gracias al cual soy yo quien soy.20

Debemos desarrollar -así como lo hizo el mismo Jesús- la sabiduría que nace del amor, y tal como lo teoriza Lévinas: “Lo que define al ser humano no es el ser, tampoco el interés, sino el desinterés. Por ello, hemos de tomar distancia del cogito, del sistema y de lo lógico, pues estos tres términos son los que habían caracterizado al pensamiento occidental hasta el momento, y crear una filosofía de la diferencia ya que lo importante no es el ser, lo concreto, sino la diferencia”.

__________
  1. Serpaj México- Colectivo Gandhiano “Pensar En Voz Alta”: GANDHI, Mahatma. Mis experimentos con la verdad. Autobiografía (Extractos selectos). Parte IV, Capítulo 9, “Una pelea con el Poder”. Obtenido por internet de : http://www.pensarenvozalta.org/documentos/gandhi_autobiografia.pdf
  2. En este ensayo me referiré especialmente a la iglesia católica, pues es donde más tengo conocimiento y donde he desarrollado mis estudios teológicos.
  3. Ratzinger, Joseph. Congregación Para La Doctrina De La Fe “Consideraciones acerca de los proyectos de reconocimiento legal de las uniones entre personas homosexuales” Nº4. Obtenido por internet de: http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/documents/rc_con_cfaith_doc_20030731_homosexual-unions_sp.html
  4. Cf.Ibid., Nº6.
  5. Kant, Inmanuel. Metafísica de las Costumbres. Editorial Tecnos, Madrid – 2005.
  6. Serper, Franjo. Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Persona humana Nº8, Obtenido por internet de: http://www.notivida.com.ar/documentos/curiaromana/CDF DECLARACION PERSONA HUMANA.html
  7. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2358; Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta sobre la atención pastoral a las personas homosexuales Nº 12.
  8. Cf.Ibid., Nº 2396.
  9. Ratzinger, Joseph. Congregación Para La Doctrina De La Fe “Consideraciones acerca de los proyectos de reconocimiento legal de las uniones entre personas homosexuales” Nº5. Obtenido por internet de: http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/documents/rc_con_cfaith_doc_20030731_homosexual-unions_sp.html
  10. Cf.Ibid., Nº5
  11. Cf.Ibid., Nº5
  12. Endre Paul. Religión formal y Homofobia , presentado en el Encuentro ecuménico sobre la religiosidad y la homosexualidad, 4 de abril 2012.
  13. SIBILIA, Paula. El hombre postorgánico. Cuerpo, subjetividad y tecnologías digitales, Buenos Aires, 2005.
  14. Colina, Carlos. La Homofobia: Heterosexismo, Masculinidad Hegemónica Y Eclosión De La Diversidad Sexual, Revista on line Razón y Palabra Nº67. Obtenido por internet de: http://www.razonypalabra.org.mx/N/N67/varia/ccolina.html
  15. Endre Paul. Religión formal y Homofobia , presentado en el Encuentro ecuménico sobre la religiosidad y la homosexualidad, 4 de abril 2012.
  16. Cf.Ibid.
  17. Dussel, Enrique. Para una erótica Latinoamericana. Fundación editorial “el perro y la rana”. Caracas, 2007.
  18. Cf.Ibid.
  19. Butler, Judith. Deshacer el Género. Editorial Paidos, Buenos Aires, 2006.
  20. Lévinas, Inmanuel. Ética e infinito. Madrid, A. Machado Libros, S.A., 2000. Pág.80

ACERCA DE LA AUTORA
Bárbara Calderón Díaz obtuvo su grado académico como Licenciada en Educación y su título profesional de Profesora en Educación Musical en la Universidad de La Serena. Posteriormente realizó el Postítulo de mención en Religión Católica en la Universidad Católica del Norte, Sede Coquimbo. Actualmente cursa un Magister de Ética Social y Desarrollo Humano en la Universidad Alberto Hurtado, en Santiago de Chile.
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