jueves, diciembre 20, 2012

Un nuevo mapa para la historia del Cristianismo

Reseña del libro: GONZÁLEZ, Justo L. Mapas para la historia futura de la Iglesia. Buenos Aires, Ediciones Kairós, 2001, 119 pp.

Jonathan Morales (Estudiante de Derecho)
Facultad de Derecho, Universidad de Chile, Santiago de Chile.

De procedencia cubana y tradición metodista, Justo L. González estudió filosofía en la Universidad de La Habana y se graduó de teología en el Seminario Evangélico de Matanzas en 1957. Con posterioridad siguió estudios de posgrado en la Universidad de Estrasburgo y en la Universidad Yale. En esta última casa de estudios se doctoró de teología histórica en 1961. De 75 años, actualmente es miembro retirado de la Conferencia de Río Grande de la Iglesia Metodista Unida de Estados Unidos, comunidad en la que fuera ministro ordenado.

Más de un centenar de publicaciones especializadas en historia del Cristianismo y otros muchos aportes a la formación bíblica y teológica de adultos, respaldan el prestigiado lugar que hoy ocupa Justo González entre los autores evangélicos de habla hispana. Obras como Historia del Cristianismo (2 v. Miami: UNILIT, 1994), Historia general de las Misiones (En colab. con Carlos F. Cardoza, Barcelona: CLIE, 2008) o su clásica Historia del Pensamiento Cristiano (Barcelona: CLIE, 2010) ciertamente han acercado las disciplinas a un público latinoamericano pocas veces provisto de miradas más comprensivas de la historia cristiana y de los complejos procesos que influyen en los orígenes y desarrollo del protestantismo y de las misiones cristianas en el mundo moderno.

Mapas para las historia futura de la Iglesia es, a nuestro juicio, otra interesante contribución en este sentido. Sobre la base de conferencias dictadas en seminarios teológicos estadounidenses, González nos presenta una serie de reflexiones tras cuatro décadas de estudios sobre historia de la Iglesia. En ella exploramos la forma “en que esa historia y esa iglesia han cambiado y siguen cambiando”, y cómo esta dinámica puede afectar a nuestras convicciones en el nuevo siglo. En este breve pero apasionante libro, el autor nos invita a indagar los elementos que determinan la geografía de la historia de la iglesia; a reconocer el poder que ha ejercido un mapa moderno sobre la mirada con la que los evangélicos latinoamericanos hemos atendido a la historia de nuestra religión; pero también se hace un llamado a asumir la inevitable caducidad de aquel mapa a la luz de los actuales cambios en el cristianismo mundial.

En la primera parte del libro (del capítulo 1 al 4), el autor nos expone algunos de los grandes cambios que en tiempos recientes han operado en la disciplina de la historia eclesiástica. Para describir y discutir la forma en que aquellos se dieron, y cómo todavía se están dando, González emplea una interesante metáfora geográfica, ya que a fin de cuentas “resulta imposible seguir la historia sin comprender el escenario en que tiene lugar”. Sin embargo se pregunta ¿Somos conscientes de que los cambios producidos en la geografía de la iglesia en estos últimos años, ya comienzan a afectar a la historia de la misma?

De acuerdo al autor, el mapa del cristianismo que nos servía hace unas pocas décadas, y del que extensamente daban cuenta los textos tradicionales de historia de la iglesia, ya no funciona. Con el Atlántico Norte como centro, el mapa repasaba la historia del Imperio Romano, y la del cristianismo en la Europa Occidental, concluyendo con la expansión de la Reforma en Norteamérica. Poníase la atención, por tanto, en todos aquellos acontecimientos históricos que fueran de importancia para el desarrollo del protestantismo norteamericano. Podrá replicarse que esto no es extraño considerando la procedencia de la mayoría de los historiadores, por lo que aquí se vuelve sorprendente observar, según nos cuenta González, cómo los pocos individuos de otra cultura que se abocaron a la disciplina, fueron educados de tal modo que llegaron a sentirse parte de ese centro y seguir una historia cuya cartografía implícita les marginaba junto a sus comunidades originarias.

Una expansión a escala planetaria durante las últimas décadas del siglo XX y en los primeros años del siglo XXI, pone de relieve el carácter policéntrico del cristianismo de hoy. El desplazamiento desde un único centro a múltiples centros de vitalidad, tal como se hace patente a la fecha, muestra notables parecidos con algunos cambios operados en la geografía de la iglesia en tiempos pasados; así lo describe, por ejemplo, el libro de los Hechos de los Apóstoles, o la historia de la Temprana y Baja Edad Media. En la actualidad, aún cuando la mayoría de los recursos económicos para el crecimiento del cristianismo todavía radican en el Atlántico Norte, el impulso misionero y la creatividad teológica se están moviendo hacia el sur del mundo, dirección en la que aún no es posible ver una monocentralización.

Pero el nuevo mapa del cristianismo también se interesa por la topografía. De acuerdo a González, por largos años los historiadores miraron al pasado desde las más altas cumbres, todas las cuales formaban una larga cordillera identificable. A diferencia del mapa moderno, el nuevo no se aboca con exclusividad a la vida y obra de los grandes personajes, las que usualmente son recogidas en detalle por las fuentes históricas tradicionales, sino que desciende a la profundidad de los valles en búsqueda de nuevas voces y nuevas preguntas, las que hasta hace poco eran silenciadas por el carácter aristocrático del viejo mapa. El autor propone como ejemplos, la experiencia histórica de aquellos sectores sociales en situación de marginalidad, pobreza y opresión; la de las mujeres y la gente de color; la vida cotidiana y la religión popular.

La envergadura de los últimos cambios producidos en la cartografía y topografía de la historia eclesiástica, han resultado ser eventos cataclísmicos para el mapa moderno del cristianismo. Tal como las ciencias de la tierra nos describen cómo la superficie del planeta ha mutado a lo largo de miles de millones de años, haciendo surgir y desaparecer extensas masas de tierra y oceános, así grandes continentes del mapa moderno como los siglos IV, XIII, XVI y XIX, hoy dan espacio al surgimiento de las que fueran consideradas en su tiempo islas de menor importancia. A estas grandes transformaciones se suman los cambios impulsados desde el mismo centro del mapa, tal es el caso de las críticas posmodernas. De acuerdo a estas, la modernidad habría vivido de sus engaños e ilusiones. Convencida de su universalidad, no habría advertido que su confianza en la ciencia y la tecnología para erradicar los males de la humanidad vino a cumplir el rol de una metanarración similar a las de los mitos que despreció. De acuerdo a las críticas, la fuerza de los acontecimientos desautorizó la pretensión. Hoy las voces extramodernas excluidas (o incluidas como objetos de control) por largos años de colonialismo -voces que no son premodernas, ni posmodernas- concurren al trazado de nuevos mapas para el cristianismo sin las imposiciones del Atlántico Norte.

En la segunda parte del libro (capítulo 5) el autor repiensa las consecuencias de los cambios geográficos ya mencionados sobre nuestra teología. Empleando nuevos elementos de comparación, González reconoce cierto parecido entre el auge y la declinación de la cultura helenista, y una historia no tan diferente como la que se esboza para el Occidente moderno con centro en el Atlántico Norte. A largos periodos de uniformidad cultural, les sucedería un depertar de las culturas y tradiciones acalladas por el modelo hegemónico. Los orígenes del cristianismo no fueron ajenos a este proceso. A diferencia de la gran mayoría de sus cultos rivales, muchos de los cuales renacieron en oriente con el declive del helenismo y se expandieron rápidamente por el Mediterráneo, el cristianismo descartó la completa asimilación de elementos provenientes de otras religiones o la pertenencia a dos o más de ellas.

Sin embargo, la amenaza del sincretismo religioso no fue el único reto al que tuvo que responder la iglesia primitiva. También tuvo que hacer frente a los peligros del sectarismo, es decir, la tendencia de algunos partidos o grupos a considerar “un sector de la realidad y de la experiencia como si fuera el todo”. Así fue como los primeros cristianos idearon la fórmula católica, que más allá de rearfimar la uniformidad entre todos los creyentes, rescató aquello en lo que todos, en su diversidad, tenían un lugar. Esta doctrina se aprecia claramente en tres instrumentos que la iglesia empleó para enfrentar al sincretismo y al sectarismo en los primeros siglos: el canon del Nuevo Testamento, la autoridad episcopal, y los credos. Cabe señalar, en último lugar, cómo González defiende la idea de que el testimonio multiforme de la catolicidad de la iglesia puede hallarse en la mayoría de los cristianos protestantes de América Latina por cuanto son herederos de la tradición reformada que justamente tomó como consigna: Ecclesia reformata et semper reformanda secundum Verbum Dei. Dicho lema favorecería la creación de estructuras eclesiales que “puedan unir las contribuciones irreducibles de varias perspectivas en una unidad indisoluble”.

La obra que aquí resumimos constituye un excelente complemento para quienes se introducen en la disciplina de la historia de la iglesia desde una perspectiva protestante y latinoamericana. A nuestro juicio, uno de los grandes aciertos de este libro viene dado por cierto carácter autobiografico, el que refleja algunos lugares comunes en la formación teológica de América Latina. Uno de ellos, por ejemplo, el dualismo histórico que todavía informa a los programas de estudio de los seminarios teológicos, el que se manifiesta a través de un excesivo eurocentrismo en la historia religiosa de los siglos XVI al XIX, y un escaso interés en la historias social, económica y política en las que se desarrolla la vida de la iglesia evangélica latinoamericana. Por otro lado, una aplicación acrítica del mapa moderno del cristianismo y sus presupuestos culturales, no hacen sino entorpecer el acuciante diálogo intercultural; se afecta la relación entre las misiones en el tercer mundo y las comunidades cristianas autóctonas; y desfavorece las iniciativas para la unión de los cristianos, especialmente ante los nuevos retos que depara un nuevo siglo, a ratos muy poco esperanzador. Por lo tanto, vale la pena no ignorar la invitación del salmista, confiar en Dios “aunque se desmorone la tierra y las montañas se hundan en el fondo del mar; aunque rujan y se encrespen sus aguas, y ante su furia retiemblen los montes” (46, 1-3).


 
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