miércoles, mayo 16, 2012

Del arte de saber suministrar los venenos de la ciencia y la teología

Syringe. Fuente: hypescience.com
Carlos Sierra Lechuga

El hombre, lo natural y lo divino1

La ciencia y la teología son al espíritu lo que la jeringa para un organismo vivo; de suyo, la jeringa no es ni buena ni mala, su potencial bondad o maldad está en función de su contenido y uso: es buena o mala por aquello que inyecta o deja de inyectar. La jeringa puede salvar vidas si se suministra con ella un determinado mejunje en una precisa proporción, puede ser tan buena que incluso le llamamos a su contenido medicamento y a ella la pensamos como dentro de la terapéutica. Pero la jeringa es también en la misma proporción potencialmente mala: literalmente puede matar. Si no se inyecta un medicamento, o si éste no es el adecuado, o si, siendo el adecuado, se suministra de más o de menos, el contenido de la jeringa deviene nocivo y la jeringa arma o, incluso, si de verdad ha matado, arma del delito. Pero la jeringa no es ni buena ni mala, sino sólo potencialmente buena o mala, y ello depende de lo que el hombre haga con ella. En general, los instrumentos de la medicina son todos así, y por ello podemos pensarla como el arte de saber suministrar venenos. La ciencia y la teología son al espíritu lo que la jeringa para un organismo vivo, o lo envenenan controladamente y entonces lo vivifican, o le inyectan su propia muerte.

Y es que la ciencia y la teología son productos del espíritu, y en esa medida el espíritu puede ensalzarse o traicionarse. El espíritu humano crea a la ciencia para conocer su peso específico dentro de la inmanencia, y crea a la teología para procurarse un lugar frente a la trascendencia. Podrá decírseme: “nada de eso, ni la ciencia ni la teología son creaciones humanas, la primera llega a verdades objetivas, la segunda a verdades últimas.” Lo que no es creación humana son la naturaleza y Dios, pero el modo de abordarlos sí. A la naturaleza le da lo mismo que encontremos la ley de la inversa del cuadrado para fenómenos gravitacionales, o maticemos –como hoy se intenta– el cuadrado por una potencia más o menos grande según las distancias medidas2; al Absoluto le importa menos que sea dilucidado como un ser claro y distinto3 que a nosotros interrogar por su ser en función de nuestras esperanzas. La inmanencia está ahí, inmanente; y la trascendencia allá, trascendente. Es al hombre, y sólo a él, a quien le importa –al grado de jugarse la existencia en ello4– el poder conocer la posición y el momento de una partícula5, y a quien le importa cómo puede existir un qué con tres quiénes6. Los electrones no están preocupados porque podamos o no conocer de ellos todo a la vez; en un haz de electrones a punto de difractarse éstos no se angustian por obedecer las leyes que nosotros hemos impuesto como naturales, no sentirán culpa al comportarse como onda cuando cada uno de ellos es una partícula7, y nosotros no los llevaremos ante un tribunal por violar las leyes de la física. Siendo Dios el absoluto, ¿le importaría que nosotros usáramos kipá, mostráramos el crucifijo que colgamos en nuestros cuellos o encontráramos el argumento ontológico irrefutable? Si uso kipá es porque a hombre judío– me funciona usarla, porque yo la necesito, porque soy yo quien adora, da culto y crédito a Dios de esa forma8; Dios no usa kipá. Si muestro o no mi crucifijo dependerá dehombre cristiano–; bien puedo colgarlo a fin de tener algo cerca que me recuerde a Dios constantemente, pero no como ornamento que ostente ser miembro del séquito de elegidos; Dios no tiene elegidos, si murió en la cruz no fue para ostentar nada, su calvario y crucifixión no fueron por presunción; Dios no cuelga un crucifijo, Él colgó de uno. Un argumento ontológico que al fin demuestre la existencia de Dios, haría de Dios un hecho del mundo9, tan demostrable como que existe una fuerza proporcional a la aceleración, y un hecho del mundo no es digno de alabanza, lo fundamental no termina con Q.E.D.10>; mas si intento argumentar racionalmente la existencia de Dios no es para que al fin Él ya se muestre como Dios, para que se demuestre, sino porque a , que ya de antemano creo en Él, me hace más viable, claro, plausible, lo que tengo en mente cuando hablo con lenguaje humano de Aquél que está por encima de todo lo humano; porque ante Dios me quito el sombrero, pero no la cabeza11. En ciencia, el electrón no se angustiará por no obedecer la localidad, el principio de identidad y demás reglas establecidas humanamente para un mundo que es muy humano, el mesoscópico12; es claro que nos resulta chocante un mundo cuántico, cuando nuestro mundo está a escalas muy por encima. Somos nosotros quienes nos inquietamos y a quienes les resulta difícil entender ese mundo tan pequeño, pero somos nosotros porque fuimos quienes extrapolamos lo que entendíamos del mundo al mundo mismo. Técnicamente decimos que hemos confundido lo epistemológico con lo ontológico.

Y es que cabe decir que la ciencia no es el discurso sobre la naturaleza, como tampoco la teología lo es sobre Dios: la ciencia es el discurso humano que trata de la relación entre la naturaleza y el hombre, así como la teología el discurso humano que interroga por la relación entre el hombre y Dios. La segunda trata las relaciones teándricas13, la primera de las –digamos– fisiándricas14. Lo fundamental en ambos discursos es la relación: encontrar los elementos estructurales que correlacionan una realidad con otra, la humana y la divina, la natural y la humana. Pues sólo poniendo en el centro al hombre será como la jeringa vivifique y no envenene por defecto o exceso. No queremos decir que alguno de estos discursos sea subjetivista, tan sólo que en ambos se asoma el hombre. Dios a secas, mata: el fideísmo. El mundo solo, mata: el racionalismo. Ambos manifestaciones del fanatismo. El hombre en medio; porque soy yo, hombre, a quien la fe no le basta –y por ello hago teología–, pero también yo, hombre, a quien la razón le queda corta –y por ello especulo hipótesis en mi quehacer científico–. Dios me excede y por eso necesito hacerlo mío; el mundo me parece ajeno y por eso amo y me entrego.

Una ciencia o teología que me excluyen del discurso so pretexto de pureza natural o divina, no sólo es nociva sino que, de facto, mata. La Inquisición y el Proyecto Manhattan son sólo dos breves ejemplos. No queremos armas del delito, sino medicamentos: inclusión, consuelo, porque nada humano me es ajeno15, y la ciencia y la teología –no Dios ni la naturaleza– son humanos. Ambas son al espíritu lo que la jeringa para un organismo vivo, o lo envenenan controladamente y entonces lo vivifican, o le inyectan su propia muerte. ¿Vivificar o morir? La ciencia y la teología son productos del espíritu, y en esa medida el espíritu puede ensalzarse o traicionarse… Se trata de salvar la vida de un hombre agonizante, empapado de finitud, dentro de un mundo que le parece ajeno, y fuera de un Dios que le excede. Si la ciencia trata del mundo creado y la teología del Creador, me pregunto ¿qué es el hombre para que Dios se acuerde de él?16

Finalmente, para desvelar la piedra angular del binomio ciencia-religión, hay que preguntar por ese quien interroga tanto por su relación con la naturaleza, como por su relación con la divinidad. Habrá que interrogar por ese ser fronterizo que padece a una la inmanencia y la trascendencia, cuyo cuerpo obedece a la segunda ley de la termodinámica, pero cuyo espíritu está allende la sedimentación y la erosión. Pongamos en el centro del discurso a ese quien es frontera entre la piedra y el ángel; a ese quien –en sentido figurado– por Newton es humano pero que –ya no sólo en sentido figurado– por Cristo deviene divino.

Bibliografía
  • Bachelard, Gaston, La filosofía del no, Amorrortu, Buenos Aires, 2009.
  • Cabodevilla, José Ma., Discurso del Padrenuestro, BAC, Madrid, 1986.
  • Camus, Albert, El mito de Sísifo, Alianza, Madrid, 2006.
  • Descartes, René, Meditaciones metafísicas, Espasa Calpe, Madrid, 2006.
  • Heisenberg, Werner, Física y filosofía, La Isla, Buenos Aires, 1959.
  • Jaspers, Karl, La filosofía, FCE, México, 2006.
  • La Biblia, hebreo-español, Sinaí, Tel-Aviv, 2007.
  • Léonard, André, Razones para creer, Herder, Barcelona, 1989.
  • Mendoza, Sergio, et. al. A natural approach to extended Newtonian gravity: tests and predictions across astrophysical scales. Universidad de Cornell, 2010.
  • Unamuno, Miguel de, Del sentimiento trágico de la vida, Errepar, Buenos Aires, 2000.

Artículo ganador del "1er Concurso Educativo Latinoamericano de Ensayos sobre Fe y Ciencia" organizado por la Sociedad Educativa Latinoamericana para Fe y Ciencia (SELFYC), con el patrocinio de la revista Razón y Pensamiento Cristiano (RYPC).

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  1. Artículo de divulgación para un diálogo entre ciencia y fe. Dada la naturaleza de este trabajo, no se usarán en él tecnicismos, y si se usan, serán aclarados como tales o remarcados con cursivas (aunque no todas las cursivas son tecnicismos, sino también acentuaciones). Este trabajo pretende acercar, invitar, provocar, hacer más asequible el papel de la ciencia y la teología para el hombre, pues sólo en él ambas pueden encontrar su polo común; justo por esta preocupación de tipo antropológica es que este es un trabajo divulgativo. Por otra parte, el título del presente no quiere ofender a nadie, sino incitar, ¿qué es un medicamento sino un veneno bien suministrado?
  2. Cfr. La llamada Teoría de la Gravedad Extendida, S. Mendoza, et. al. A natural approach to extended Newtonian gravity: tests and predictions across astrophysical scales. Artículo disponible en la página web de la biblioteca de la Universidad de Cornell bajo el ID: <http://arxiv.org/pdf/1006.5037v2.pdf>
  3. Cfr. La supuesta demostración cartesiana de la existencia de Dios, Dios como una idea clara y distinta, R. Descartes, Meditaciones Metafísicas, en particular sus tercera y quinta meditaciones.
  4. Contrario a lo que creía Albert Camus, que afirmó nunca haber visto a nadie morir por el argumento ontológico. Vid. A. Camus, El mito de Sísifo, particularmente su primer capítulo.
  5. Controvertido descubrimiento el de Werner Heisenberg, su Principio de Indeterminación.
  6. Una sustancia con tres personas, idea patrística para el misterio teológico de la Trinidad.
  7. En todo caso se sentirían preocupados Planck y Einstein con las “partículas-ondas” de luz, o Louis de Broglie con las de la materia en general.
  8. La kipá le ayuda al judío a recordar que siempre hay algo (alguien) por encima de él.
  9. Como bien lo señaló K. Jaspers en su capítulo “La idea de Dios” de su libro La filosofía.
  10. Como bien lo señaló K. Jaspers en su capítulo “La idea de Dios” de su libro La filosofía.
  11. Siglas de Quod erat demonstrandum, que suelen ponerse al concluir una demostración matemática.
  12. Parafraseando a G. K. Chesterton.
  13. Que estaría entre el microscópico (el mundo microbiano pero, sobre todo, mucho más chico, el cuántico), y el macroscópico (mundo en el que se mueven las escalas astronómicas).
  14. De hecho, en teología, para que la relación con Dios no sea puramente psicologista o puramente exógena (la primera como una proyección humana ante una divinidad inexistente, la segunda como un Dios que nada necesita del hombre y un hombre incapaz de dar nada), se dice que en las relaciones teándricas debe haber tanto apoteosis como epifanía (relaciones que van del hombre a Dios y de Dios al hombre).
  15. Si no, tenemos un objetivismo o un subjetivismo, ambos incapaces de responder a la pregunta ¿por qué funciona la ciencia?
  16. Parafraseando a Terencio, Homo sum, humani nihil a me alienum puto (soy hombre, nada humano me es ajeno), pronunciado en su comedia El enemigo de sí mismo. Citado por M. de Unamuno in. Del sentimiento trágico de la vida, en su primer capítulo, y corregido por Homo sum, nullum hominem a me alienum puto (soy hombre, ningún otro hombre me es ajeno).
  17. Paráfrasis del Salmo 8:4,5. “Cuando contemplo tus cielos, la obra de tus dedos, la luna y las estrellas, que Tú has establecido. ¿Qué es el hombre para que Tú te acuerdes de él? ¿Y qué es el hijo del hombre para que Tú pienses en él?”

 
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