miércoles, octubre 03, 2012

Entonces me encontré con Frazer

Raúl Méndez Yáñez

Deben imaginar el impacto que me causó leer por vez primera los argumentos de El Folklore en el Antiguo Testamento1 del antropólogo Sir James Frazer, siendo yo adolescente y estudiante de un Instituto Bíblico en la ciudad de México. Me encontraba realizando un trabajo sobre “Historia de Egipto” para mi clase de Antiguo Testamento, con la consigna de encontrar al famoso “Faraón del Éxodo”. Decidí acudir a la biblioteca más cercana, la de la Universidad Autónoma Metropolitana – Iztapalapa (UAM-I). Gracias al fichero programado en un flamante MS-DOS, descubrí la clasificación BN, que se volvería mi obsesión al entrar en cualquier biblioteca desde entonces, pues era la sección en la que encontraba libros sobre religión.

Cuál sería mi sorpresa en encontrarme no uno, sino varios libros dedicados a la Biblia y al Antiguo Testamento – se supone que los incrédulos no saben nada de esto – pensé. Muy emocionado di con un libro de portada roja, la palabra Folklore la desconocía pero lo que me interesaba es que decía Antiguo Testamento. En sus páginas pude conocer que en diversas tribus africanas y hasta en China tenían sus propios relatos de La Creación y la Caída, lo cual tomé con humor, pensando que eran parte del esfuerzo humano por acercarse a la Revelación verdadera pero de forma desfigurada. La retórica de su autor me cautivó, incluso me pareció un texto edificante.

Pero Frazer empezó a hablar de las “versiones”, las “fuentes”, los “documentos” que componen al Antiguo Testamento, en especial al Pentateuco. Yo sólo conocía los nombres de los Libros de Moisés, no entendía nada. Fue entonces cuando Frazer me enseñó que había dos nombres distintos que se usaban en el Antiguo Testamento para hablar de Dios: Yhavé y Elohim - ¿Y Jehová dónde queda? – me pregunté. Seguí leyendo y mi consternación crecía cada vez más, me enteraba de que había “relatos duplicados”, sobre todo en la “saga” de Abraham y que, por tanto, ¡oh no!, ¡Moisés no había escrito el Pentateuco!, y hablaba mucho de dos fulanos, un tal “Yhavista” y otro llamado “Elohista”, de los cuales la Biblia no dice nada. Así fue mi primer contacto con la Hipótesis Documentaria.

Respiré profundo, cerré el libro, lo devolví a su estante, y dije: “Algún día descubriré por qué Frazer está equivocado”.

A partir de entonces, en una época cuando era difícil conseguir buenos textos en Internet, comencé una frenética búsqueda por literatura que me hablara de esa Hipótesis que me había roto el Pentateuco en fragmentos. En particular fueron dos textos los que se volvieron mis predilectos, uno fue El libro de Génesis2 de Ernesto Trenchard y José M. Martínez, donde se argumentaba que la Hipótesis Documentaria de Julius Wellhausen - ¡ajá!, ¡así se llama el que le lavó el cerebro a Frazer! - estaba mal pues no podía explicar la gran coherencia interna del Génesis. Para mí era suficiente (en apariencia, en el fondo no me dejó convencido).

El otro texto fue Introducción al Antiguo Testamento3 de R.K. Harrison, el cual presentaba una excelente historia de los estudios veterotestamentarios, mostrando que Wellhausen le debía mucho de su hipótesis a un erudito de apellido Graff, que ellos no empezaron con la idea de que los nombres de Dios indican tipos de fuentes, y que su teoría tenía la debilidad del zeitgeist evolucionista, no de Darwin, sino de Hegel. Eso me resultó mucho más convincente.

Por mucho tiempo el argumento erudito de Harrison me mantuvo en calma respecto a la composición del Pentateuco, hasta que comencé a estudiar Antropología Social en la misma universidad que alberga la Biblioteca que contenía el libro de Frazer, la UAM-I. En mi clase de primer trimestre sobre historia de la antropología Frazer volvió a aparecer como uno de los “Evolucionistas” de la disciplina, según le llamaba Ángel Palerm4. Entonces conocí a otro Frazer, al de La rama dorada5, al antropólogo “de gabinete” que, según dicen, cuando alguien le preguntó si había tenido contacto con los nativos de las tribus de las que hablaba, contestó con la jaculatoria “líbreme Dios”. El Frazer “eurocéntrico” que estaba muy equivocado en su método antropológico porque quería medir todas las creencias a partir de un intelectualismo inglés supra-racionalizado.

Entonces fui al mismo estante de mis mocedades y vi nuevamente El Folklore en el Antiguo Testamento, recordé la promesa que me hice a mi mismo y dije: “Ni siquiera necesito volver a leer este libro, ¡ya descubrí por qué está mal!”.

Frazer fue el iniciador de muchos antropólogos al seducir a los estudiantes con sus escritos, en particular La Rama Dorada. En mi caso no fue por seducción, sino por polémica, y no fue La Rama sino El Folklore en el Antiguo Testamento el texto que me acercó a la Antropología.

Desde luego Frazer sólo no hubiera podido volverme antropólogo, y menos con mis inclinaciones teológicas, esta conversión se la debo a otro libro titulado Buscando el Espíritu. Pentecostalismo en Iztapalapa y la Ciudad de México6 de Carlos Garma. Yo venía del pentecostalismo y vivía en Iztapalapa – ¡Debo platicar con este hombre!- pensé muchas veces. Este texto logró que todas las categorías que en teología tenía por abstractas, aterrizaran a la realidad social y cobraran rostro, movimiento y sonido. Esto pertenece a otra historia, pero debo decir que, como buen presbiteriano que soy ahora, mi camino siguió predestinado, pues eventualmente me convertí en el Asistente académico de Garma.

A lo largo de los estudios universitarios me topé con que muchos antropólogos tenían alguna opinión, incluso ensayos respecto al Antiguo Testamento, particularmente Robertson Smith7, y dando un salto al siglo XX, Edmund Leach8 y mí amor intelectual (y por tanto platónico) Mary Douglas9. No obstante, si bien la teología, en particular la de Estados Unidos, puso el grito en el cielo por la Hipótesis Documentaria, desconocía el resto de los estudios antropológicos sobre Antiguo Testamento, y hoy los acercamientos antropológicos suelen ser más hacia temas de misión que de exégesis.

Para el caso de la teología latinoamericana, los desarrollos antropológicos sobre investigación bíblica tampoco han calado profundamente más allá de las reacciones contra Frazer. La antropología ha sido vista más en su plano axiológico: el reconocimiento del Otro, la defensa de la diversidad; o por su metodología etnográfica como ayuda a la labor pastoral, que como un modelo epistemológico para los estudios bíblicos.

Lo cierto es que la Hipótesis Documentaria sí padece de evolucionismo decimonónico, sí fragmenta el texto a partir de un modelo exógeno al mismo, por eso hay que ir más allá de ella, no para volver acríticamente a una visión dogmática (o mosaica) sino para reparar que no son 4 “documentos” o “tradiciones” los que están de fondo en el Pentateuco, sino una plétora de voces, muchas veces contradictorias, que hallan inclusión en su seno.

Al igual que una comunidad o una iglesia, el Pentateuco tiene una voz oficial y voces disidentes. De repente alguien se levanta y da su versión de los hechos (el Diluvio, por ejemplo), y luego otro se levanta y la contradice (“no eran 2 de cada especie, eran 7 parejas de todo animal limpio y 1 de cada animal no limpio”), alguien toma el pandero y se pone a cantar (como la tradición del canto de Miriam al cruzar el Mar), alguien eleva una oración (como la Oración de Jacob tras su encuentro con el Ángel, según las versiones de Bet-el).

Mi encuentro con Frazer fue un gran impacto, pues hizo del Pentateuco algo diverso. Intenté buscar los argumentos para contradecir tal herejía, hasta que descubrí que la diversidad y la contradicción son saludables, y que el Pentateuco y el resto del Antiguo Testamento son habitados por seres sociales, incluyendo a Dios que hizo sociedad o pacto con su pueblo.

Hay diversos temas antropológicos sobre Antiguo Testamento pendientes, más allá de autoría o fecha de composición, y el resto de cuestionamientos provenientes de las críticas “alta” y “baja”. Quiero puntualizar que estos temas no han sido “superados”, aun deberán trabajarse, pero ciertamente existen otras temáticas que son pasadas por alto. Termino haciendo algunas preguntas que la antropología hace al Antiguo Testamento pero que la teología no ha considerado muy edificante contestarlas a profundidad. Pueden parecer tendenciosas, y lo son, pues buscan estimular algún debate al respecto.

  • ¿La etiología del matrimonio de Génesis 2, es sobre nuestro matrimonio occidental o sólo se refiere al matrimonio matrilocal? Pues el hombre deja a su padre y madre, pero no dice que la mujer también, e irse a vivir con la familia de la esposa era una práctica común en el Antiguo Cercano Oriente.
  • ¿El Diluvio y sus dos versiones consideran a “las aguas” como materia inanimada o como una fuerza personificada? Considerando que la creencia en seres y fuerzas no-humanas no son una contradicción para un henoteísmo como el de Génesis.10
  • ¿Hubo un totemismo11 en las Tribus de Israel? Tomando en cuenta los animales a los que Jacob vincula con algunos de sus hijos en Génesis 49.
  • Idolatría-Opresión-Clamor-Juez-Liberación-Idolatría, es un círculo vicioso del pueblo de Israel en el libro de Jueces, ¿o es la cadena que daba estabilidad a los conflictos sociales internos y que se desarticuló con la Monarquía?
  • ¿Elías y Eliseo eran profetas o chamanes? Ya Frazer lo preguntaba y existen algunos trabajos en inglés al respecto, pero no ensayos profundos en español. Es decir, si tenían una función pedagógica en su proclamación, como profetas; o si más bien tenían un carisma que les permitía realizar acciones sorprendentes sin el peso de un dogma específico, como lo son los chamanes.

No descarto algún día regresar al tan significativo estante y mirar el lomo de El Folklore en el Antiguo Testamento, entonces sí lo abriré, quizá no diga nada pero seguiré descubriendo.

__________
  1. FRAZER, James, El Folklore en el Antiguo Testamento. Fondo de Cultura Económica, México, 1981.
  2. TRENCHARD, Ernesto y José M. Martínez, El libro de Génesis. Editorial Portavoz, Michigan, 1998.
  3. HARRISON, Roland, Introducción al Antiguo Testamento I, Evangelical Literature Leage, Michigan, 1990.
  4. PALERM, Ángel, Historia de la Etnología. Los evolucionistas. Universidad Iberoamericana, México, 1982.
  5. FRAZER, James, La Rama Dorada. Magia y Religión, Fondo de Cultura Económica, México, 2006.
  6. GARMA, Carlos, Buscando el Espíritu. Pentecostalismo en Iztapalapa y la Ciudad de México, UAM-I / Plaza y Valdés, México, 2004.
  7. El más famoso es su “The religión of the Semites” publicado en 1889.
  8. Quien escribió “Genesis as Myth”, en 1969.
  9. Sería harto cansador citar todos los trabajos de Douglas sobre Antiguo Testamento, en particular los que escribió a partir de la pasada década de los 90. Se menciona su último texto, El Levítico como Literatura. Una investigación literaria y antropológica de los ritos en el Antiguo Testamento, Gedisa, Barcelona, 2006.
  10. Henoteísmo es la creencia en un dios principal que tiene ventaja sobre los otros dioses. No es monoteísmo en la medida en la que considera la posibilidad de otros dioses, pero señalando que hay uno más poderoso. Que en Génesis se desarrolla un henoteísmo y no un monoteísmo es otro interesante debate antropológico que atender.
  11. El Totemismo suele entenderse como la veneración de animales tribales que son los emblemas del grupo. Emilio Durkheim, en el siglo XIX, se consideraba como la religión más “primitiva”, aunque otros estudios, en especial los de Levi-Strauss indicaron que tiene más que ver con los sistemas de parentesco (lo que en realidad significaba eliminar la idea de totemismo).

 
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